Comunismo o libertad

José Tomás Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia, Política

El triunfo de la comunista Jeannette Jara en las primarias del oficialismo remece el tablero político en este turbulento año electoral. Si bien confirmó los pronósticos de los sondeos de opinión –los publicados antes de la veda y los que fueron filtrados durante ese período– aún quedan muchas incógnitas de qué ocurrirá en noviembre. Si hace unos meses enfrentarse a ese escenario aseguraba el triunfo en segunda vuelta, hoy no es evidente. Que no sea claro que alguien de derecha sea el próximo Presidente de Chile y una comunista esté inéditamente rozando la Primera Magistratura de la Nación se debe al desfondamiento del centro político, encarnado en las candidaturas de Carolina Tohá –fuertemente aplastada por el otrora partido más fiel a la Unión Soviética– y Evelyn Matthei –que inexplicablemente ha entregado el liderato de la tabla y se ha autorrelegado en el tercer lugar–.

Usted se preguntará, ¿qué tienen que ver ambas políticas de fuste con el auge del comunismo? En el caso de Carolina Tohá parece una acusación injusta, considerando que sus contendores le achacaban el mote de anticomunista por defender sus convicciones democráticas en la primaria oficialista. El problema es que el Socialismo Democrático –¿llamado así para diferenciarse del “socialismo no democrático” encarnado por el comunismo y/o del frenteamplismo?– entró al Gobierno, cual padre aprontándose a detener los estragos causados por un hijo adolescente, a hacer un control de daños de una administración torpe, inepta y que hizo de la corrupción su segunda naturaleza. Primero, para defender un proyecto de nueva Constitución que nos habría llevado al autoritarismo –¿o totalitarismo?– chavista, correísta y evista de no ser porque 7.891.415 patriotas lo impidieron. Y luego, para entrar al gabinete y ofrecer algo de gestión a un Gobierno superado por la realidad, pero que no lograron detener la avalancha.

La candidatura Matthei, por su parte, como hemos mostrado reiteradamente en esta tribuna, ha sido profundamente amateur y sus errores de novato la han hecho entregar el liderato inapelable que tenía a principios de año. En enero Evelyn Matthei punteaba con 23% de respaldo, la secundaba Johannes Kaiser con un 10% y Kast estaba tercero con un 9% –sumando un 42%, o un 44% si incluimos a Franco Parisi–. En ese entonces Jeannette Jara aún no figuraba en las encuestas, empezando a asomar tímidamente a partir de febrero. ¿Recuerda qué hito político catapultó a Jara? La bullada reforma de pensiones que estuvo a nada de desarmar la joya de la corona del modelo chileno y a la que Chile Vamos –escudada en un segundo plano por la candidata– se sumó de forma entusiasta. Lo que en ese entonces parecía absurdo por beneficiar al Gobierno empezando un año electoral, terminó por darle la victoria a la candidata del Partido Comunista (PC).

Sí, la candidata del Partido Comunista. Que ella diga que quiere suspender su militancia, cosa que legalmente no puede hacer y que fácticamente tampoco: treintaiseis años de militancia en la tienda del marxismo ortodoxo, así como la apología del estallido, no se van de la noche a la mañana por una mera declaración de buenas intenciones. No es más que un descarado y desesperado intento de pasarle gato por liebre a los ciudadanos. Por mucho que ella quiera hacerse la simpática, una reencarnación de Michelle Bachelet, o que reitere que será un gobierno de coalición, ella sigue siendo comunista. 

El PC no es cualquier agrupación partidaria. Como ciertamente señalaba Carolina Tohá –pero inconsistentemente considerando que había gobernado con ella y se comprometía a apoyar a Jara de perder– el comunista no es un partido democrático. Aunque Carlos Peña piense que es un “fantasma del miedo” que deberíamos despejar, lo cierto es que los comunistas nunca han adherido al sistema institucional chileno. Pese a que participan en él, desprecian la Constitución –la escrita y la histórica–. Pese a que hoy salgan con banderas chilenas, se sienten más cómodos con las banderas negras del 18-O. Ahora tienen posibilidades de imponer el programa resumido en el “mamarracho”.

Sí, ellos tienen un programa, y ése es la destrucción de lo que ellos llaman la “democracia burguesa”. Contra lo que ellos mismos dicen, no tienen las “manos limpias”. Basta ir a las fuentes de don Carlitos Marx –que no a la experiencia comunista de un siglo– para darse cuenta de que su cronograma es claro: desestabilizar los países, promover la división y usar a la clase trabajadora para, por medio de una revolución, tomarse el poder total, establecer la dictadura del proletariado y transicionar a una sociedad sin clases llamada comunismo, a la cual nunca llegan porque prefieren el totalitarismo genocida a desarmar el Estado. Ellos te dirán que no es lo que quieren hacer, sino que buscarían combatir las desigualdades y aspirar a una verdadera democracia –como la cubana– por medio de transformaciones estructurales por vía legal. Eso lo intentó Salvador Allende hace 52 años y ya sabemos cómo le fue. La diferencia es que durante la Unidad Popular (UP) el PC era un partido más y no la principal agrupación del Gobierno.

Jeannette Jara, con el empujoncito de Tohá y Matthei, ha logrado entrar en la historia con su triunfo en las primarias. No sólo le da vida a uno de los peores Gobiernos de nuestra historia, sino que le da posibilidades ciertas al comunismo de llegar a La Moneda. Nunca un candidato comunista había postulado a dirigir un Gobierno con posibilidades de salir electo –exceptuando a Jacques Duclos en Francia en 1969 y a Yedo Fiúza en Brasil en 1945, quedando ambos en tercer lugar–. Y ante eso no es “irracional” tener miedo. Urge el patriotismo de las fuerzas democráticas para impedir la llegada del comunismo a La Moneda, para defender la libertad de Chile. Esperemos que Matthei recapacite y no siga cerrada por pequeñeces a apoyar en el balotaje al candidato de derecha con más opciones de ser Presidente.