Verdadero amor por los homosexuales

David Morrison | Sección: Religión, Sociedad

Como hombre católico de tendencia homosexual, estoy profundamente agradecido a la Iglesia Católica por su posición ante la homosexualidad y los actos homosexuales. El catolicismo en una situación prácticamente única entre las iglesias cristianas, rehúsa tratar condescendientemente a los homosexuales con un evangelio aguado o brutalizarlos con un mensaje de perpetua hostilidad. La Iglesia Católica me ama a mí y a todos los hombres y mujeres como yo que viven como homosexuales. Nos mira como los adultos que somos y dice que también nosotros podemos cooperar con el Espíritu Santo para santificar nuestras vidas y “acercarnos a la perfección cristiana” (CCC 2359). Nos llama confiadamente a la santidad y al camino angosto que nos llevará a ella.

No fue fácil para mí reconocer el valor de esta enseñanza. Desde la edad de 21 años hasta los 28, viví como un activista gay, aceptando y predicando el mensaje que la comunidad gay ofrece hoy día: “La homosexualidad activa, en tanto que practicada con ‘seguridad’ y ‘compromiso,’ no es peor que la actividad heterosexual según las mismas pautas”. La enseñanza escriturística y cualquier otra enseñanza moral que afirme otra cosa está simplemente obsoleta y sus autores son probablemente ‘homófobos’. Nadie, y menos que nadie, una iglesia, tenía derecho a decirme cómo vivir mi vida,” y por lo tanto, me apresuré a acumular las cosas que conforman una vida gay ‘exitosa.’ Me uní a un amante para una relación de largo plazo, compré un condón, entré en la vía rápida en el trabajo y tomaba vacaciones en balnearios gay. Mis amigos eran gays, mi pareja era gay, mi lugar de trabajo era amistoso para los gays y mi vida parecía llena de juventud y placer.

Pero yo no era feliz. Mi corazón se agitaba inquieto, como se había agitado el de san Agustín, y cada nuevo placer que buscaba solo me traía angustias más agudas. Después de poseer tanto de lo que el mundo gay daba por sentado, me di cuenta de que no era suficiente.

A comienzos de la primavera, en mi vigésimo octavo año de vida,  yo volví mi vida a Cristo y empecé a explorar lo que significaba tomar mi cruz. Esa exploración me llevó, a empujones, a la fe católica, en la que he vivido, agradecidamente, desde entonces.

La enseñanza de la Iglesia sobre la orientación sexual y la castidad han sido los dos grandes liberadores en mi viaje, y es adecuado ahondar sobre el tema. Gran parte de la calidad de única de la enseñanza sobre la orientación sexual brota de la ausencia del determinismo que caracteriza a tantas otras posiciones. Los hombres y mujeres con una orientación homosexual no son automáticamente candidatos ni al enaltecimiento (sobre la base de ser “oprimidos”) ni a la condenación (debida a su condición inherente de pecado). Al igual que todos los demás, ellos pueden elegir el bien o el mal.

Esta es una enseñanza llena de respeto; nos reconoce como hijos de Dios y no como meras bestias sometidas al mero instinto. La posición, que no necesita de mucha argumentación, de la Iglesia, en el sentido de que los homosexuales están llamados a la castidad, contribuye a la expresión única de gracia de esta enseñanza, debido a lo que enseña sobre el amor. Decimos que “amamos” la comida, que “amamos” a nuestras mascotas, que “amamos” la vida al aire libre, que “amamos” a nuestros padres e hijos, que “amamos” a nuestro cónyuge. Pero muchas veces no es a ellos a los que amamos, sino a lo ellos pueden hacer por nosotros.

Amamos el alimento porque no produce placer, a las mascotas porque nos proporcionan compañía, a la naturaleza por su belleza. Y a menudo ponemos condiciones al amor por nuestros padres, por nuestros hijos y por nuestros cónyuges, y lo matizamos de nuestro propio interés, especialmente si una pareja a introducido los anticonceptivos artificiales en su vida marital. Esto está claro para mí en el contraste entre la vida antes de comprometerme con la castidad y mi vida posterior.

Cuando yo era homosexualmente activo, algunas veces con mi pareja llamábamos a nuestros actos sexuales “hacer el amor”, pero no era tanto amor como utilidad. Cada uno hacía del otro, con su consentimiento, un medio para un fin. Pero eso no es amor, y contrasta agudamente con mi experiencia después de comprometerme con la castidad.

Todos nosotros deseamos y merecemos ser aceptados en un nivel emocional profundo por lo que somos, y no porque podemos satisfacer las necesidades de otro: Paradojalmente, esta clase de compromiso emocional es la que más sufre cuando el sexo se convierte en parte de la amistad.

Hay momentos en que el amor casto puede ser difícil, pero lo mismo pasa con toda la vida vivida en la verdad. Yo doy gracias a Dios de que la Iglesia Católica comprenda esto lo suficientemente bien como para enseñarlo, y estoy agradecido de una organización llamada “Valentía” [Courage], que existe para ayudar a los homosexuales a vivir esta enseñanza. Durante el curso de mis años en Valentía he hecho más amistades y más profundas que las que jamás hice durante todo el tiempo en que fui activamente gay, y estoy convencido de que el testimonio de Valentía ayudará a nuestra cultura a llegar a una comprensión más profunda de la verdadera naturaleza del amor.