¿Es Extrema “Esa” Derecha?
Mauricio Riesco Valdés | Sección: Política
Existe en nuestro país un partido político que, según dicen los que creen entender, es de “extrema” derecha. El calificativo en sí no es un problema, pero como en política el extremismo normalmente tiene una connotación muy negativa, quienes se lo endosan a un partido de derecha lo hacen, claramente, con un doble propósito: descalificar al grupo y asustar a nuevos adherentes y votantes. Hasta hace algún tiempo se pensaba que el término era patrimonio exclusivo de la izquierda dura, la sectaria, la obcecada ideológicamente, la intolerante, la que hace abiertamente apología de la violencia, esa que de lejos se acusa por aquel olorcillo a pólvora que despide. Pero como ahora el adjetivo lo utiliza un amplio espectro político para referirse a ese mismo partido de derecha, nos obliga a verificar la definición del término para evitar caer en equívocos o confusiones.
La Real Academia Española de la lengua, RAE, expresa que el vocablo “extremo” es el “Punto último a que puede llegar algo”. Y así, entonces, parecería algo rebuscado endosarle a la derecha política aquel calificativo, a menos que se quisiera especificar que es el partido que está al “extremo” opuesto de la izquierda lo que, aparte de ser cierto, da algún indicio. O que se le llama así porque está al “extremo” superior de las encuestas para las próximas elecciones presidenciales, pero tampoco precisa mayormente el asunto dado que las encuestas pueden variar.
En general, en Chile el grueso de los votantes no es de extremos y por eso es fácil concluir que quienes se refieren a ese partido de “extrema” derecha, no desconocen la connotación que tiene la expresión que emplean. No hay error en su uso sino astucia y mala fe para engañar, atemorizar y ahuyentar, particularmente en período de elecciones.
Por lo mismo, conviene estar atento a ese tipo de mensajes. No es posible imaginar siquiera que la derecha a la que se alude, no la sucedánea, pudiera ser “extremista”. Porque la verdadera derecha es la conservadora –más que ningún otro grupo político– de los principios, los valores morales y éticos, de la historia y tradiciones democráticas que han sido propios de Chile desde antes de su independencia. Y, conceptualmente, ser conservador es lo opuesto a ser extremista. Es tener visión de futuro con proyección valórica, es velar por los verdaderos intereses y necesidades del país, es avanzar sin engaños ni componendas a espalda de los electores, es dar certezas y no dudas, confianza y no temores. Es rechazar abiertamente la monarquía del Estado tan propia del comunismo marxista. Esa derecha es la que defiende y busca proteger la vida, la familia, el matrimonio entre un hombre y una mujer, el sexo biológico, (cromosómico, no el que pueda salir de un quirófano o de un ropero). ¿Será extremismo todo eso o sentido común? Que la nueva derecha haya ido, paso a paso, consolidando para sí un sitial que hace tiempo dejaron vacío quienes eran los responsables de preservarlo y que por lo mismo no forme parte de esas vertientes de la chicha y la limonada de las que mana un fluido confusionista y desconcertante, tampoco la hace ser extremista.
Es claro, en cambio, que el “Punto último a que puede llegar algo”, como dice la RAE, tiene mucho que ver con la jaculatoria que por años ha intoxicado la mente de la izquierda dura: “Ni perdón ni olvido”. Esa es la que mantiene unidos a sus feligreses en torno a una misma veneración por su libro sagrado El Capital; por sus profetas Marx y Engels; por el odio, la violencia y la intolerancia; ese sí es, indudablemente, el “extremo” al que se puede llegar. Esa izquierda es la secta de fanáticos que profesan la ideología marxista y que aborrecen nuestra historia, nuestros valores, costumbres y tradiciones porque éstos desvelan su doctrina y fundamentos justificativos. En esto, basta recordar, nada más, el proyecto de Constitución inspirada por satanás que fue sometida a plebiscito hace ya tres años y que el país por una impresionante mayoría dijo ¡No! ¡basta ya! Por eso, más sorprende aún que el apelativo “extremo” lo usen, también, quienes debieran rechazarlo; pueden más lo votos.
Es que se trata del único partido político que en este período eleccionario verdaderamente les inquieta a todos los demás, sin excepción; le temen a su paso arrollador que confirman las encuestas y también muchas personas connotadas de otros sectores, incluidos varios políticos, que se están incorporando a la candidatura presidencial que promueve aquel partido. ¡Hay que hundir a esa aterradora amenaza cuanto antes se pueda! pues queda poco tiempo para las elecciones y se ha venido haciendo fuerte en la misma medida en que la candidata presidencial de extrema izquierda no ha conseguido avanzar en su campaña eleccionaria, tan mal disfrazada de “socialdemócrata” por sus partidarios, incluidos hasta los restos de una DC que agoniza y espera su ineludible sepultura. Y cómo no, si ella pertenece precisamente al Partido Comunista desde que era una niña y lleva más de 36 años impregnada de su doctrina; a la gran mayoría de los chilenos eso les produce urticaria porque conocen los resultados donde ha gobernado el comunismo. Ese es, precisamente, el partido extremo; es el que promueve casi todos los “últimos puntos” a los que se puede llegar: la eliminación de la propiedad privada; el control de los medios de producción y de comunicación; la lucha de clases; la violencia como medio legítimo para alcanzar el poder; en fin, se llega a ese “extremo” cuando el Estado planifica todo como amo y señor de las cosas y de las personas, que es lo que el comunismo siempre ha hecho. Es la ideología marxista-leninista la que conduce a la pérdida de la libertad, y ese sí que es el “último punto”, el final; después no hay nada.
Ya toda la ciudadanía se siente impotente ante el estado de inseguridad general en el país, con una inmigración descontrolada tanto como la corrupción, una judicatura voluble e impredecible con magistrados que se venden para ascender en sus cargos, está agotada del ambiente de incertidumbre provocado por un gobierno incompetente y una institucionalidad descompuesta. El país necesita con urgencia una autoridad firme, responsable y respetada, preocupada del país y su gente, que dé certezas y confianza sin equilibrarse sobre la veleidosa cuerda del dividendo personal. Si esto es tener una condición o un planteamiento “extremo”, entonces los extremistas somos muchos millones de chilenos.




