¡Música, María!

Jaime Antúnez Aldunate | Sección: Educación, Familia, Historia, Sociedad

En la cultura de “tiempo presente” en que compulsivamente hoy vivimos, sucede con frecuencia, como en los casos de amnesia, que recordamos lo muy antiguo, pero no el pasado relativamente reciente. Así, bajo el impacto de las agresivas imágenes que acompañan cada día las manifestaciones estudiantiles, ya pocos se acuerdan seguramente del episodio protagonizado durante el gobierno anterior, cuando una alumna de liceo, que hizo con ello famoso su nombre, María Música, arrojó un jarro de agua en la cabeza de la ministra de Educación, personalidad respetada en todos los sectores por su conocimiento, larga experiencia y entrega en el campo educativo.

La ministra reflexionó públicamente viendo en la agresión sufrida un caso emblemático del calvario que día a día padecen los profesores, desconcertados ante una ola creciente de desinterés por las materias que ellos enseñan e inermes ante las presiones y amenazas por parte de los alumnos, a veces secundados por sus apoderados. El director del liceo de excelencia en que estudiaba María Música hasta entonces, junto con expresar su perplejidad respecto de las medidas disciplinares que estaba en condiciones de adoptar reglamentariamente, profundizó en la apreciación de la ministra. Manifestó, en efecto, su total desazón como maestro por la constatación del hecho simple y real, a vista de todos, del cambio evidenciado en pocos años en la disposición general del alumnado: antes los jóvenes venían con mucho interés para aprender las materias que se les enseñaban; actualmente, agregó, no se sabe a qué vienen al colegio. Muchos colegas de ese director —en Madrid, Bolonia, Burdeos, Birmingham e innumerables otros centros educacionales occidentales— han dado testimonios casi idénticos. ¿Qué hay?

Consignado previamente que lo que asomaba en 2008 con estruendo hoy tiende a hacerse crónico, no es tan difícil constatar lo que hay. Más allá de la escalada de los vándalos de aquí y de allá (en 1973 una fotografía de “El Mercurio” donde un terrorista con un palo agredía a un carabinero dio la vuelta al mundo, mientras que hoy el puñetazo en la nariz que le propina un adolescente publicado en la portada del mismo diario no impresiona) sucede que los micrófonos han sido tomados, con dejación e imprevidencia graves de muchos responsables, por los representantes de una generación —o al menos de cierta camada importante de la misma— donde los padres, cuando los hay (más de la mitad de la población chilena nace hoy fuera del matrimonio), no cuentan, y donde la familia tiene que asumir de sus hijos como hecho natural un trato en palabras y situaciones de facto hasta hace pocos años inimaginables. Inmadurez tardía, diagnostican algunos. Parece entre tanto haber más que eso.

No cabe en este espacio abundar en consideraciones pedagógicas, pero sí cabe constatar, aunque sea sintéticamente, la advertencia de connotados especialistas en el sentido de que el gran problema no es ya “cómo” educar, sino “si” es posible todavía educar. La razón de esta aseveración tan drástica no es ni siquiera compleja de entender: el ambiente en que está instalada la vida de las familias y de las escuelas es de suyo mucho más fuerte e invasivo que la anterior influencia que sustentaban padres y maestros. A la “crisis del padre” que verifican tantos psiquiatras y psicólogos, le acompaña lo que consignaba el director del liceo frecuentado por María Música y que acierta a ver cualquier observador atento: el eclipse de la figura del maestro. Súmese todavía a ello una pedagogía que, por décadas, ha hecho trizas la memoria, anulando con ello la capacidad de interpretar en forma inteligente la época en la que se vive, la cual queda así circunscrita a la inmediatez a-histórica de los estados de ánimo. El grupo mayoritario de los que se movilizan, téngase presente, no responde exactamente al perfil de sus adiestrados e ideológicos dirigentes; su sentir se palpa, en cambio, en sintonía con lo antes descrito, a través del comentario improvisado y banal del joven que desfila disfrazado o de la niña que tras las rejas de su liceo, transformado en trinchera con las patas metálicas de los pupitres sobre su cabeza, explica a cualquier canal de TV que “no les dejan vivir la democracia”.

Desde Maritain en los años40 aBenedicto XVI en nuestros días, muchas sabias personas han hecho ver hasta qué punto la causa principal de los crecientes problemas educacionales proviene no de una crisis pedagógica sino antropológica. Si no se sabe quién es el hombre, a lo más que podría llegarse en educación es a ofrecer una instrucción técnica. No basta esto, evidentemente, para satisfacer el descontento. Pero, ¿saben lo que quieren los descontentos?

Admira, en todo caso, la impasividad y la incapacidad para hacer surgir la voz de un saber superior que pueda en este sentido dar otra tónica. Parecemos condenados por un sino a que, midiéndose en exclusiva la importancia de lo inmediato y tangible, se circunscriba una y otra vez la agenda del debate a las urgencias de corto plazo, políticas y económicas, rubricando la impresión tan común entre nosotros de que el pensamiento —la cultura, en definitiva— “no sirve para nada”, como lamentó un columnista de este diario.

Si el mareo de tierra sigue amenazando contaminar a la sociedad entera y se continúa obligando a perder el aliento y el sueño con los problemas de superficie a los propios responsables de las instituciones educacionales, sin que nadie logre tiempo ni tranquilidad para pensar la cuestión de fondo, preparémonos entonces a que sigan sonando ad infinitum las cacerolas y los bombos, cual fúnebre presagio de violencias mucho peores.

¡Música, María!

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.