Alegría
P. Raúl Hasbún | Sección: Religión, Sociedad
Es la satisfacción o reposo del apetito en el bien que le es propio. Cuando el apetito sensitivo se sacia en su deseo de comer, beber, escuchar, oler, tocar aquello que lo atrae, experimenta una conmoción orgánica gratificante que suele hacerse patente en el rostro del satisfecho: eso es la alegría. Existe también el apetito intelectivo. Desea con vehemencia saciarse en la aprehensión y contemplación, más tarde en la transmisión de la verdad. Si lo consigue, salta de gozo, como quien ha encontrado un tesoro. Y puesto que la verdad se orienta naturalmente hacia el amor, el apetito intelectivo prepara el camino hacia la saciedad del apetito afectivo, unitivo y oblativo cuyo objeto propio es el amor. Quien es gratificado con la experiencia de amar y ser amado hasta el éxtasis, ése vale como ícono ilustrativo de lo que es la alegría. No hay alegría más grande que la de dar la vida por el ser amado.
Ya por eso sabemos que Jesucristo, en cuanto hombre, era y sigue siendo un maestro de la alegría. Gozaba frecuentando el Templo (“qué alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”), celebrando la Cena pascual, recibiendo la alabanza pura y contemplando el juego, la ternura y la inocencia de los niños, escuchando el relato ingenuo de sus apóstoles al volver de su primera misión, admirando la despreocupación de los pajaritos y la elegancia de los lirios del campo, acogiendo las lágrimas de amor de una pecadora pública, celebrando con admiración la fe de un centurión romano y de una pagana cananea, recibiendo la inspirada confesión mesiánica de su apóstol Pedro, verificando el crecimiento de la semilla (su Palabra) en los corazones de tantos, disfrutando la gratitud de un leproso sanado, la hospitalidad completa de Lázaro, Marta y María, la fidelidad incondicional de su madre, María. Jesús fue maestro y dispensador de alegría desde su concepción. El Ángel Gabriel saludó a María con un “Alégrate”. María saludó a Isabel y ese Jesús, en estado embrionario, hizo saltar a Juan de alegría en el seno de su madre. Isabel saludó a María con un “Feliz tú porque has creído”. La fe; la fe al servicio de la vida; la vida al servicio del amor forman un compacto con la alegría. Creemos en un Dios que es “la alegría de nuestra juventud”. Amarnos como Cristo nos amó es garantía de perfecta alegría. Y esa alegría es termómetro exacto de la calidad de nuestra fe.
En la ecología humana el recurso hoy más amenazado es el más gravitante: la alegría, Hemos generado o tolerado una seudocultura de la depresión. Llega la hora de marchar y proclamar que el creyente sólo es tal cuando se convierte en causa y cooperador de la alegría del mundo.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




