Difamador
P. Raúl Hasbún | Sección: Sociedad
Difamar es arrebatar o enlodar públicamente la honra de uno. Sabido es que la honra constituye el patrimonio principal de una persona. “Crédito”, en lenguaje financiero, es creer y confiar en que el posible deudor “honrará” sus compromisos. Si una persona es despojada de su crédito, porque su imagen ha sido expuesta al sarcasmo y a la condena de sus pares, se habrá configurado en ella lo que los romanos denominaban “capitis deminutio”, una suerte de decapitación moral que la condena a vegetar como ciudadano de ínfima categoría. Un porcentaje importante de suicidios puede atribuirse a que el sujeto no resiste la mera eventualidad de seguir existiendo en estado de deshonra.
La extrema gravedad de la difamación viene reconocida en el idioma griego, al designar a quien la perpetra con el nombre de “diábolos”: literalmente, el que interviene para distanciar y separar, desavenir, indisponer y por ende calumniar, denigrar, hacer a otro objeto de ira y desprecio. La Sagrada Escritura reconoce esta significación y personifica esta actividad perversa en el Diablo, Demonio o Satán. Su oficio favorito es difamar. Lo hace valiéndose de su táctica también favorita: mentir. Y la meta que persigue no es otra que la muerte de su difamado. Sabe bien que primero se mata la honra, y luego ya surgirá el que mate también el cuerpo.
El Estado tiene obligación constitucional de garantizar los bienes y derechos fundamentales de la persona humana, comenzando por la vida y la honra. Por eso existen el recurso de protección de la honra y los tipos penales de calumnia e injuria. A los medios de comunicación social, por su carácter invasivo y universal, les incumbe un especial deber ético de respetar la buena fama, dignidad y crédito de las personas. La ley que regula la televisión se lo exige expresamente y ha establecido un Consejo para fiscalizar y penalizar las infracciones a ese deber de respeto.
El domingo 14, un autodenominado “Canal de Chile” reprodujo y promovió, en horario y entre aplausos de farándula, un espacio de “difamadores” recogido de Youtube. Había recibido –se dijo– miles de visitas. Su núcleo central era exponer la figura de un destacado empresario y dirigente deportivo a la burla pública, caricaturizándolo como personaje de mafia, injustamente enriquecido, ávido de poder y funcional al Palacio de Gobierno; en desmedro, por cierto, de la voz, esperanzas y derechos del “pueblo”. Durante largos minutos, la televisión se usó para denostar una figura de la que no consta haya cometido falta o irregularidad alguna. Tres días más tarde, una multitud enardecida coreaba y enarbolaba consignas contra el “malo”. Si hubiera estado presente en el estadio, la agresión física no habría hecho más que consumar la previa eliminación moral. Si el Consejo no formula cargos, porque el “humor” lo excusa todo, concluiremos que difamar no sólo es gratuito, sino genera audiencia hilarante y lucro repugnante.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.Humanitas.cl.




