Un nuevo proyecto del Ministerio de Educación

Gonzalo Letelier Widow | Sección: Educación, Sociedad

Propongo una nueva asignatura obligatoria para todos los niveles de la enseñanza básica. Tengo que encontrarle un nombre todavía. Quizás “ser chileno en tu ciudad” o “habitando tu mundo”, una cosa del estilo. En todo caso, lo importante es el contenido formativo. Consistirá en enseñarle a los alumnos a ser chilenos, y, más específicamente, a vivir en la ciudad en que habitan y a formar parte de sus propias familias. No se me confunda: no se trata de inculcar patriotismo y sentido cívico, porque esas cosas, aparte de rancias, son sólo algunas de las opciones posibles. No; se trata de enseñarles a vivir donde viven y a hacer las cosas que hacen. Suena a perogrullada, pero no crea usted. Está todo pensado. Serán una o dos sesiones semanales con profesores debidamente capacitados a través de cursos licitados públicamente. La licitación, obviamente, será  ejecutada directa y exclusivamente por el Estado a través del Ministerio de Educación, porque sólo el Estado entiende de estas cosas, e incluso si no entendiera, solo a Él le competen.

El programa incluirá algunos talleres para tratar de modo personalizado los temas más delicados, aquellos que tienen que ver con la vida familiar y personal. En ellos, expertos de renombre conversarán paso a paso con los alumnos sobre cómo deben moverse por su casa y relacionarse con sus padres. Por supuesto, los profesores deberán mantener una total neutralidad “valórica” y reservarse todo juicio moral; lo contrario sería altamente intolerante y seguramente produciría un rechazo en los alumnos. Además, nuestra sociedad es valóricamente diversa y compleja, así que lo que se enseñe, debe valer tanto para el ciudadano modelo como para el lumpen que rompe negocios después de cada partido de la U, y tanto para el hijo devoto como para el depravado que le pega a sus padres. De hecho, para que su opción sea realmente auténtica y responsable, el niño que proviene de una familia de ciudadanos modelo deberá tomar talleres obligatorios de “lanzamiento de piedras”, “destrucción de semáforos” y “fisiología y puntos vulnerables de los pacos”;  el hijo devoto, por su parte, no podrá aprobar si no ha demostrado que es capaz de insultar a sus progenitores de modo eficaz, libre y tolerante.

A estas alturas usted puede estarse preguntando qué le pasó a este columnista. Le respondo con otra pregunta: qué le pasa a un Ministerio de Educación que licita clases de sexualidad obligatorias para todos los niveles de la enseñanza escolar. Explico mi pregunta deteniéndome en los tres puntos más estridentes de la descripción apenas propuesta, que son los mismos que hacen absurdo cualquier propuesta del estilo:

  • Hay cosas que ciertamente se aprenden, pero no se pueden enseñar. Al menos no se enseñan en una sala de clases. Se aprenden mediante ejemplos, viviendo la vida cotidiana, por la sencilla razón de que no son técnicas o conocimientos, sino que son aspectos de nosotros mismos. Como ser chileno, ser viñamarino o vivir en la propia casa. Ser hombre o ser mujer es algo que no se enseña; es algo que se aprende siéndolo en plenitud de acuerdo a la propia edad y según el ejemplo de otros que lo son en plenitud. Si usted quiere que los niños no entiendan nada y olviden todo lo que ya saben sobre estos temas, explíqueselos a todos juntos en una sala de clases.
  • Muchos aspectos de la propia sexualidad requieren de un aprendizaje guiado, sobre todo en tiempos de enorme confusión e hipererotismo pervasivo como son los nuestros. No se trata de cartuchonería, sino simplemente del hecho innegable de que, hoy por hoy, nuestros niños conocen todas las prendas imaginables de la ropa interior femenina a través de la publicidad de los paraderos de micro mucho antes de ser capaces de distinguir entre los pañales y los calzoncillos. Pero ese aprendizaje debe ser guiado por gente competente. Y como no se trata de técnicas, sino de experiencia vivida, sólo pueden ser competentes los padres y aquellos a quienes los padres hayan involucrado en el proceso educativo. Para entrar en la intimidad de alguien no sirve la definición de intimidad ni un master en las teorías sobre su desarrollo; lo único que sirve es ser parte natural de la intimidad de esa persona. Respecto de lo íntimo, todo lo exterior, precisamente porque exterior, es disonante. Mis confesiones las conoce Dios y el cura, y me importa un rábano si hay un moralista que es especialista en todos mis vicios: no quiero que los sepa. Evidentemente, esto supone que la sexualidad es parte de la intimidad. Esto es obvio, pero como lo hemos olvidado, lo prometemos para otra columna.
  • El desarrollo sexual no puede ser separado de la formación moral. Y antes de que salten los “tolerantes” inquisidores que no soportan juicios morales en materia sexual o los curas progre que protestan porque los cartuchones reducimos la moralidad a la moral sexual, aclaro que este principio vale para todos los ámbitos de la vida. El desarrollo social tampoco puede ser separado de la moral. No puedo enseñar la amistad o la justicia sin una abierta y explícita referencia a la moral. Tratar de ser moralmente ascéptico significaría desnaturalizar la amistad y la justicia. Del mismo modo, si en el ejercicio (no  necesariamente en la condición) de la homosexualidad, si en el adulterio o en la fornicación hay desorden moral objetivo (y de hecho lo hay), enseñar lo que son sin pronunciarse moralmente es exactamente igual de absurdo que enseñar los usos y costumbres de las barras bravas sin pronunciarse respecto a su conducta.

Educar la sexualidad es educar la castidad. La cual no consiste en la represión de las tendencias sexuales. Significa darles orden racional. O sea, mando yo y no ellas, porque yo sé lo que es bueno, sé lo que es valioso y lo que me hace bien. De hecho, el casto ya no lucha contra sus pasiones; no porque no las tenga, sino porque están ordenadas y no quieren nada contrario a la razón. Una persona normal, es decir casta, siente un rechazo contra el adulterio que es en todo semejante a la repulsión que le causan los excesos  de un goloso o los abusos y mezquindades de un avaro.

Educar la castidad es enseñar a ser libres, a no depender de placeres fundados en puras apariencias. Es enseñar a amar en serio, porque se quiere y no porque algo me impulsa. Es llegar a ser dueño de sí mismo al punto de ser capaz de donarse a otro. Por supuesto, sin devuelta, porque hasta los niños chicos saben qué le pasa al que “da y quita”.  Pero nadie da lo que no tiene. Si me doy, es porque antes me poseía; y una vez que me di, no me pido de vuelta.

Todo esto, por supuesto, no se enseña en una clase. Uno es hombre o mujer todo el día y en todo lo que hace; no comienza a serlo porque le dicen cómo. Se aprende, sí; pero con buenos ejemplos, no con talleres, conferencias o dinámicas grupales. Y el resultado de esta educación no es la capacidad de tomar una decisión responsable sobre lo que “quiero ser” sexualmente, prescindiendo de lo que de hecho soy. El resultado es ser plenamente lo que se es: un hombre orgulloso de ser hombre, una mujer a la que le encanta ser mujer; un hombre al que le gustan las mujeres porque es hombre, una mujer a la que sólo le gustan los hombres porque es plenamente mujer.

El Estado no es indiferente respecto de esta educación. Su tarea es hacerse cargo de la dimensión pública de este proceso, que es extrínseca, pero fundamental. Le compete poner todas las condiciones necesarias para que un hombre o mujer normal pueda llegar a ser ejemplo para sus hijos. La primera de las cuales es dejar de meterse en la conciencia y en la intimidad de esos niños.