La tolerancia no es una virtud moral
Miguel Antonio Espino Perigault | Sección: Sociedad
Algunas corrientes de pensamiento relacionadas con los movimientos de los derechos humanos de los homosexuales, presentan a la tolerancia como una virtud moral y un ideal humano supremo, cuya práctica es recomendada como condición y fundamento de la paz y la convivencia sociales. El diccionario nos aclara que se trata de “respetar a las ideas, creencias y prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. En un comentario sobre el tema, un estudioso de la materia, el “analista criminal”, Franklin Hernández, amplió por su cuenta el alcance de la definición del diccionario y, a renglón seguido de la breve definición oficial añadió que “(tolerancia) es la actitud que una persona tiene respecto a aquella que es diferente a sus valores” (“Alcance ese nivel de tolerancia”/ La Prensa, 04-07-10). El diccionario, sin embargo, no se refiere a persona alguna “diferente”, como se emplea en el lenguaje de género. Añade el comentarista que tolerancia “es la capacidad de escuchar y aceptar a los demás, comprendiendo el valor de las distintas formas de entender la vida”. Es esta una definición temeraria si tomamos en cuenta que “la forma de entender la vida” de un delincuente es diferente a la gente normal. Los homosexuales, por su parte, no solamente se consideran “diferentes”, sino que demandan a la sociedad que su caprichosa forma de entender la vida sea tolerada y merecedora de derechos especiales, aunque se cause daño o perjuicios a los demás.
El diccionario de la RAE añade que tolerancia significa “sufrir, llevar con paciencia”, y “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”. También significa; “resistir, soportar, especialmente un alimento o una medicina”.
La tolerancia es, siempre, una postura frente a un mal. La tolerancia pone a prueba, usualmente, nuestros conocimientos del Libro de Carreño, sobre la buena educación en el trato de las personas. Pero, la tolerancia es, siempre, una molestia, y el nivel de aceptación está relacionado con el asunto a tolerar.
Entonces, ¿el intolerante es la persona “capaz de cometer cualquier acción o conducta que vaya en contra de la moral o buenas costumbres de la sociedad”? como dice el autor citado, obviamente comprometido con la ideología de género. No hay duda alguna que esa temida “cualquier acción o conducta que vaya contra la moral o buenas costumbres”, realizada por personas ofendidas, puede estar bien merecida, y no necesariamente representar un delito. O sea que quien defienda el honor ultrajado de su esposa, ¿es un intolerante?
Me parece que así como hay tolerancias y tolerancias, hay también intolerancias e intolerancias. Quizá quien eleva la tolerancia a niveles de virtud suprema, ¿toleraría que a un hijo suyo lo trate de pervertir un amigo, un maestro o un vecino? Los defensores de la tolerancia absoluta, ¿tolerarían a un pedófilo, o a un corruptor de menores, en nombre de los derechos humanos y la paz social? La violencia familiar no debe ser tolerada ni por las víctimas ni por la sociedad. ¿Hasta qué grado –si lo hay– puede tolerarse la delincuencia? Frente a la ola de violencia en la sociedad en numerosos países, ¿acaso no se aplaudió la consigna de “tolerancia cero”? La opinión pública y la sociedad civil deben mantenerse alertas frente a estas manipulaciones del lenguaje revestidas de engañosos mensajes que ocultan perversas intenciones en nombre de la tolerancia, erigida, ésta, en virtud suprema de la conducta humana, según la cartilla dogmática del laicismo global, impulsado por la ONU y que amenaza a la civilización de raíces cristianas.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Análisis Digital, www.analisisdigital.com.




