¿Tienen todos derecho a celebrar?
Joaquín Muñoz López | Sección: Arte y Cultura, Historia, Sociedad
Nos estamos preparando para vivir un nuevo aniversario patrio. Si lo celebramos con o sin derecho, depende de muchos factores. Cuando surgió esta festividad, estaba claro que se trataba de que todos celebraran, en cambio, hoy no es así. El fin de este artículo es ayudar a que cada chileno pueda y sepa celebrar esta efeméride. Que realmente se gane el derecho de celebrar.
Las fiestas son eventos, cuya esencia es la alegría generalizada, por ello, hablamos de “Fiestas Patrias” si nos referimos al aniversario antes citado. Sin embargo, si somos reflexivos, debemos preguntarnos si hoy cabe hablar de “alegría generalizada”.
Una vez aclarado el término “fiesta”, queda por ver qué significa “patria”. En la teoría, el significado alude a la tierra natal, al país con que una persona se siente ligada o con sentido de pertenencia. Obviamente, llevar este significado a la práctica resulta mucho más complejo, pero absolutamente necesario para saber cómo vivir esta festividad y situarnos en el Chile actual.
El origen del término “patria” es el latín “terra patria”, que significa “la tierra paterna o de los antepasados”, luego quedó simplemente como “patria”. Hasta aquí, todo muy simple, pero ¿qué significa esto verdaderamente? Una dimensión trascendente, un bien espiritual y cultural, no sólo un bien material, un territorio.
Dos visiones en pugna
La visión de patria más común hoy por hoy es la menos importante, la intrascendente y, por ende, la perjudicial. Ésta es “el país con que una persona se siente ligada”. No hay acá necesariamente un bien espiritual y cultural subyacente, por el contrario, implícitamente está el rechazo a esta dimensión. El individuo elige cuál es su país, no tiene ningún tipo de deber para con ninguno en particular, pues, sólo se trata del lugar que habita. Corresponde más que nada a una dimensión territorial temporal. El término “país” proviene del latín “pagensis” y éste, a su vez, de “pagus”, que se refiere al pueblo que se habita. Ésta es la visión de “nación-contrato”, la de Rousseau. Una visión muy “ad hoc” con el mundo progresista y su batalla cultural antivalores humanistas.
La visión contrapuesta a la recién mencionada es la de “nación-herencia”, pues, alude a los antepasados. Esta visión tiene una gran carga significativa. No por casualidad, algunos teóricos del tema se han permitido definiciones en abstracto: “una unidad de destino en lo universal” (Primo de Rivera); “un todo sucesivo” (Vázquez de Mella); “la tierra y los muertos” (Barrès); “la sangre y la tierra” (Spengler), “el paisaje de la infancia” (Gabriela Mistral), entre otros.
Dicha herencia se trata de todo tipo de bienes, partiendo por el territorio, un bien material, pero no uno común y corriente, sino uno que aglutina físicamente a un pueblo que posiblemente lo ha defendido con su propia sangre y que siempre está dispuesto a hacerlo si es que puede. Por su parte, la espiritualidad corresponde, principalmente, a la religión, cuna de un sinnúmero de valores y enseñanzas que enriquecen las relaciones entre las personas y, especialmente, el mundo interior de cada individuo. La cultura es muy variada, va desde la historia en común de muchas generaciones hasta rituales tan simples como la forma de saludar. Entre las manifestaciones culturales están las tradiciones de las más diversas naturalezas, los rituales cívicos, la institucionalidad política del Estado, la creación artística, los avances científicos y, en general, todo lo que un pueblo ha creado en el suceder de sus generaciones, aquí también caben las distintas organizaciones que se ha dado, siendo la familia la más importante, y las visiones de ser humano, sociedad, economía, libertad, etc.
Simplemente, estaríamos frente a un compromiso ineludible. No es por casualidad que un patriota de verdad vaya a la guerra si puede cuando es necesario, cosa que no hacen los seguidores de la nación-contrato, pues, pueden terminar con dicho contrato, como sucede con cualquier contrato, patriotas a la medida del antipatriotismo. Esto explica su rechazo y desprecio a los personajes históricos positivos de tiempos de paz o de guerra.
Al hablar de “tiempos de paz o de guerra”, surge inevitablemente la cuestión de que el patriotismo es para todos los días y en todos los ámbitos del quehacer nacional, no sólo para los tiempos de guerra.
El mayor enemigo es el progresismo de izquierda, no sólo por sí mismo, sino porque es el punto de partida para muchas otras tendencias que amenazan la esencia misma de la patria y su sentido trascendente. Aquí nos encontramos con una gran familia de “ismos”: animalismo, feminismo, indigenismo, globalismo, multiculturalismo, ecologismo, etc. Además de las ideologías democrática y de género. Este fenómeno se debe a que el neomarxismo reinante rechaza la visión espiritual con su materialismo y se desvincula del legado cultural con su pretensión de “crear” una sociedad nueva y un hombre nuevo. ¿Cómo se explica entonces el uso que el marxismo hace de los nombres de destacados patriotas o del adjetivo “patriótico”? Pareciera que se trata de una contradicción, pues, es así, es una aberrante contradicción, pero da réditos políticos porque toda persona normal tiene un sentido de pertenencia a una entidad nacional o algo similar. Además, han realizado una eficaz propaganda, casi sin contrapeso, que permite desnudar los errores o deficiencias de sus adversarios, dejándolos como los que no piensan en el bien común, lamentablemente muchas veces tienen razón. Sin embargo, estimado lector, recuerde los procesos constituyentes, y sabrá con facilidad quién es quién. ¿Qué políticos abucheaban el Himno Nacional? ¿Quiénes literalmente trapeaban con nuestro pabellón? ¿Quiénes proponían ceder soberanía a los organismos internacionales? Etc.
Si se trata de la celebración misma, también podemos encontrar algunas aberraciones. En esta línea están los colegios en que no se celebran las Fiestas Patrias para no “incomodar” a los alumnos inmigrantes. El izamiento del Pabellón Nacional junto a la bandera de la mal llamada “causa mapuche”: uno representa a Chile en su conjunto; la otra, a quienes buscan escindirse de nuestro territorio y cultura. Las coloridas fondas dejan mucho que desear con sus ritmos muy “chilenos” y el alcohol a raudales.
Dos opciones
Una opción es celebrar lo que sea. Hay fondas, aguinaldo, días feriados, ambiente de fiesta, etc. Los sacrificios de quienes nos antecedieron no importan, se tratarían de añoranzas disonantes con los nuevos tiempos. Una oportunidad imposible de desaprovechar para debilitar la concepción de patria y de identidad nacional, practicando los actos recién mencionados.
Otra opción es celebrar, pero no cualquier cosa, sino un aniversario patrio, lo que tiene un ritual, por supuesto que el “carrete” no queda afuera, pero este ritual va mucho más allá: incluye la solemnidad y la conmemoración. Fiel a la visión de nación-herencia, lo primero es rendir un merecido homenaje a los héroes conocidos y anónimos, civiles y uniformados que nos legaron la independencia; el izamiento del Pabellón Nacional debemos hacerlo con respeto; participar de los actos cívicos; también hay cosas más pedestres, tales como, dar aguinaldo, beber con moderación, etc. Lo importante es que haya una celebración de verdad. Tal vez la mejor forma de cumplir con este ritual sea aprovechar el espíritu dieciochero para plantearnos cómo enriquecer y transmitir el legado. No obstante, en vísperas de elecciones, el mayor acto de patriotismo es informarse y reflexionar sobre los méritos, posturas y programas de cada candidato, luego votar pensando en los supremos intereses de la patria, lo que significa defender la nación-herencia.
Si opta por esta segunda opción, realmente se ha ganado el derecho a celebrar.




