La era del sentimiento

Jorge Peña Vial | Sección: Sociedad

Si bien es el hombre quien actúa a través de la razón, la voluntad y los afectos, la preponderancia que se le otorga a cada facultad puede variar a lo largo del tiempo. Tras la ambiciosa y fracasada tentativa intelectual emprendida por Hegel se produjo un cierto descrédito de la razón. A su vez, la proclama de Marx, “ya basta de contemplar el mundo, es necesario transformarlo”, o el grito del Fausto de Goethe “En el principio era la acción”, condujo a un voluntarismo revolucionario y transformador. Sin embargo el sueño revolucionario de la utopía socialista desembocó en la peor y más cruel de las pesadillas totalitarias. La confianza en la voluntad y sus ímpetus transformadores quedó seriamente cuestionada. Las grandes palabras ilustradas Razón, Ciencia, Revolución, Progreso, ahora las decimos y escribimos con vergonzantes minúsculas. Quizás ha sido este fracaso sucesivo tanto de la razón como de la voluntad lo que ha conducido hoy a un desbordamiento de la afectividad. Lo afectivo empapa y permea de modo omnipresente las mentalidades y las actitudes vitales. Se trata de una afectividad ya no guiada por los criterios de lo verdadero y de lo bueno, sino que ella misma es el criterio tanto de lo uno como de lo otro, incurriendo no pocas veces es un emotivismo desbocado que a lo más admitirá cierta tutela de índole estética. El político ya no necesita argumentar con rigor ni tener un discurso coherente, basta con que despierte simpatía afectiva en su auditorio. El líder actual ya no necesita leer demasiado ni pensar mucho, basta que suscite corrientes de empatía y sea ingenioso para cautivar, distraer y aparentar. Ya no maneja ideas para convencer, sino procedimientos para agradar.

La emoción hace las veces de la evidencia y cuanto más intenso es su impacto más fuerte es la certeza de la “verdad” experimentada. Lo espontáneo es el nuevo nombre de lo natural y auténtico y lo que carece de espontaneidad es falso e hipócrita. Lo voluntario es rígido, autoritario y moralizante. Ya no se trata de educar hábitos, fomentar virtudes intelectuales o morales sino que todo el secreto está en motivar. No es que el niño sea perezoso, es que el profesor y sus padres no han sabido “motivarlo”. El amor se ve reducido a un mero sentimiento eufórico y entusiasmante, que una vez que se mitigue, no cabe dudar de que ha desaparecido. No es una decisión de “querer quererte”, un acto libre y reflexivo de la voluntad sino el estar transportado y fascinado por la persona que se ama. Lógicamente, como todo sentimiento, ese sentimiento extático y cautivante no tiene visos de perdurar en el tiempo ni es capaz de orientar una conducta. Los comportamientos, sobre todo de los jóvenes, se han tornando cada vez más impulsivos y por tanto erráticos y cambiantes. Y si la Iglesia recurre a los rocosos y duros datos proporcionados por la psicología y la sociología empírica, inmediatamente se desencadena un plañidero coro de reacciones sentimentales, por su frialdad, dureza, y falta de compasión. Tanto la sociología como la psicología deben desistir de sus investigaciones o al menos silenciarlas para no herir a esos individuos vulnerables que pueden verse afectados por los datos tan duros que acaecen en la sociedad. Habrá que decir, pero sólo en voz muy baja –¡no se vayan a herir!– que el Sida se contagia con más facilidad entre homosexuales y los promiscuos. El adagio popular “Dios perdona siempre, los hombres algunas veces, la naturaleza nunca”, es más sabio que toda esta patraña sentimental y proliferación de mórbida compasión.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el diario El Mercurio