Un sofisma más

Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Arte y Cultura, Educación, Familia, Política, Sociedad, Vida

Cuando se dice que hay que “eliminar las desigualdades de la cuna”, estamos frente a un sofisma más, pero uno especialmente peligroso para la vida en sociedad.

Partamos por “las desigualdades”. Es evidente que, respecto de la persona humana, las hay de tres tipos. La esencial, es decir la desigualdad existente entre el ser humano y todos los demás seres; las desigualdades accidentales por naturaleza, es decir las que se expresan entre los seres humanos por razones de condición física, (altura, peso, salud, etc.), raza o fecha de nacimiento, entre otras; y las desigualdades accidentales por cultura (tomando la palabra “cultura” es su más amplio sentido de “hábitos humanos”) es decir, alimentación, lenguaje, modales, etc., etc.

Es a éstas últimas –y no ciertamente ni a la desigualdad esencial ni a las desigualdades accidentales por naturaleza– a las que apunta el afán por corregir o eliminar las diferencias.

El primer problema que plantea este afán, es encontrar el patrón o modelo que serviría para eliminar las desigualdades por cultura. Ese referente no puede existir, porque en el empeño por determinarlo habría que escoger entre diversas características de las mismas que son consideradas desigualdades, privilegiándolas sobre otras, para intentar configurar así el modelo perfecto de ser humano, el que no sería más que un engendro de preferencias culturales y de naturaleza, o sea, una arbitraria suma de desigualdades.

Hablemos ahora de “la cuna”. Ese es un concepto que, por supuesto, en la realidad excede con mucho a la materialidad de una pequeña cama con un niño recién nacido dentro. La verdadera “cuna” es un ámbito completo de relaciones paterno y materno filiales, que se expresarán durante meses y quizás años, y en el que están involucradas al menos tres personas –padre, madre y niño– o incluso más: hermanos quizás, abuelos, tíos, etc., así como espacios físicos bastante más amplios que la pequeña cama del niño. La “cuna” es, por lo tanto, sinónimo de familia, ya que ese niño lo ha recibido casi todo de sus padres –el alma, de Dios– y, por lo tanto, las “desigualdades” que presentan unas “cunas” respecto de otras, corresponden a las que los padres, abuelos –y así sucesivamente– ya tenían respecto de sus pares.

El segundo problema es entonces, determinar cuán atrás en el tiempo y cuán hacia fuera en los espacios, habría que ir para intervenir en “la cuna”. Obviamente, ad infinitum y, por lo tanto, absurdo. Pero nada de esto detiene a los “correctores de las desigualdades de la cuna”. Por el contrario, lo absurdo de todo su planteamiento los lleva a imaginar los más radicales sistemas de corrección y eliminación de las desigualdades accidentales por cultura.

El primero es la selección de los matrimonios, es decir la anulación de la libertad de elección conyugal. Pero, ¿con qué criterio podría realizarse esa siniestra intervención?: ¿racial?, ¿etario?, ¿económico?, ¿nacional?, ¿otros? La pretensión de conseguir matrimonios de ecuación perfecta es completamente imposible de concretar.

El segundo consiste en la selección de los embriones, y, de nuevo, se presenta el problema del criterio (con independencia de la maldad intrínseca que implica cualquier acción de esta naturaleza). ¿Con criterio biológico?, ¿o numérico?, porque ya hay más niños en la cuna de los “permitidos”? ¿Mediante intervención tecnológica para igualar genes?

Si los dos métodos anteriores pudiesen ser del todo impracticables, los “correctores de la desigualdad” tienen todavía un as definitivo bajo la manga, un as de dos espadas: las zonas de exclusión humana (ninguna desigualdad puede darse donde no hay presencia humana) y el no natalismo, es decir, la extinción de la especie. Sin duda, esta última es la más “exitosa” fórmula para suprimir las desigualdades de la cuna. Si se suprime la cuna, se acabaron las desigualdades. Es el viejo cuento del sillón de don Otto.