Juan Antonio Widow: Maestro Generoso, Perseverante y Silencioso
Álvaro Pezoa Bissières | Sección: Arte y Cultura, Educación, Historia, Política, Religión, Sociedad, Vida
Conocí personalmente a don Juan Antonio en marzo de 1980, siendo alumno de cuarto año de la Escuela de Negocios de Valparaíso (ENV), Fundación Adolfo Ibáñez (FAI), cuando llegó a impartir, por segundo año consecutivo, el curso de Orden Social.
En honor a la verdad antes de su irrupción en mi vida como profesor ya tenía yo algún recuerdo viñamarino de su figura, incluso previo a que lograra asociar su estampa con su nombre. La memoria más nítida que guardo al respecto es la de una “renoleta” (Renault 4) celeste, algo descolorida en que, junto a su resaltante estatura situada en el puesto de conductor, llamaba poderosamente la atención una colección de niños apretujados e inquietos. Esta remembranza algo trivial anunciaba uno de los rasgos salientes en la vida del profesor Widow Antoncich: era un hombre de familia, y numerosa, además.
Vuelvo ahora a esa primera clase, realizada casi con seguridad cuando promediaba aquel mes de marzo. Ante un grupo de jóvenes expectantes, apareció la imponente figura de don Juan Antonio en la puerta, rostro serio –casi adusto–, vestimenta sobria, un maletín igualmente austero en su mano, silencio sepulcral cortado por su saludo y la inmediata invitación a ponerse de pie para rezar la oración por los estudios –de Santo Tomás de Aquino, por supuesto– para encomendar los frutos de la sesión de clases por venir. ¡Impactante! Resultaba ser también un hombre de profunda Fe que, además, no dudaba en dar público testimonio de sus creencias cristianas, católicas. ¡Que “políticamente incorrecto” para nuestros días!
Su clase, y todas las que seguirían, brillaron por el rigor intelectual, la precisión en el uso del lenguaje y la profundidad de las enseñanzas. Su trabajo siempre descolló por la humana perfección con que fue hecho. Hasta hoy es posible encontrarse con ex alumnos de la “Adolfo Ibáñez” que, puestos a hacer recuerdos, se explayarán en la forma como quedaron grabadas a fuego esas magníficas lecciones que, sea dicho de paso, a tantos nos ayudó a ordenar nuestras mentes y a no pocos sus vidas. Preocupado de formar a sus alumnos, presentaba ideas claras y veraces, bien estructuradas y expresadas con justeza conceptual, sin adornos inútiles ni palabras grandilocuentes. Sin aspavientos, don Juan Antonio resultó ser un educador exigente –sobre todo consigo mismo–, amante de la verdad filosófica y conocedor de la trascendencia de su difusión y pervivencia a través de las generaciones.
Tomado todo en su conjunto –porte, seriedad, conocimientos, forma de expresarse, silencios, mirada– transmitía autoridad y se hacía respetar naturalmente. Paulatinamente nos fuimos percatando de que, en su caso, el parecer hacía honor al ser: él era una ¡autoridad!, tanto en los campos científicos que cultivaba como en la relación que establecía con sus alumnos.
Con todo, Widow se nos antojaba demasiado callado, algo lejano e impenetrable. A más de alguien le causaba cierto temor, tal vez reverencial. Su personalidad introvertida y ensimismada –posiblemente propia de un filósofo–, colaboraba a reforzar tal impresión. Para quienes tuvimos la suerte de seguir cultivando con él una relación más profunda, el tiempo se encargaría de darnos más luces sobre su persona: un acentuado rasgo de timidez acompañaba su existencia. Junto a ella hubo en su carácter abundante virtud: la del vencimiento de sí mismo. Abrirse paso por la vida, con 10 hijos, estudiando, exponiendo y defendiendo ideas así lo requería. Y lo hizo muy bien.
Para quienes no lo conocieron, las alusiones precedentes podrían conducir a pensar que estamos probablemente frente a una persona desatendida de los asuntos cotidianos que aquejan a la sociedad que lo circunda. Nada más lejano de ello. La Universidad, en particular su querida Universidad Católica de Valparaíso y, especialmente, el Instituto de Filosofía de esa casa de estudios superiores, supo de sus desvelos en las horas más críticas y amargas: cuando la “reforma” universitaria de 1967 o el gobierno de la “Unidad Popular” (UP), por mencionar dos particularmente destacadas. La defensa de la institución y la misión universitarias lo cuentan entre sus adalides. ¿Y qué decir de la patria agredida –desde dentro y desde fuera– por el marxismo rampante durante los aciagos años de la UP? La Revista Tizona guarda celosamente el testimonio de su inteligente valentía cuando el destino de su amado Chile así se lo demandó.
Otro par de cualidades notables destacaron en don Juan Antonio. La primera, es que fue buen amigo y se preocupó siempre de los suyos. Encarnó vitalmente aquello que sentencia Aristóteles: la vida buena es la vida en la amistad. La segunda, que supo dejar huella, generó Escuela, legó discípulos, aun entre sus hijos. Amando la Verdad (así, con mayúsculas) y creciendo en sabiduría real fruto de su incesante y laboriosa búsqueda, comprendió que ésta únicamente posee sentido si se la transmite y se la deja depositada en otros que habrán de re-transmitirla y re-depositarla entre las siguientes generaciones, en una cadena, es de esperar, sin fin, al menos hasta que acaben los tiempos. Esto es lo propio y distintivo –como diría él mismo– del maestro, de quien valora la tradición que, difundida y renovada en el tiempo, es fuente de vida del espíritu de las personas y de los pueblos. Por ello, han sido también sus discípulos quienes concurrieron agradecidos a su última despedida, como prenda de afecto genuino, de cariño entrañable. Sabedores de que la deuda adquirida con el maestro es inconmensurable y, por lo mismo, impagable… ¡Dios lo haga por ellos!
Maestro generoso, perseverante y silencioso en la filosofía, gran educador y, al unísono, apostólico en la Fe. No podía ser de otra manera pues, como ha sido anticipado, lo suyo ha sido la Verdad. Don Juan Antonio dio ejemplo de Fe vivida, acercando a ella, con su conducta –y con su oración, me atrevo a aventurar– a muchos entre quienes le conocieron y trataron. Fue medio dócil en las manos de Dios para despertar auténticas conversiones personales.
Con los años pude constatar que, siempre en su estilo más bien parco, don Juan Antonio era afectuoso y acogedor. ¿Por qué no decirlo aquí con todas sus letras?: era cariñoso. Sus invitaciones, la donación desprendida de su tiempo, los gestos sencillos, su mirada cálida, supieron decir aquello que sus mutismos guardaban. Su casa estuvo siempre disponible para la larga familia cristiana que formó con la señora Conchita, su querida esposa, pero también permaneció abierta para los amigos y sus alumnos. Entre estos últimos, varios gozaron de la oportunidad invaluable de recibir periódicamente sus clases personales en un espacio apartado, e intencionalmente convertido en estudio-biblioteca, dentro de la morada familiar. En aquél se retiraba para encontrar la paz necesaria para la lectura, el estudio, la preparación de clases, conferencias, y la escritura.
Al redactar estas líneas, que no tienen más pretensión que retratar en algo, aunque sea de modo insuficiente y pálido, al Juan Antonio Widow Antoncich que tuve la suerte de conocer, no puedo dejar de pensar que le podrían resultar incómodas por su talante moderadamente laudatorio. Con todo, espero no defraudarlo en el afecto sincero y la gratitud sin fronteras que las animan.
Concluyo sin poder evitar que mi memoria traiga al presente el amplio reconocimiento a nuestro homenajeado que le oí a don Antonio Millán-Puelles, uno de los maestros del maestro, mientras conversábamos junto a un café en Pamplona. Tampoco que me venga a la mente aquella frase que le escuchara al Padre Osvaldo Lira: “Juan Antonio, mi discípulo, ha superado al maestro”; y, por cierto, se alegraba al decirlo. No estoy seguro de que don Juan Antonio aceptase que así fue. En cambio, pienso que tendría que convenir, aunque hiriese su humildad, que no resultará fácil a sus propios discípulos superar al querido maestro. La vara ha quedado muy alta. ¡Deo gratias!
Hasta siempre don Juan Antonio, llegó la hora del encuentro pleno con El Maestro. Así sea.
Nota: Una versión preliminar de este artículo fue publicada como capítulo en el libro Razón y Tradición. Estudios en honor de Juan Antonio Widow. Volumen 1, editado por Globo Editores en 2011. Agradecemos al autor su autorización para publicar esta nueva versión.




