Folio
P. Raúl Hasbún | Sección: Sociedad
Los ciudadanos del mundo convienen, por un pacto tácito, en atribuirle al cambio de folio anual un carácter eufórico, marcado por el hastío de lo ya pasado y una inmotivada esperanza de que lo que viene será mejor. Como además el cambio de folio viene abundantemente regado con alcohol e iluminado con espectaculares fuegos de artificio, las probabilidades de someter estos juicios a parámetros racionales son bajas. Pero ya que existen, pongámoslas en acción.
¿Es racional desprenderse de lo vivido en un año con universal sentimiento de disgusto? Lo viejo ¿es malo porque viejo? En clave de fe (porque el tiempo y el acontecimiento interesan a la fe; más aun, no adquieren sentido pleno sino desde la fe) nada pudo suceder si Dios no lo ha permitido; ni es posible que Dios permita que algo acontezca, si El no está dispuesto y no ha provisto ya los medios para sacar de ello un bien. Lo pasado y lo viejo, cualquiera sea su naturaleza, no son en sí buenos ni malos: son, fueron simplemente, y si tuvieron ser es porque Dios estuvo en ellos, y Dios es amor, ergo subsiste en ellos una oferta de amor que la fe tiene el poder y deber de rescatar. El primer acto de la fe que reflexiona sobre lo pasado es la acción de gracias. Todo es gracia, todo pasó por una divina Providencia que es amorosa inteligencia y sabe conspirar para que todo derive en aumento de gracia. Un ejercicio típico de fin de año debería ser la retrospección agradecida. Ahora estoy en posición de comprobar que nada fue en vano, que la providencia de Dios nunca se equivoca, y que la lógica divina –¡felizmente!– no se somete a los criterios de la humana.
¿Es racional creer que todo lo nuevo, por ser nuevo, tendrá que ser mejor? La medida ética del valor no es lo antiguo o lo moderno, sino el amor. Mi nuevo año será mejor si durante su transcurso yo crezco en el amor. Pero ese crecimiento mío en el amor no será el fruto automático de un cambio de hoja en el calendario, sino de un cambio de actitud en el corazón. Finalmente soy yo quien decide cuánto mejor o peor será mi nuevo año. Porque en mí radica la responsabilidad y oportunidad exclusiva de imprimirle a mi agenda 2011 un renovado impulso, mística y disciplina en la prosecución del amor. Un ejercicio típico de fin de año será concordar, con Dios, una agenda de conversión centrada explícitamente en lograr que yo ame más y mejor que en 2010 . Si eres capaz de hacerlo entre la euforia del champagne y el estrépito de los petardos, hazlo. Yo que tú, preferiría celebrar sobriamente en familia. Todo lo que uno pueda agradecer, pasa finalmente por la familia. Y el motivo de nuestra esperanza es el amor, que recibimos incondicionalmente de esa cuna y taller de aprendizaje del amor que es nuestra familia.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.Humanitas.cl.




