La majadería del relato
Juan Ignacio Brito | Sección: Política
Tras la Cuenta Pública presidencial vuelven a alzarse voces que cuestionan la ausencia de un relato que oriente y apuntale la gestión de José Antonio Kast. Sin esa guía inspiradora, señalan los críticos, lo que queda es la rasante simpleza de los hechos.
El protagonismo inevitable de la gran narrativa es uno de esos truismos que hoy se aceptan sin chistar. Los oráculos presentan una verdad revelada que nadie se atreve a interpelar: parece que sin relato no hay política y sanseacabó.
Vale la pena, sin embargo, cuestionar la premisa. Porque resulta obvio que no hay política sin ideas ni palabras que las expresen, pero de ello no se desprende necesariamente que la presencia de una gran narrativa sea imprescindible. Hay un paso largo entre ambos postulados.
Los que sostienen la indispensabilidad del relato parecen desconfiar de la espontaneidad y la intuición que caracterizan al liderazgo político. Creen, por el contrario, que gobernar exige un libreto preconcebido que pautee, ojalá hasta el detalle, neutralice la incertidumbre y provea un discurso coherente y unificador.
Resulta tentador creer que algo así es posible. Pero constituye una paradoja que la misma razón que esgrimen los defensores del relato sea, a la vez, el mejor argumento para cuestionar su validez: la realidad está llena de imprevistos y es más compleja que los diseños preconcebidos y omnisapientes. Es cierto que la historia muestra el éxito de algunos grandes relatos (no siempre para el bienestar de la humanidad), pero también lo es que hoy son cada vez más escasos y difíciles de producir. De hecho, las últimas propuestas con relato que hemos conocido han chocado de frente contra los porfiados hechos. Contra lo que suele creerse, la complejidad política se enfrenta mejor con conocimiento amplio y prudencia que con planificación y técnica ultraespecializada.
No se trata, por supuesto, de elogiar la pura improvisación. Eso sería tan absurdo como su opuesto. Más bien de ser modestos. Una actitud humilde supone contar con ideas y directrices que reubiquen la prudencia en el lugar que jamás debió perder en la política.
La tecnificación ha hecho de la planificación una actividad central de la política. Pero la planificación no es —ni nunca ha sido— la virtud clave de esta. Ese lugar lo ocupa la prudencia, que identifica la realidad para luego discernir y actuar de acuerdo con ella, sin obnubilarse con diseños que ignoran los hechos.
Un sano pragmatismo recomienda anclar la actuación política en ideas amplias que dejen espacio al ejercicio de la prudencia y no aherrojen a los tomadores de decisiones en fórmulas que en el pizarrón tienen todas las respuestas, pero que proveen pocas en la realidad.
Lo cual nos lleva de vuelta a Kast y su Cuenta Pública. No puede decirse que la alocución presidencial haya carecido de ideas como orden, autoridad, servicio, austeridad, responsabilidad, familia y prosperidad. Son conceptos amplios que resuenan con claridad en el Chile de hoy y ahora, y cuyo talante conservador irrita a liberales y progresistas. En lugar de un gran relato centralmente planificado, Kast parece confiar en un no-modelo desprovisto de una alambicada narrativa estructurante, pero que incluye conceptos suficientemente claros como para iluminar la acción política de su equipo. El propósito es confiar menos en el relato y más en las intuiciones y capacidades de un personal comprometido cuya labor es traducir un ideario simple en medidas concretas.
Hasta ahora, el resultado es mixto, con puntos altos y bajos. Pero, ante el fracaso de administraciones previas que confiaron en grandes relatos llenos de voluntarismo y terminaron estrelladas, puede ser recomendable darle al actual gobierno el beneficio de la duda y permitir que despliegue su plan sin exigirle algo que no tiene ni tiene por qué tener.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio el domingo 7 de junio de 2026.




