¡Acabar con el Estado subsidiario! Las contradicciones del movimiento estudiantil

Rodrigo Ahumada | Sección: Educación, Política, Sociedad

Los movimientos ciudadanos del último tiempo en nuestro país, y al interior de ellos el movimiento estudiantil, se inscriben dentro de una crisis mayor de la vida política chilena. Esta crisis es en su esencia una crisis integral de la razón política cuyas expresiones más visibles parecieran ser los temas de la legitimidad de la “clase” política y la participación real de la ciudadanía en la toma de decisiones en cuestiones fundamentales para el presente y futuro del país como son la matriz energética y una educación de calidad que promueva eficazmente la igualdad de oportunidades en la sociedad chilena. Pensamos que sería un craso error imaginar que estos problemas pueden ser resueltos al margen de la política porque en su esencia son políticos. Lo que sí nos parece evidente, es que en Chile ha entrado en una crisis terminal, una cierta idea de la política y con ella la “clase” política que la encarna y la representa.

¿Cómo podemos caracterizar esta idea de la política? Como un despotismo iletrado y autista sustentado sobre una partitocracia. Se trata de una clase política con rasgos “mesiánicos” que ha decidido que tiene que “gobernar” o “trabajar” para los otros pero sin los otros. En el fondo considera que los ciudadanos comunes –la señora Juanita de la cual tanto hablan–, no son sujetos o personas racionales y libres que merecen ser escuchadas y consideradas. Tan solo son una masa anónima que tiene que ser guiada como quien conduce a un ganado. Es triste reconocerlo, para la mayoría de los políticos, más allá de sus bellos discursos, los ciudadanos de este país son simplemente una “chusma” inconsciente o una suerte de “populacho” que solamente debe ser consultado para las elecciones. Esto explica su arrogancia y prepotencia pero también su superficialidad (les encanta aparecer en la prensa y ojalá en programas de farándula) y su incapacidad para escuchar (autismo). Insisto, gobernar en nombre de los otros pero sin que ellos participen. Eso se llama despotismo en ningún caso democracia ¿Puede sorprender entonces que en medio de la crisis tanto la Concertación como la Coalición por el Cambio no hayan sido capaces de ejercer un real liderazgo que aporte luces y soluciones reales para los tiempos complejos y dramáticos que vivimos? Como decía con amargura una angustiada madre integrante del Centro de Padres de un colegio emblemático: ¡Qué tenemos qué hacer para que alguna vez nos escuchen! ¡Por qué tienen que esperar que nuestros hijos tengan que llegar a tomas y marchas para que reaccionen!

Es en este contexto o ambiente político que es preciso comprender el movimiento estudiantil que nos afecta con sus luces y sombras, pero sobre todo con sus contradicciones. Sí, con sus grandes y patéticas contradicciones que es preciso poner de manifiesto. Nadie cuestiona que Chile requiere con urgencia cambios profundos en educación. Nadie pone en dudas que solamente una educación de calidad es la base de una sociedad fundada en la igualdad de oportunidades como pilar de una democracia robusta. Sabemos que la Concertación fracasó en sus intentos por alcanzar dicha meta. Tampoco tengo muy claro si la propuesta del gobierno actual va en la dirección correcta y si la obsesión por copiar modelos foráneos que no responden a nuestra realidad cultural terminará truncando el proyecto.

Lo que si tengo claro, y bastante claro, es que existen profundas contradicciones al interior del movimiento estudiantil tanto secundario como universitario. Esas contradicciones, y esto es bastante grave, tienen que ver con los principios y las ideas que lo sostienen y lo movilizan y de las cuales al parecer la mayoría de los jóvenes que han participado en las últimas marchas no tienen la menor conciencia. ¿Cuáles son esos principios e ideas? En lo que respecta a los estudiantes secundarios, los presidentes que encabezan el movimiento han señalado que las reformas o mejoras no sirven y esa fue una de las razones según ellos por las cuales fracasó el movimiento de los “pingüinos”. Lo que se necesitaría hoy día es una revolución de carácter estatista. Ciertamente, que suena maravilloso al oído ¡La Revolución! Sorprendentemente nos envían de un solo golpe a las ideologías de los 60, a los planteamientos “fascistas” y “marxistas” de los 60 y de antes de los 60. Pero también nos reenvían a la “dialéctica” (lucha) entre amigos y enemigos, lenguaje propio de la Guerra Fría ¿Puede entonces extrañar tanta violencia de los que antes se llamaban “idealistas” y hoy día “infiltrados”? Como ha señalado una de sus dirigentes a quien quiera escucharla y eso incluye al ministro Lavín –cuyo liderazgo ya me pone nervioso porque al decir del poeta, llega siempre tarde donde nunca pasa nada–: “tenemos claro que la disposición, si es que se quiere cambiar de raíz este problema y que no pase que todos los años se forme un movimiento, tiene que cambiarse la Constitución. No queremos más reformas, estas no están sirviendo”.

¿Por qué la Constitución Política del Estado? No porque sea la Constitución de Pinochet y de Lagos solamente. Sino porque la Constitución defiende la idea de un Estado subsidiario como fundamento de la democracia y esto va en contra de las aspiraciones de los dirigentes del movimiento estudiantil –me refiero a los dirigentes que tienen formación de cuadro o ideológica no a los comparsa–, que quieren una educación estatal al estilo del “Socialismo del Siglo XXI” promovido en América Latina por Hugo Chávez ¿Por qué? Porque solamente el Estado puede garantizar igualdad y justicia para todos al ser el único dueño del sistema de educación escolar y de la Enseñanza Superior eliminando el lucro en la educación ¿Ésta es la solución que requiere nuestro país? ¿Una democracia estatista? ¿Acabar con la democracia y la libertad de enseñanza para garantizar una educación de calidad para todos? Como lo ha señalado la misma Daniela Isla, se trata de pasar de un Estado subsidiario a un Estado benefactor propietario de la educación.

Los jóvenes dirigentes estudiantiles se empeñan en ignorar que lo fundamental en una democracia no son ni el Estado ni el Mercado, sino la persona y sus derechos inalienables –idea que nunca mencionan porque no la conocen o no les interesa–, y que el principio de subsidiariedad –formulado por primera vez por  Montesquieu para proteger a los ciudadanos ante el absolutismo de las monarquías–, es un principio que se desprende de la dignidad de la persona y no del Estado, y existe justamente para proteger a la misma para que no sea atropellada por un Estado totalitario o dictatorial. Ni Hitler ni Stalin imaginaron jamás un Estado subsidiario eso no se ajustaba a su sueño de un poder total sobre las personas.

¿Qué entienden los dirigentes del movimiento estudiantil por Estado? Me parece que la idea de Estado que subyace en muchos dirigentes estudiantiles y –por qué no decirlo–, también en la mayoría supuestamente ‘ilustrada’ de nuestra bendita clase política, es una visión distorsionada y en algunos casos de inspiración totalitaria. Esto quiere decir que el Estado es pensado no como un medio o instrumento, sino como una especie de “ente abstracto”, es decir, como un fin en sí mismo, que existe por sí mismo y para sí mismo y que considera a las personas como simples medios, al servicio de su propio bienestar y el de sus burócratas. Por esto piensan que el derecho a la educación es un derecho del Estado y no un derecho de la persona –esta ignorancia es grosera–. Ni la gente de derecha o centro-derecha o de izquierda o centro-izquierda entienden con claridad qué significa que el Estado sea una parte de la Sociedad Política y en cuanto tal rector del bien común, y cuál es el papel que le corresponde desempeñar en materia educativa en una democracia, para garantizar el acceso de todos a una educación de calidad. Unos piensan como dogma religioso que el Estado lo es todo. Otros creen casi religiosamente que el Mercado resuelve todos los problemas del ser humano. Se han olvidado del sujeto de la política y de la democracia: la persona. Por eso curiosamente tenemos en Chile una política y una democracia sin sujetos. Y en vez de tener una economía de mercado hemos terminado construyendo también una sociedad de individuos que alimenta el “yo” egoísta fundada sobre el mercado, lo cual no solo destruye a la sociedad sino también al mismo mercado.

La solución que el país requiere en materia de educación como en tantas otras materias no se encuentra ni en la utopía de una Sociedad Estatista como tampoco en la delirante Sociedad de Mercado. Hoy más que nunca hay que volver a la política como ética social para que la persona y el ciudadano común emerja en toda su grandeza y en todo su esplendor. Esto implica que tanto el Estado como el Mercado deben ser leídos e interpretados desde la óptica o perspectiva de la persona como un fin en sí misma. Solo así una educación de calidad sin exclusiones que garantice no solamente la igualdad sino también la libertad pueda pasar del campo de los ideales a la realidad. En todo caso, tengo claro que la ignorancia es el peor de los males y cuando va acompañada de la mentira se transforma en una política del “Terror” (Robespierre). Espero que ella no termine dominando los debates y la pasión acabe por avasallar los derechos de la razón.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Blogs de La tercera, http://blog.latercera.com/blog/rahumada.