Vestimenta

P. Raúl Hasbún | Sección: Sociedad

El ser humano utiliza el vestido para protegerse del frío o del calor, quedar menos expuesto a la agresión, realzar la propia figura, significar su determinado oficio o jerarquía y resguardar su privativa intimidad.

En todas las culturas y tradiciones se asigna gran importancia a la simbología del vestido. Es una de las maneras en que el individuo acredita su originalidad y da cuenta exterior de su ser interior. Numerosas liturgias de transmisión de mando, colación de un ministerio o tarea, iniciación en una confraternidad, asunción de un nuevo estado de vida encuentran en el vestido, manto, toga, uniforme, estola, cíngulo la credencial significativa de una transformación personal. Los claustros universitarios y colegiales conservan estas tradiciones, los magistrados de justicia respetan estas solemnidades, militares, policías, clérigos y monjas, médicos y enfermeras, pilotos de avión y auxiliares de vuelo, personal de aseo municipal, cuidadores de autos, empleados de multitiendas y supermercados, cajeros y agentes de banco conocen, respetan y se hacen conocer y respetar en virtud de esta ornamentación que acredita su pertenencia gremial y su dedicación al servicio del público. El jugador de fútbol recién contratado no se muestra firmando un papel sino invistiendo la camiseta de su nuevo club. El árbitro le amonestará si no la ordena adecuadamente debajo del pantalón, y le mostrará tarjeta amarilla si se despoja de ella para celebrar un gol. Hay fundamento para afirmar que la carga simbólica del vestido iguala o incluso supera a su utilidad como medio de resguardo.

El sentido común, más elementales consideraciones de respeto nos llevan a vestirnos cada vez según la ocasión. Al Teatro Municipal, a una boda, a una fiesta de graduación no se va como al asado de celebración tras una pichanga de barrio. En el templo, el celebrante se reviste con ornamentos indicativos del carácter sacro de la acción litúrgica; también los fieles ingresan con la conciencia de pisar tierra santa. Un sacerdote, testigo del Emmanuel (Dios con nosotros) no se desprende de sus hábitos para buscar o irradiar cercanía: su hábito es precisamente la credencial que respalda la confianza de quien se le acerca. Y quien ha aceptado servir al Estado como funcionario público sabrá encontrar el modo de expresar y resguardar, en su modo de vestir, el austero respeto que él siente por los demás y espera que los demás tengan hacia él. Jesucristo ideó una parábola en que el Rey ordena expulsar y castigar al desubicado que ingresó al banquete real sin vestirse apropiadamente.

Ni las minutas que sugieren castidad son absurdas, ni los instructivos para vestirse bien son tonterías. La necedad está en ridiculizar y desautorizar a los que abogan por la decencia humana y el decoro de los servidores públicos.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.