La cobardía

Pablo G. Maillet A. | Sección: Política

07-foto-1-autorLa cobardía a la que asistimos hoy, se ha convertido no sólo en un vicio de la fortaleza, sino que de las cuatro virtudes cardinales y de las tres teologales. Porque la cobardía, de algún modo, es la negación de la virtud. La palabra virtud tiene su origen precisamente en la fuerza necesaria para ser virtuoso. La cobardía impide la vida virtuosa.

Estamos presenciando, en nuestra Patria y en el plano político, la más grande cobardía de todos los tiempos, porque los candidatos aparecen envalentonados con los temas en que la mayoría está de acuerdo, pero cuando son las minorías las que se oponen, no son capaces de enfrentar, con prudencia y caridad, pero con verdad y fortaleza, esos que han llamado “grandes temas valóricos”. Y claro, atreverse, y mostrar rostro cuando contamos con el amén de toda la chusma, es hacer lo que decía Montaigne: “el cobarde sólo amenaza cuando está a salvo”.

La cobardía es un mal. Porque es un desorden: el bien para el ser humano implica siempre un orden, y viceversa, el mal un desorden. Este desorden se da en que la acción no se somete a lo que dictamina la razón, sino que son los apetitos carnales, las vísceras, las que dominan al hombre en su acción moral o política. Cuando la persona huye de las cosas que tiene que evitar hay un bien ahí, pero si huye de las que debe enfrentar, hay un mal, estamos frente a un cobarde. Lo mismo sucede cuando la razón dictamina que hay un mal pero que se debe encarar, pero la persona no lo encara, porque no lo resiste, es más fuerte su pasión que su razón, entonces, estamos también ante un cobarde.

Detengámonos a pensar la cobardía sólo cuando se da en dos virtudes solamente: la fe y la prudencia.

Cuando la cobardía se presenta en la práctica de la fe, puede llegar, según sus grados, desde la simple ‘infidelidad’ a una norma, que consiste en ser ‘poco fiel’, traicionar en un punto o dos, y que no sean tan graves. Se va pasando también por la ‘acidia’, palabra poco utilizada hoy en día –por ser poco conocida, no porque le falte concreción… le sobra– y que significa la desazón para hacer las cosas buenas, o hacerlas de ‘mala gana’ como decimos en buen chileno. Dante Alighieri sabía muy bien lo nefasta que es la acidia en la acción política, por eso en los círculos más ulteriores del infierno estaban los religiosos y religiosas que habían pecado con la acidia, aquellos que fueron lentos y pesados para el cumplimiento del bien.

07-foto-2La cobardía religiosa puede llegar, en su extremo, hasta la misma ‘apostasía’, que es cierto retroceso de Dios, ya sea de Él mismo, de la Doctrina (Mandamientos) o de las obras buenas no realizadas. Es fácil calcular qué grado de cobardía conlleva quien retrocede ante los tres modos.

En cualquier caso, el objeto de la cobardía es siempre un amor más grande o apego desordenado, a bienes aparentes, o bienes menores. Ya lo dijo con mucha claridad León XIII en Sapientiae Christianae:

“Cuando la necesidad lo exige, la defensa de la Fe no es obligación exclusiva de los que mandan, sino también como dice Santo Tomás, todos y cada uno están obligados a manifestar públicamente su Fe, sea para instruir y confirmar a los demás fieles, sea para reprimir la audacia de los infieles. Apartarse frente al enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamor para oprimir la Verdad, es actitud propia de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan. En ambos casos esta conducta es en sí misma vergonzosa y además de lo más injuriosa para con Dios. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del bien común, y provechosa únicamente para los enemigos del Cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos.”

Ahora bien, cuando la cobardía se presenta en la prudencia política, puede responder a las tres clásicas actitudes falsamente parecidas: prudencia carnal (que es la habilidad para encontrar los mejores medios para un fin carnal), la astucia (habilidad para obtener un fin bueno en sí, pero no de ese modo o en ese momento, en definitiva una maña o capricho) y la prudencia mundana (que es la habilidad de estar siempre a la moda o siguiendo y contentando a las mayorías).

La cobardía política consiste en retroceder, en forma análoga a lo que sucede con la fe, según las tres habilidades antes mencionadas. Y lo mismo que se dijo en relación a la fe, ocurre acá: se puede imaginar qué grado de cobardes tenemos cuando se retrocede por una prudencia carnal: miedo a ser rechazado o a no recibir honores de la mayoría (el voto); por la astucia: que se ha convertido hoy en una especie de virtud con la que nuestros políticos se acomodan para hacer exactamente lo contrario que corresponde a un político: dirigir a sus representados hacia el Bien Común, conduciéndolos, mediante engaños o estratagemas para hacer lo que él o su partido consideran bueno. Y, por último, cuando actúan con prudencia mundana, la que queda absolutamente en evidencia cuando los políticos toman sus puestos, y, desde ahí, se dedican a oír lo que el ‘público’ abuchea y pide.

La ya clásica definición de prudencia (recta razón de lo agible), nos presenta inmediatamente el perfil del político cobarde.

07-foto-31) Su intención nunca es recta. Busca siempre intenciones segundas, nunca aclaradas, ni transparentes, ¿por qué? Porque con total certeza esconde detrás de sus intenciones, algún mal. O para no pensar mal siempre, podemos decir que esconde un bien, entonces ¿por qué teme? Porque probablemente ese bien al que tiende su acción no es un Bien Común, sino un bien individual, que sirve sólo a él, pero que si lo expresa, quedará sin apoyo por carecer de interés público. Esto es lo que pasa de modo clarísimo en nuestros candidatos políticos, todos.

2) Lo ‘agible’ es lo factible, aquellas cosas que se pueden y deben hacer. El cobarde nunca visualiza lo agible en relación a un bien difícil de alcanzar. Para él lo agible es siempre una meta mediocre, fácil de alcanzar, y por eso puede desear incluso un bien, pero un bien muy fácil de lograr. Pero como nadie quiere ser cobarde, disfraza su actuar a través de engaños, para aparentar que ese bien –que en realidad es muy fácil de alcanzar– es tremendamente difícil de obtener. El cobarde tampoco considera el deber, entendido este como lo que ordena el conocimiento de los primeros principios de la naturaleza humana y su posterior defensa. En esto hay un deber. Cuando uno conoce lo que debe hacer, lo hace. Pero para poder hacerlo, debe atreverse, porque muchas veces se encuentra uno con obstáculos. También puede suceder que el cobarde en realidad no sea cobarde, sino ignorante, o ‘stultus’ y que no sea capaz o ni haya deseado conocer los principios naturales que rigen la acción, en cuyo caso tendríamos ya que hablar de otro mal, cosa que también está presente en nuestros tiempos.