Matrimonio igualitario
Álvaro Ferrer Del Valle | Sección: Familia, Política, Sociedad
En relación a la carta sobre el mal llamado matrimonio homosexual de los profesores Basaure, Bascuñán, Bustamante y Mascareño publicada en El Mercurio, considero necesario decir lo siguiente.
Que es falso el que “en toda pretensión universal de igualdad todos ganen algo”, en este caso sean heterosexuales u homosexuales, pues se olvida que, cuando menos, los niños serán privados de su derecho a ser criados y educados por un hombre y una mujer (derecho cuya existencia no está condicionada a las excepciones en que hombre y mujer no logran debidamente tal cometido).
Que es falso que “moralmente lo relevante es cómo las instituciones deben ser, no cómo han sido”, pues existen múltiples casos en que el cómo son y han sido responde, precisamente, a su misma relevancia moral.
Que es falso que “una sociedad justa sea aquella en que las instituciones garanticen igual distribución de derechos y bienes básicos para todos”, pues la justicia no es ni jamás ha sido igualdad para todos y en todo, sino para aquellos que se encuentran en las mismas condiciones y circunstancias, respecto de una misma materia.
Que es falso que el matrimonio entre un hombre y una mujer implique de suyo una discriminación tal que “supone que sólo algunos son ciudadanos normales respecto de su vida personal”, pues –sin ser el ideal- el matrimonio es válido aún cuando los cónyuges tengan serios defectos en su vida personal, ya que el modo como viven no afecta a posteriori la validez del consentimiento previo, en tanto éste descansa en otros requisitos que cualquier persona medianamente culta conoce, que nada tienen que ver con los sentimientos amorosos y la sexualidad (un matrimonio es válido aún cuando los cónyuges ya no se quieran, no exista pasión y no tengan vida sexual activa entre ellos). Luego, es falso que el matrimonio sea una simplona regulación jurídica de los afectos, la pasión y la sexualidad, no obstante abarque de hecho esos aspectos clave de la vida humana. Por tanto, es falso también que en la especie “los homosexuales son por su condición ciudadanos de segunda clase respecto de su vida personal”.
Que es falso que el matrimonio “niegue el derecho a que una persona, por su condición sexual, pueda vivir como los demás ciudadanos los sentimientos, la pasión y la vida de pareja en las condiciones que gozan los heterosexuales”, pues de hecho los homosexuales viven y pueden vivir sus afectos y sexualidad como estimen, y de esa decisión no se sigue derecho a nada, salvo se pruebe que basta decidir algo para tener un derecho, sin que sea menester cumplir previamente con las condiciones objetivas que el ejercicio de ese derecho de suyo requiere; principio a todas luces absurdo jurídicamente (si es verdadero, vaya y aplíquelo a la decisión libre de dar por cancelada una deuda sin haber pagado íntegramente el precio). Por igual razón, es falso que de la probable afectación de la autoestima se siga una injusticia que merezca como necesaria reparación la atribución de un derecho, pues de los sentimientos y deseos no se siguen los derechos.
Que es falso “que el Estado define la distribución de licencias que norman la licitud y legalidad de formas de vida amorosa y sexual, y la forma en que se entiende la familia”, pues la ley no dice que tal o cual relación afectivo sexual es lícita o ilícita, legal o ilegal, ya que de hecho no prohíbe la relación afectivo-sexual entre homosexuales; antes bien, al reconocer que la familia se funda en el matrimonio entre un hombre y una mujer, sencillamente hace lo que toda verdadera ley: distingue según la realidad, pues “moralmente lo relevante es lo que las instituciones deben ser”.
Que es falso que esta discriminación “sólo alcanza su fin una vez que se es sujeto de plenos derechos, lo cual sólo se logra con el matrimonio igualitario”, pues al presente toda persona ya es sujeto de plenos derechos: todas tienen derecho a contraer verdadero matrimonio.
En síntesis: en estos tiempos en que el libertinaje sexual parece ser el mayor y más importante de todos los derechos humanos, tal vez ahora “suavizado” con la recurrente apelación al amor y los afectos, es falso que el matrimonio se reduzca a la consagración jurídica del deseo afectivo y el apetito de placer sensible con miras al reconocimiento social de dichas inclinaciones y prácticas, como también es falso que el ejercicio la “autonomía individual”, sea por condición o por opción, merezca siempre un trato igualitario.
Finalmente, dos verdades: que de la cita de hechos no se concluye lógicamente nada, ni siquiera los lugares comunes que pretenden los firmantes de la carta en comento, no obstante, y como siempre, el sofisma resulte cómodo y persuasivo. Cuidado entonces, pues la sociedad no es más justa cuando actúa y decide en base a pésimas razones.




