Discordia y mediocridad
Juan Manuel de Prada | sábado 11 de noviembre de 2017
Allí donde prevalece la discordia, allí donde la contradicción es constante, allá donde no hay caridad ni comprensión, es natural que acabe enseñoreándose el odio.
Allí donde prevalece la discordia, allí donde la contradicción es constante, allá donde no hay caridad ni comprensión, es natural que acabe enseñoreándose el odio.
Pensar que un sistema de “vientres de alquiler” puede funcionar de manera altruista no deja de ser un ejercicio de angelismo o de hipocresía.
Religiosos y conservadores unos, liberales o ateos los otros, todos tienen una misma respuesta para el que les “ofende”: la anulación. Son malos días para las neuronas.
¿Alguien puede seguir hablando de montajes cuando los mismos integrantes de estos grupos reconocen públicamente los atentados?
No cabe duda que ambos son capaces de conseguir en sus respectivos eventuales gobiernos que los índices económicos y sociales alcancen niveles de los países considerados desarrollados.
Los actuales “derechos humanos” han sido monopolizados por organismos internacionales que pretenden imponerlos en nuestros países.
Pretender que un anhelo que no se considera criminal no pueda sin embargo concretarse en instituciones es por completo desquiciado.
Si hubiera un PISA que midiera las habilidades de los adolescentes para evitar los riesgos del alcohol y las drogas, Islandia estaría a la cabeza.
El Ejecutivo español actuó, con tardanza, frente a apenas uno de los efectos de un problema institucional descomunal: la insalvable contradicción entre “nación” y “nacionalidades”.
El despojamiento de las notas esenciales del matrimonio civil ha conducido en Holanda a un resultado lógico: la banalización de la ceremonia matrimonial.