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Patricio Zapata | Sección: Sociedad
La revista Time declaró a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, la persona del año. Ya son más de 500 millones las personas que integran esta comunidad virtual (una de cada 10 en el planeta). En paralelo, Twitter afecta comportamientos y se incorpora a nuestro vocabulario. En fin, dispositivos portátiles permiten la conectividad total y permanente.
Frente a estas nuevas realidades, de las que soy mero espectador, mi reacción es mixta. Por una parte, me maravillan las posibilidades de diálogo y cooperación que ellas pueden ofrecer. Por otro lado, debo confesar que me preocupa la trivialización de las confianzas (piénsese, por ejemplo, en la expresión «25 mil personas lo han agregado a su lista de amigos«), o en la dependencia-esclavitud que producen en algunas personas los blackberries o los iPhones. De hecho, hay quienes ya no pueden seguir una conversación mirando a su interlocutor por más de dos minutos, pues están demasiado pendientes de los aparatitos que sujetan ansiosamente en la mano izquierda, esperando saber lo que otros están diciendo en otra parte y sin poder aguantarse 10 minutos sin terciar en debates del ciberespacio. ¡Para qué hablar del nivel de intrascendencia irreflexiva y narcisista del 90 por ciento de los llamados twitteos!
Tengo claro, por supuesto, que las conductas patológicas no son culpa de las tecnologías, sino del abuso que se haga de ellas (como ocurre, por ejemplo, con la adicción de algunos a la TV). También me doy cuenta de que mis aprensiones pueden deberse, en parte, a mi impenitente tradicionalismo. En una de esas, y por mi carácter, yo habría sido de los que deploraron en su momento el cine sonoro. Algún amigo cree recordar, por lo demás, que durante un tiempo yo me habría «opuesto» a usar internet y celular.
Estos días, sin embargo, les devuelven su primacía a las viejas formas de relacionarnos. Apelotonados en torno a una mesa especialmente servida. Repartiendo besos, abrazos y arrumacos. Bailando o jugando una pichanga. Un poco más mamíferos, si se quiere. Y así fue, en efecto, que el viernes y el sábado recién pasados, las personas nos juntamos –físicamente– con nuestras familias. Muchos viajaron cientos de kilómetros sólo para compartir la Navidad con sus abuelos, padres o hermanos. Y así será de nuevo este viernes 31, para despedir un intenso 2010.
Es muy sabio el Evangelio: a las personas se las conoce y reconoce, realmente, al compartir un plato. ¿Se acuerda?: «Por la calzada de Emaús, un peregrino iba conmigo. No lo conocí al caminar. Ahora sí, en la fracción del pan«.
O, podríamos decir hoy, no lo reconocí al chatear. Ahora sí, en el asado de amigos y familiares.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio, http://blogs.elmercurio.com.




