Filosofía y disturbios: Algunas reflexiones
Equipo VivaChile | Sección: Educación, Política, Sociedad
En sus primeras explicaciones por los disturbios, saqueos, incendios y enfrentamientos con carabineros que se produjeron durante el reciente llamado a paro de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), su presidente, Arturo Martínez, señaló que “hay profesores de filosofía detrás de toda esta cuestión violenta”.
En una entrevista radial, el dirigente señaló: “Queremos que nuestras convocatorias sean limpias y no estamos dispuestos a aceptar que vengan a empañarlas los muchachos, y quienes están detrás de ellos, porque hay profesores de filosofía detrás de toda esta cuestión violenta, que está institucionalizándose en el país”.
Para aclarar aún más su punto, indicó que “A los cabros les llenan la cabeza de porquerías, para que salgan a tirar piedras y hacer desórdenes”. A continuación, agregó Martínez, que “hay muchas universidades donde algunos hacen apologías de que la forma de encarar los problemas de la sociedad se hacen a peñascazos”.
Las reacciones al análisis sociológico de Martínez no se hicieron esperar, y fueron particularmente virulentas las del Colegio de Profesores y varios de sus miembros. Posteriormente, Martínez les ofreció públicamente disculpas por sus “desafortunadas palabras”.
Sin embargo, la relación de causalidad entre las clases de filosofía y los disturbios dio origen a algunas interesantes reflexiones durante estos días.
Presentamos a continuación las opiniones del P. Raúl Hasbún, Pedro Gandolfo y Joaquín García Huidobro, de particular interés sobre este tema.
Filósofos
P. Raúl Hasbún
La generalidad de los humanos se contenta con observar o hacerse narrar lo que ocurre, para luego aguardar que otros le dicten lo que debe hacer al respecto. Una casta singular exige conocer las causas profundas del acontecer, para luego deducir de ellas un comportamiento congruente. La gozosa certeza de haber develado la verdad oculta induce, a los miembros de esta casta, a compartir con otros su descubrimiento. El pensador profundo se convierte en maestro y por consiguiente en líder. He ahí la gestación y misión del filósofo.
La generalidad de los humanos tiende a menospreciar a los filósofos como seres perdidos en sus elucubraciones, desvinculados de la realidad y, por cierto, inofensivos. Pero un ser que piensa en profundidad para conocer las causas ocultas de lo que aparece, nunca es inofensivo. Nos sorprendería tomar conciencia de cómo las más recientes convulsiones sociales han sido provocadas por filósofos que erraron su diagnóstico y produjeron recetas peores que la enfermedad. No fue inofensivo Kant cuando declaró cancelada la posibilidad de la razón de penetrar la esencia de las cosas, debiendo contentarse con su apariencia y salir del paso con imperativos categóricos: si la razón es condenada a no poder aprehender la sustancia del ser, la ley deja de ser una ordenación racional y se reduce a una manifestación imperativa de la voluntad del soberano (es más o menos nuestra definición de ley en el Código Civil). Tampoco fue inofensivo el filosofar de Hegel, cuando creyó descubrir la ley inmanente del devenir histórico en la fatal sucesión de tesis, antítesis y síntesis. Marx agradeció el regalo y montó sobre él su materialismo dialéctico, que presupone y exige la violencia como partera de la revolución. Ni conviene menospreciar el pensamiento de Sartre, que sólo reconoce la verdad de lo que existe ahora y aquí, en su irrepetible circunstancia, por lo que ninguna verdad ética abstracta y universal puede serle aplicable. En esa perspectiva, y derrocado Dios de su trono celestial, sólo queda el hombre, único arquitecto del propio destino y destinado a ser infierno para los otros hombres.
El líder de la CUT que responsabilizó a los profesores de filosofía por los desmanes juveniles no andaba tan descaminado. Hay algo de Kant en cifrar todo cambio en dictación de leyes; algo, mucho de Marx en demonizar el lucro y legitimar la violencia; ni está ausente Sartre en la desafiante afirmación del presente, abominando del pasado y sin pensar en el futuro. Los que piensan y trasfunden a otros su pensamiento son cualquier cosa menos inofensivos. Jesucristo no es inofensivo. Y los santos son los mejores filósofos, porque ellos conocen, construyen y lideran la verdadera historia del hombre.
Defensa de la porquería
Pedro Gandolfo
Debo decirles que cuando leí las declaraciones del presidente de la CUT, Antonio Martínez, mi primera reacción fue reírme. No por lo ridículas, sino porque me imaginé por anticipado las bromas que podría propinarles a mis amigos filósofos. ¡Meterles porquerías en la cabeza a los jóvenes! ¡Y que esa inoculación fuera tan eficaz, y tan rápidamente eficaz! Karl Marx no lo hubiese logrado, los profesores de filosofía chilenos, sí.
Ahora, en cambio, oscilo entre la perplejidad y ligera indignación. Claro, confieso que fui tocado en una fibra muy personal: un tío, Rafael Gandolfo Barón, SS.CC., fue un filósofo y agudo pensador porteño, formador de importantes filósofos, cofundador del Instituto de Filosofía de la Universidad Católica de Valparaíso, donde enseñó por años; profesor en el colegio de los Padres Franceses, uno de los primeros doctorados honoris causa por aquella universidad, profesor en el legendario Centro de Estudios Humanísticos, fino escritor (recomiendo particularmente un libro suyo -que contiene una de las mejores prosas que he leído-, “Memorias de la otra existencia”).
Su figura poderosa -que combinaba al sacerdote ejemplar con el pensador sabio- ejerció influencia en la familia: mi hermano, José Gandolfo, se dedicó a la filosofía, y yo, después del Derecho, le hice una pasada, una suerte de visita de cortesía, que repito de tanto en tanto. Chile cuenta en su historia con notables filósofos de los cuales deberíamos sentir orgullo y que, en la universidad y en los colegios -cada día más arrinconados-, ejercen esta noble actividad y son ejemplos de dedicación a la enseñanza y al cultivo de este saber que pregunta y, a la vez, se cuestiona a sí mismo.
Una de las grandes ausencias en todo este conflicto social es, precisamente, la filosofía, el pensamiento crítico y, en general, las humanidades. Las preguntas esenciales acerca de la educación no se hacen. Es ostensible que ni el Presidente de la República ni los dirigentes estudiantiles (para qué decir los otros) tienen la necesaria formación en esta área. Hoy, se enfrentan una mentalidad técnica versus otra ideológica, ambas romas, cerradas, sin fisuras. ¿Hay alguna posibilidad de encuentro? Si en nuestros colegios se enseñaran mejor las humanidades, si tuvieran un lugar importante en la sociedad, quizás el diálogo fuese posible y fructífero. La filosofía adiestra la razón en el intercambio reglamentado de argumentos. Nuestra civilización es dialógica y la filosofía es maestra del diálogo. No dar golpes en la mesa, sino intentar la búsqueda de soluciones mediante la razón es uno de los rasgos más admirables de la tradición occidental. Las “porquerías” del señor Martínez son las “noblezas” que faltan.
¿Y si Arturo Martínez tuviese razón?
Joaquín García Huidobro
En la sociedad actual no se estila atacar a filósofos y poetas. Casi nadie lee poesía y jamás un libro filosófico vende más de mil ejemplares, pero por eso mismo se guarda gran respeto por ese gremio que se supone rodeado de sabiduría y pobreza, capaz de decir cosas muy inteligentes, aunque nadie las comprenda.
Se trata, naturalmente, de un comportamiento establecido en leyes no escritas, que son las más importantes. La veneración por los intelectuales se aprende en seminarios, congresos, visitando determinadas librerías y tomando una cerveza en el barrio Lastarria, cosas que el presidente de la CUT no suele hacer. Solo así se explica la sinceridad con que nos culpó a los profesores de filosofía de buena parte de los desmanes y desaguisados que hemos presenciado en la República.
Las reacciones no se hicieron esperar. Lo menos que se ha dicho del Sr. Martínez es que la suya es una ignorancia supina. Él ha sido capaz de resistir la cárcel y la relegación, pero el matonaje de los intelectuales (o de los que quieren pasar por tales) lo obligó a pedir disculpas y retractarse. Pero, ¿qué pasaría si él tuviera algo de razón?
Quizá podría nuestro sindicalista citar en su favor unas palabras del filósofo Karl Popper, que no se preocupaba demasiado de parecer inteligente:
“Somos siempre nosotros, los intelectuales, que por cobardía, vanidad y orgullo, hemos hecho o hacemos las peores cosas. Nosotros, que tenemos un deber particular con aquellos que no han podido estudiar, somos los traidores del espíritu […]. Somos nosotros quienes hemos inventado y difundido el nacionalismo, y que seguimos todas las modas idiotas. Queremos hacernos notar y hablamos un lenguaje incomprensible pero muy impresionante, un lenguaje docto, artificial […]. Eso es lo que oculta el hecho de que a menudo decimos tonterías y pescamos en aguas turbulentas”.
En una de esas, lo que ha visto el Sr. Martínez no difiere mucho de lo que señalaba el filósofo vienés. El presidente de la CUT sabe que durante las tomas y paros nuestros estudiantes han escuchado sesudas conferencias que hablan del derecho de los alumnos a responder con violencia a las injusticias de una sociedad opresora. Por supuesto que nuestros intelectuales no pondrán bombas ni entrarán a saquear un local comercial. Lo suyo es el análisis, pensar las contradicciones culturales de nuestra sociedad enferma, denunciar la injusticia; ellos se limitan a tirar la piedra, después esconderán la mano, horrorizados.
El Sr. Martínez probablemente tiene amigos sindicalistas en Argentina. Le habrán contado cómo a fines de los sesenta y comienzos de los setenta no faltaron los intelectuales que llenaron la cabeza de los jóvenes con ideas que les permitieron secuestrar, poner bombas y asesinar sindicalistas y otras personas. Vino después la guerra sucia y muchos de esos jóvenes fueron torturados y muertos. Hoy sus cadáveres están en algún fondo del Río de la Plata, mezclados con el barro mientras sus madres los esperan en vano. Y mientras pasaban estas cosas, sus profesores de filosofía se quedaban muy tranquilos en sus casas, leyendo a Platón. No solo en Argentina pasaron estas cosas, también se sufrieron en Chile y otros países: Abimael Guzmán, fundador de Sendero Luminoso, fue profesor de filosofía.
Los intelectuales, y entre ellos los profesores de filosofía, son imprescindibles en una sociedad. Están llamados a poner el matiz y la pausa donde reina la pasión y el maniqueísmo, tienen la posibilidad de reemplazar la descalificación por el respeto, y el dogmatismo por los argumentos racionales.
Pero, atención, los intelectuales no somos inmunes a la arrogancia y la frivolidad. En especial, sin un honesto y doloroso compromiso con la verdad nos resulta difícil resistir la tentación de emplear a los demás como ratas de laboratorio para llevar a cabo los experimentos sociales que aplican nuestras ideas.
Al inicio de la filosofía está el ejemplo de Sócrates, que mantenía una permanente disposición a ser corregido. Los profesores de filosofía, los poetas, artistas e historiadores bien podríamos seguir su ejemplo y no pretender transformarnos en una casta intocable. Los sindicalistas son importantes por muchas razones, entre otras, porque también ellos tienen derecho a hacernos bajar del Olimpo.




