La verdad del matrimonio y de la familia

Ricardo Benjumea | Sección: Familia, Sociedad

El secularismo agresivo tiene hoy por costumbre presentar como realidades diferentes, cuando no antagónicas, a organizaciones como Cáritas y a la Iglesia jerárquica. Es una ficción recurrente: “Estamos con los que de verdad se preocupan por los pobres, no con el Papa y los obispos, que sólo piensan en el aborto y en los preservativos”. El público destinatario de estos mensajes, no siempre bien informado, tal vez ignore que son precisamente los obispos y el Papa los máximos responsables de las Cáritas. O que, dejando al margen pequeñas estructuras administrativas, las Cáritas son sólo un grupo más de los muchos que estructuran la vida de cada parroquia.

Pero la estrategia de combate laicista es mucho más inteligente de lo que pueda parecer a primera vista. Ante la imposibilidad de desacreditar el desarmante testimonio de la caridad cristiana, el laicismo ha aprendido a manipularlo con cierto éxito en beneficio propio, y acusa hipócritamente a la jerarquía de pretender construir una Iglesia dogmática frente a la Iglesia de la que verdaderamente merecería la pena formar parte: la “Iglesia de base”, la Iglesia de la caridad.

No siempre fue así. Antes que los obispos y los intelectuales católicos, el blanco preferente de los revolucionarios marxistas fueron las congregaciones religiosas más cercanas a los pobres. Es lógico, puesto que las monjas se interponían directamente entre ellos y el proletariado, destinado por la Historia –creían– a empuñar las armas contra la burguesía. Que ahora el laicismo pretenda presentar como “aliado” al sector de la Iglesia que con más saña combatió, no deja de ser un sarcástico reconocimiento de derrota. Y si no ha habido nada de vergonzante en ese reconocimiento, es probablemente gracias a la nula predisposición al ensañamiento del adversario, que en contra de toda lógica puramente humana, no desea la condena del enemigo, sino su salvación eterna.

La respuesta a los signos de los tiempos de la caridad cristiana se llama hoy –entre otros nombres– pastoral de la familia y evangelio de la vida. En su día, al secularismo agresivo le costó admitir que no hay justicia social que valga cuando todo el mundo se limita a exigir sus propios derechos, y nadie se entrega de forma gratuita a los demás, sin pedir nada a cambio. Hoy, ese secularismo se resiste a aceptar la evidencia de que sólo la verdad del matrimonio y de la familia, tal como lo propone la Iglesia, podrá salvarnos como civilización; que sólo la defensa de esta verdad permitirá sostener nuestro sistema de pensiones y nuestro Estado Social; que la apatía de los jóvenes y la tristeza que corroe a buena parte de esta sociedad consumista e insatisfecha sólo se combate con familias fuertes y estables; que la acogida de cada nueva vida como un inmenso don es el único presupuesto de partida posible para afirmar realmente la dignidad incondicional del ser humano y sus derechos fundamentales; etc., etc, etc.

No es una verdad que se proclame contra nadie, porque la verdad simplemente “es”. Y no está al alcance del hombre modificarla. Así que no vale la pena abrirse la crisma intentando derribar este muro a cabezazos. Éste es un muro demasiado sólido. Cuanto antes lo admitamos todos, tanto mejor nos irá.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Cope, www.cope.es.