Con los pies en la tierra
José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Política, Sociedad
Esta semana se reunió el Presidente electo con los miembros de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales del Instituto de Chile. El almuerzo podría haber pasado desapercibido, como una más de las reuniones protocolares que ha tenido José Antonio Kast con diversas instituciones y mandatarios desde que ganó la elección –y antes de eso–. Sin embargo, uno de los miembros de número de la Academia, el rector de la Universidad Diego Portales, columnista e intelectual Carlos Peña escribió una ácida columna en la que elabora un perfil casi psicológico del Presidente electo.
“Ni siquiera la sobria solemnidad que Jaime Antúnez suele imprimir a los actos de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales fue capaz de impedir la extraña domesticidad del encuentro”. Así resumía la instancia el abogado, sociólogo y doctor en filosofía. “El invitado era el Presidente electo y las preguntas, como corresponde a académicos que se esmeran en estar a la altura de tales, fueron sesudas o importantes”, continuó el rector columnista.
“Pero ninguna de esas preguntas desató una reflexión conceptual, antecedida de silencios espesos y meditabundos, como la que habría hecho Ricardo Lagos; ni fue pretexto para mostrar soltura en el manejo de los datos y las cifras, con ánimo competitivo como habría ocurrido con Sebastián Piñera; ni dio ocasión para exponer, con habilidad retórica y trazos de poesía, las transformaciones estructurales que el país demandaba, como lo habría hecho a la menor provocación el Presidente Gabriel Boric; ni tampoco hubo un despliegue de experiencia y empatía, salpicada con bromas, como solía hacerlo la Presidenta Bachelet”, profundizó Peña.
Al contrario, “sentado a la mesa, acompañado de su cónyuge, el Presidente electo parecía un vecino ante todo orientado a su vida familiar. Al hablar no desplegaba un personaje salvo a sí mismo, mientras comentaba su propia experiencia personal y familiar y la extendía, sin mediación teórica, a los problemas públicos. ¿Qué ocurre en tal o cual dimensión de la vida colectiva? Nada distinto, solía decir, a lo que ocurre a alguien que ha criado nueve hijos, alguien que ha vivido la economía doméstica o ha sido concejal, cosas así. La esfera pública como una extensión del hogar o de la propia experiencia: la alergia a la más mínima abstracción”.
La columna me recordó una escena de la serie Versailles, que ha pasado a la cultura popular como un meme que resume muy bien la actitud de Peña en esta columna. Se trata de un grupo de nobles franceses –entre ellos el rey Luis XIV– mirando al pueblo desde el balcón, con ademán de desprecio de la chusma, incapaz de alcanzar los ribetes celestiales de la aristocracia gala.
Para Carlos Peña el Presidente electo es tan pedestre que es incapaz de acceder a las “sesudas” reflexiones de sus predecesores, reservadas únicamente a los “sabios y prudentes”, como diría Santo Tomás. Junto con ese perfil, Peña elucubra toda una fundamentación teórica de la aproximación en su opinión errada a los problemas públicos de José Antonio Kast: la política como una prolongación de la casa y no una cosa separada de ella.
Como todo en la vida, las cosas tienen matices, y aunque los clásicos valoraban más la vida pública que la privada –cuya línea fronteriza era justamente la familia–, la sociedad siempre fue considerada un conjunto de familias y no de individuos asociados por convención. Al mismo tiempo, distinguían entre la theoria, la praxis y la poiesis como tres ámbitos distintos del conocimiento. Como hombre culto que es, Peña debería saber que Aristóteles consideraba que la política es parte de la praxis y no de la theoria. Y en ese sentido, en la perspectiva aristotélica –a la que el mismo Peña alude en su columna– el demos kratos se parece más al gobierno de la casa –la oikonomía– que al trabajo del filósofo.
Por eso, exigirle al Presidente que sepa desarrollar “sesudas” reflexiones, ya sea por ser “conceptuales”, por su “manejo de los datos y las cifras”, o por ser plenas de “habilidad retórica y trazos de poesía”, es no comprender en qué consiste la acción política. De esta manera, saber gobernar, como saber obrar, requiere un desarrollo de virtudes, especialmente de la phrónesis, la virtud arquitectónica del obrar humano, y no de la reflexión intelectual, que puede aportar pero no es consubstancial a la naturaleza del cargo.
Como sostuvo el también miembro numerario de la Academia, José Joaquín Ugarte, “En las intervenciones del Presidente electo pudimos apreciar su insobornable apego a la realidad nacional, estudiada por él desde los más diversos puntos de vista, a la par que la macicez y originalidad de sus conceptos y soluciones”; mientras que “La académica doña Patricia Matte lo instó a seguir siempre recorriendo el país, como lo ha hecho hasta ahora, como única manera eficaz de conocer lo que en cada caso se necesita”. En resumen, “Sentimos necesidad de testimoniar nuestra admiración ante esa manera de asumir la actividad política, y nuestra gratitud ante la abnegación que ella supone”.




