¿Debatir sobre el aborto?
José Luis Widow Lira | Sección: Política, Sociedad
El candidato Frei ha señalado que todos los temas pueden debatirse. Esto a propósito de su disposición a que se discuta públicamente sobre la conveniencia o no de legislar sobre la permisión del aborto terapéutico. Más allá de que estén de acuerdo con él en el asunto relativo al aborto, ha habido otras muchas personas y, por supuesto, editoriales de algunos medios de prensa, que se han apurado en confirmar el derecho que tiene cualquier persona a debatir cualquier tema. Es parte de la salud del régimen democrático, se indica.
Son pocas las voces que han negado la conveniencia de tal cosa. Me parece que en los dimes y diretes falta una distinción que es importante. Creo que hay que distinguir entre dos tipos de debate. Uno es el teórico, cuyo fin es hallar la verdad sobre aquello que se estudia, según las posibilidades del entendimiento humano. Éste, por limitado y precario que sea, siendo verdadero entendimiento, es capaz de conocer la verdad. A ella tiene que abocarse. En su conocimiento está en una medida importante la vocación humana. En esa verdad está la perfección o felicidad humana. Por eso, mientras el hombre debiera entregarse a su investigación con toda su fuerza, las sociedades, por su lado, debieran, no sólo proteger, sino también promover tal actividad. Como la investigación y develamiento de la verdad se desarrollan y alcanzan mucho mejor dialógicamente, la discusión o el debate es sano y necesario. Aun más, considerando que el fin es conocer la verdad teórica acerca de algo, me parece que no debiera haber límites para él. Habrá que ordenarlo, por supuesto, para que alcance su fin propio, pero no limitarlo en cuanto a su objeto: toda realidad es interesante de conocer. En este contexto, cualquier hipótesis o tesis puede y debe ser sometida al examen de la razón. Tan importante es esto que incluso Occidente creó la institución para ello: la universidad. Los medievales, que no dejaron nada sin discutir, fueron, precisamente, sus creadores.
Cuando la materia del debate corresponda a una realidad práctica o moral, como es el caso de la conveniencia o no de que una ley permita el aborto terapéutico, conocer la verdad acerca de ella implicará desentrañar las causas o razones de su bondad o maldad. Hay que saber por qué una acción es buena y por qué otra es mala. Así entonces, cuando éste es el espíritu de la investigación, de la discusión o del debate –sea que se realice o no con la disciplina y rigor de la academia– es muy sano que se haga. En este contexto, entonces, es bueno y conveniente que se debata sobre el aborto terapéutico.
El asunto está en que discutir de esta manera supone una duda metódica, pero no vital, en el sentido de que implique vacilación práctica frente al valor de la vida. Es la inteligencia la que entra en crisis, pero no la vida total de la persona. Hay ciertas verdades, ciertos bienes o principios que práctica o vitalmente siguen establemente asentados en la vida y por eso ésta puede seguir transcurriendo con normalidad. Pongamos un ejemplo: si yo quiero entender la naturaleza del vínculo matrimonial me voy a topar con la cuestión de la indisolubilidad. Un examen honrado y prolijo debiera comprender todas las razones en pro y en contra de tal carácter. Pero esa consideración no va a significar que mientras me encuentre investigando vaya a dudar prácticamente del carácter de mi matrimonio con mi señora y, por lo tanto, a sentirme libre de del lazo que me une a ella.
Se podría objetar que una consideración así no es sincera y que parte de algunos prejuicios: el tema está zanjado antes comenzar la consideración intelectual. Pero no es así: existen no uno, sino muchos temas en los que la conclusión es casi de evidencia inmediata, sobre todo cuando ésta es práctica y se refiere a bienes principales de la vida humana, pero ello no excluye la conveniencia de que también teóricamente se asiente su verdad. Es el caso por ejemplo, del respeto a la vida el vecino o del conciudadano. Pareciera ser de toda obviedad que nadie puede andar practicando tiro al blanco, con la sana intención de divertirse, con aquellos hombres que viven en su proximidad. Pero tal evidencia no suprime la necesidad de investigar teóricamente acerca de las razones por las que es bueno respetar la vida de los demás. Por supuesto, si hubiese una investigación cuya conclusión fuera en otro sentido del principio que iluminada lo que se venía actuando, lo honrado será cambiar la forma de actuar, pero no eso suele suceder cuando lo que está en juego es un bien respecto del cual es evidente e importante su bondad práctica.
El segundo tipo de debate es aquel en el que se pone en crisis una realidad, un bien, un principio ya no de un modo puramente teórico, sino práctico y vital. Un debate de este tipo implica poner en duda en la práctica, vitalmente, aquello sobre lo que se discute. Por eso, si lo que está en juego es un determinado bien, moral, jurídico o el que sea, es, por la misma discusión que hay sobre él, debilitado como bien. Y con esto empiezan las complicaciones.
Una sociedad no puede subsistir ni menos progresar si no tiene una serie de bienes principales bien asentados. Si esos bienes principales se ponen en duda y, por lo tanto, entran en crisis vital, entonces son el hombre mismo y la sociedad los que comienzan a vivir en crisis. En este sentido, una sociedad sana nunca pone en discusión todos los bienes sobre los que se funda. Y si llega a hacerlo, es señal, precisamente, de que ha perdido su salud. Siempre habrá en la vida social muchos bienes sobre los que discutir también prácticamente, pero no todos.
Si en Chile estuviéramos discutiendo si las personas de tal o cual raza son realmente humanas y tienen derechos ciudadanos, o si es o no un deber respetar al vecino, o si la propiedad sobre los bienes debe existir y lo estuviésemos haciendo de un modo tal que esos bienes, la humanidad y ciudadanía de unos, la honra e integridad de otros y la propiedad de todos estuviera en duda en la práctica, entonces sería Chile mismo el que está en crisis.
Demás está decir que cuando ciertos bienes principales son llevados al debate público en orden a que sobre ellos se legisle protegiéndolos o desprotegiéndolos, se les instaló directamente en el mundo práctico y, en consecuencia, por el sólo hecho que se discuta sobre ellos en ese contexto, esos bienes son debilitados en su calidad de principios del orden humano y social. Debatir de esta manera sobre ciertos bienes implica, aunque no se desee, un daño a la vida humana y la sociedad.
Por eso es que cuando se quiere debilitar un bien establemente asentado en la vida social, el mecanismo es someterlo a debate. Debatir sobre el aborto terapéutico es debilitar ese bien principalísimo que es la vida humana y en particular de un niño inocente, más allá de cualquier circunstancia trágica en la que le haya tocado padecer.
José Luis Widow




