Repensar la educación

Francisco Javier Vargas Galindo | Sección: Educación, Política, Sociedad

Releyendo el asertivo artículo del señor Pedro Gandolfo, “Educar qué y para qué”, ha dado en el clavo de la problemática educacional. Y estamos nosotros muchísimo más urgidos de repensar la educación. Esta abundancia de recursos del cobre que en gran parte malgastamos, no va a durar siempre. Debemos usarlos para hacer esta urgente reforma educacional.

Ese repensar la educación tiene que partir en primer lugar de la eficiencia del sistema y cómo sugiere el destacado columnista, contestarnos abierta y francamente, ¿para qué educamos? ¿a quiénes educamos? ¿y cómo educamos? Trazarnos unas metas y unos rumbos para el país que queremos hacer, y poner la educación al servicio de ese destino chileno, y de esa realización de destino nacional en un mundo sumamente complejo que va a pedir de los países inmensos esfuerzos de capacidad intelectual, y en un país como Chile, donde estas generaciones nuevas van a afrontar la situación post-minera, un recurso no renovable.

Tendríamos que condicionar la educación y repensarla con vistas a las necesidades del país y a la situación del mundo. Hacer una educación mucho más realista, mucho más empírica, mucho más con los pies en la tierra, mucho más con la mirada puesta en el mundo en que hemos entrado y en las exigencias que ese mundo impone. De otra manera estaríamos llevando no solamente a las nuevas generaciones al fracaso, sino al país entero al fracaso. El país no puede contentarse con seguir produciendo masivamente semi-letrados, más o menos inútiles, sino que tiene que producir los técnicos y los científicos del más alto nivel posible que son necesarios para que desempeñe su papel de gran nación.

Lo que más necesita nuestra educación es una cura de simplicidad. Un regresar a los conceptos básicos y a las realidades. Pensar no en la educación y en las maravillosas teorías que han elaborado los filósofos de la pedagogía, sino en la educación para Chile. Preguntarnos simplemente ¿a quiénes tenemos que educar? y, luego, ¿para qué tenemos que educarlos? Preguntas que me alegro las haya hecho el señor Gandolfo.

La simple consideración objetiva del pueblo chileno en su realidad dice con suficiente elocuencia lo que necesita. Esa y no otra es la norma pedagógica que debería presidir nuestros sistemas pedagógicos. Pero esa es precisamente la que menos hemos seguido. Hemos oído y consultado todos los creadores de la ciencia pedagógica, pero muy poco hemos oído al campesino que a la puerta de su vivienda está plantado como un oscuro problema. En el planteamiento de nuestros planes educacionales ese hombre es más importante que el señor Decroly, y lo trágico es ignorarlo a él o mal entenderlo a él, y no a ningún filósofo de la educación. Lo que necesitamos no es educar de acuerdo con esta o con aquella teoría, sino educar para Chile. Una educación hecha para una realidad histórica, social y económica. Una educación que sea camino y no laberinto. Una educación que nos acompañe y no que nos extravíe. Una educación para un ser real y no para un fantasma intelectual.

Esa es la cuestión fundamental y la que le da a la educación su verdadera magnitud. La educación no es el injerto de ideas o la formación artificial de mentalidades, sino el proceso por medio del cual un ser real, un hombre verdadero, llega a su más cabal y fructífero desarrollo. Tiene que partir de una realidad y de la existencia de un ser concreto.

La escuela que no enseña a vivir a nada enseña.