Presencia católica en Internet
P. Fernando Pascual, LC | Sección: Religión, Sociedad
La Iglesia católica tiene ante sí una serie de preguntas sobre su presencia en el mundo de Internet. ¿Cómo entrar en los diferentes ámbitos de este nuevo espacio comunicativo? ¿Cómo ayudar a los católicos a ofrecer el mensaje de Cristo en las distintas páginas? ¿Basta con ser bautizado para poner mensajes que reflejen la verdadera fe de la Iglesia, o se requieren formas de control por parte de la parroquia o del obispo para que las ideas lanzadas en la Red tengan cierta garantía de ser auténticamente católicas?
Son preguntas de no fácil solución. Un católico que se asoma a los mil horizontes de Internet se encuentra, por un lado, con muchas voces, algunas nacidas en corazones buenos, otras engañosas o simplemente falsas. Por otro lado, no todos los bautizados conocen bien su propia fe, por lo que al participar o al escribir en Internet pueden reflejar ideas que no corresponden a la doctrina de la Iglesia.
A pesar de estas y de otras dificultades, la Iglesia aplica a Internet lo que ha enseñado desde sus orígenes: hay que imbuir de espíritu cristiano los distintos espacios de la vida humana, como levadura en la masa, y esto vale también para el mundo de Internet.
Podemos, por ejemplo, recordar lo que explicaba el Concilio Vaticano II: “La Iglesia católica, fundada por nuestro Señor Jesucristo para la salvación de todos los hombres, y por lo mismo que está obligada a la evangelización de toda criatura, considera parte de su misión servirse de los instrumentos de comunicación social para predicar a los hombres el mensaje de salvación y enseñarles el recto uso de estos medios” (decreto Inter mirifica n. 3).
Más adelante, el mismo número que acabamos de citar añadía: “Corresponde principalmente a los seglares vivificar con espíritu humano y cristiano esta clase de medios a fin de que respondan plenamente a la gran esperanza del género humano y a los designios divinos” (Inter mirifica n. 3).
La invitación a imbuir de espíritu cristiano los medios de comunicación social ha quedado plasmada en el Código de Derecho Canónico promulgado el año 1983. En el canon 822 podemos leer lo siguiente:
“1. Los pastores de la Iglesia, utilizando un derecho propio de la Iglesia en el cumplimiento de su función, preocúpense por utilizar los instrumentos de comunicación social.
2. Los mismos pastores procuren enseñar a los fieles el deber que tienen de cooperar para que el uso de los instrumentos de comunicación social sea vivificado por un espíritu humano y cristiano.
3. Todos los fieles, principalmente aquellos que de cualquier manera participan en la organización o uso de esos medios, sean solícitos en prestar apoyo a la actividad pastoral, de manera que la Iglesia ejerza eficazmente su función, también mediante esos instrumentos”.
Esta invitación tan concreta está acompañada por otro canon que precisa la manera según la cual un católico puede publicar escritos sobre la propia fe:
“Para preservar la integridad de las verdades de fe y costumbres, corresponde a los pastores de la Iglesia el deber y el derecho de vigilar para que ni los escritos ni el uso de los medios de comunicación social dañen la fe o las costumbres de los fieles; asimismo, de exigir que los fieles sometan a su juicio los escritos que vayan a publicar y tengan relación con la fe o costumbres; y también de reprobar los escritos nocivos para la rectitud de la fe o las buenas costumbres” (canon 823,1).
En otras palabras, los creyentes, al escribir sobre fe o sobre moral, deben pedir su aprobación a los obispos. ¿Se aplica esta idea a Internet? La respuesta tiene que ser afirmativa, pero no resulta fácil ver en qué maneras o bajo qué modalidades concretas.
Pensemos, por ejemplo, en un católico que lleva adelante un blog, o que participa en distintos foros, o que pone comentarios a noticias, o que publica en distintas páginas de Internet sus reflexiones sobre la fe o sobre el modo de vivir el Evangelio. Si el mundo cibernético multiplica enormemente el número de posibilidades comunicativas y facilita el que una persona ofrezca, al menos en teoría, a todo el mundo lo que piensa a través de un texto escrito o de una grabación, ¿cómo intervenir para que los católicos no expresen ideas que pueden confundir a los muchos potenciales lectores en el inmenso océano de Internet?
Baste, al menos por ahora, reconocer que la nueva situación es compleja, y que no podemos considerar como pensamiento auténticamente católico el que es expresado en Internet por bautizados que tienen ideas a veces confusas, otras veces equivocadas.
A lo largo de este camino de discernimiento ante un instrumento de comunicación de potencialidades enormes, tienen una responsabilidad particular quienes, como obispos y sacerdotes, están llamados a velar por la pureza de la fe. Ellos tienen importantes deberes en cuanto educadores de los bautizados, a los que necesitan acompañar en el conocimiento de la propia fe antes de que puedan participar como auténticos creyentes en alguno de los muchos espacios disponibles en la Red mundial.
Sólo entonces la presencia de los católicos en el mundo de Internet podrá reflejar los verdaderos tesoros de nuestra fe y permitirá a muchos corazones tener un primer contacto con la belleza del Evangelio.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Análisis Digital, www.analisisdigital.com.




