Un país abortista
Justo Aznar | viernes 9 de julio de 2010
Nueva legislación podría propiciar que en España se provoquen al año unas 150.000 interrupciones voluntarias del embarazo.
Nueva legislación podría propiciar que en España se provoquen al año unas 150.000 interrupciones voluntarias del embarazo.
Que pudiendo y debiendo impedirlo, nuestro Gobierno consienta pasivamente en ser representado por una persona que sabidamente quiere todo lo contrario de lo que el Gobierno quiere, y en materia tan esencial como el derecho a la vida, es simplemente impresentable.
Uno de los índices más claros del nivel de vida cristiana en una sociedad occidental desarrollada tradicionalmente cristiana es la natalidad.
El no al aborto es un sí a la vida, al amor, a la alegría, a la paz, a la justicia.
La donación de espermas a largo plazo puede traer serios daños en el nacido, el cual crece sin la mitad de su identidad y con la curiosidad conocer a su ascendencia.
Esta pregunta ha de hacerse a los promotores de los programas anti-vida y anti-familia de la ONU y las organizaciones propulsoras de la cultura de la muerte en cada país.
Las actividades asistenciales, educativas o caritativas de cristianos comprometidos en lo social han de completarse con proyectos de libertad, que tiendan a salvaguardar los valores esenciales y primarios de la vida y de la familia.
El menor es visto casi como una mercancía, como un objeto que se puede comprar, vender, alquilar, crear o destruir a voluntad, e incluso como un peligro del que hay que defenderse a como dé lugar.
Una mancha grasienta que se ha extendido con más rapidez que el reciente escape de petróleo en el golfo de México, provocando una catástrofe ecológica de proporciones gigantescas, es el hedonismo.
La televisión inglesa, por primera vez, comenzó a transmitir un anuncio publicitario que invita a abortar.