El duro servicio de la verdad

Jaime Antúnez Aldunate | Sección: Religión, Sociedad

El avance en las páginas de L’Osservatore Romano, del sábado 20 de noviembre, de algunos pasajes del libro “La luz del mundo”, donde el periodista alemán Peter Seewald entrevista al Papa Benedicto XVI sobre muy diversos temas, con el consiguiente revuelo mediático mundial producido ya a las pocas horas, muestra la actualidad y pertinencia de lo observado por Alasdair MacIntyre en la introducción de su libro “Tras la virtud”.

Acudiendo a una ficción con que ilustra la actual realidad moral, este célebre filósofo y sociólogo británico –viejo marxista convertido al cristianismo– llega a algunas conclusiones preliminares a cuyo análisis se aboca en dicho libro. Primero, en el mundo que habitamos, el lenguaje de la moral está en grave estado de desorden y sólo poseemos fragmentos de un esquema conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de los que derivaba su significado. Lo que así tenemos son más bien simulacros de moral: continuamos usando muchas de las expresiones clave, pero hemos perdido –en gran parte, si no enteramente– nuestra comprensión, tanto teórica como práctica, de la moral. Segundo, en este cuadro de grave desorden, del que pocos toman realmente conciencia, a partir de conclusiones rivales podemos retrotraernos en la discusión hasta nuestras propias premisas, pero cuando llegamos a éstas, la discusión cesa, e invocar una premisa contra otra es asunto de pura afirmación y contraafirmación: de ahí el tono estridente de tanta discusión moral. Tercero, el emotivismo está incorporado a nuestra cultura y la gente piensa, habla y actúa en gran medida como si el emotivismo fuera verdadero, independientemente de cual pueda ser su punto de vista teórico. Con esto no se afirma sólo que la moral no es lo que fue, dice MacIntyre, sino algo más importante: que lo que la moral fue ha desaparecido en amplio grado, y que esto marca una degeneración y una grave pérdida cultural. Se nos muestra así, en otras palabras, cuál es la madre del “relativismo moral”.

Conocedor experimentado de esta realidad, Benedicto XVI –siguiendo el motu “servidor de la verdad” que leemos en su escudo episcopal– ha tenido el valor de emitir una opinión que conciliando el sentido común con el magisterio de la Iglesia en materia de sexualidad, habría necesariamente de producir, sin ninguna sorpresa para él, mucha bulla.

En efecto, expresándose con Seewald en idioma alemán –”wenn etwa ein Prostituierter ein Kondom verwendet”–, el Papa utiliza en sus palabras el género masculino para señalar que aun siendo la relación homosexual siempre moralmente mala, en el caso de un hombre que se dedica a la prostitución masculina entre homosexuales, usar el condón puede constituir un acto de consideración con el otro, a quien no se quiere contagiar con el sida, que es mortal. El prostituto estaría, en tal caso, evitando faltar contra el mandamiento “no matarás”. Se explica el uso del masculino en la frase porque quien recurre al condón es el hombre y no la mujer. En forma análoga, podría seguramente aplicarse el mismo criterio al hombre que recurre a una prostituta, sabiéndose él portador del sida, con lo que demuestra cierta consideración por la mujer y no un uso de ella como objeto sexual sin más. Hasta aquí los casos concretos a que este alcance se aplicaría. Ni se trata de aceptar moralmente el condón como medio para combatir el sida, ni tampoco de olvidar el hecho de que el condón tiene un importante margen de falencia, y que en estos casos la falsa idea de seguridad puede ser mortal.

No olvido que, ya en 1986, en la primera entrevista otorgada a “El Mercurio” por el cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI –lo que reiteró en declaraciones posteriores a este mismo diario–, dijo que a su juicio el centro de los problemas espirituales del mundo cristiano eran “cristológicos” y “eclesiológicos”. Si se observa con un poco de atención, podrá constatarse la consistencia de este diagnóstico con su enseñanza magisterial como sucesor de Pedro. Ello se aprecia tanto en sus grandes documentos como en sus discursos; muy concretamente, por ejemplo, en los que pronunció en su reciente y tan exitosa visita al Reino Unido. Con sabia urgencia, Benedicto XVI desplaza la atención de los focos de discusión del gusto de facciosos e ideólogos, insaciables en la dialéctica confrontacional y generalmente artificiosa, en beneficio de lo que considera nuclear: “en amplias zonas de la tierra, la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento” (cfr. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica 12.03.09; Vigilia en el Hyde Park de Londres 25.09.10; Discurso a los participantes al Congreso sobre Prensa Católica 07.10.10).

En este ya próximo mes de diciembre, mientras vaya quedando atrás la presente bulla, conoceremos el segundo volumen de su libro “Jesús de Nazareth”, que, según se ha sabido de fuentes autorizadas, es una reflexión que se desarrolla en honda consonancia con la declaración “Dominus Iesus” escrita por él mismo el año 2000, bajo indicación de Juan Pablo II, cuando presidía la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ni el agitar banderas ni el rasgar vestiduras, sino sólo el profundizar en ese camino podrá rehacer las dramáticas roturas en la trama cultural que describe MacIntyre.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio. El autor es director de revista Humanitas.