Prat fue toda Esparta

Vicente José Hargous Fuentes | Sección: Arte y Cultura, Historia

¿Por qué hablar de Prat en una revista como Suroeste, donde cerca de 30.000 lectores no son chilenos? Porque el ejemplo de Prat ―como el de Grau en Perú, el de José Sánchez del Río en México, Óscar Ismael Poltronieri en Argentina y tantos otros― no habla solamente a sus compatriotas. La grandeza de su sacrificio supera diferencias fronterizas y habla de la sublimidad de quien entrega la propia vida por su patria. Tan alta fue la gesta del capitán Prat que la Academia Naval de Japón lo ha considerado digno de ser llamado un samurái icónico, un ejemplo de las virtudes del Bushido: justicia, valentía, compasión, respeto, honestidad, lealtad y honor. Prat no solamente encarnó estas virtudes al momento del martirio ―acto supremo de fortaleza por el cual no se desiste de alcanzar un bien arduo ni siquiera cuando eso implique enfrentar la muerte―, sino que desde su más tierna infancia vivió con heroísmo las empresas propias del afán cotidiano. No es raro encontrar hoy ejemplos de mediocridad por todas partes, y es de toda lógica, porque una sociedad que promueve el individualismo no comprende la hermosura del sacrificio, del honor y de la grandeza de espíritu. El ejemplo del capitán chileno tiene hoy particular vigencia porque la emoción que inspira nos hace ver la bajeza de lo mediocre y la alteza de lo excelente.

Prat vivió buscando lo más alto, en los más variados aspectos de su vida, y aun mucho antes de hacerse marino. Los registros de su niñez muestran, por ejemplo, que al iniciar sus estudios básicos en la Escuela Superior de Instrucción Primaria ya dominaba diversas materias: “sabía silabear; hacer ‘palotes’; responder las preguntas del catecismo (el tradicional Astete); y marcar en el mapa de Chile los límites de las distintas provincias, cuyas capitales recitaba sin error” (Gonzalo Vial, Arturo Prat). Pero con el tiempo, “por distracción”, tuvo algunas dificultades y bajó sus calificaciones en múltiples asignaturas, especialmente aritmética, que “constituía su peor escollo y tormento” (Gonzalo Vial, ibid.). Y sin embargo, “luego la situación se enderezó; el mismo 1856, el alumno Prat obtenía nota de distinción en varios ramos: religión, lectura, geografía…y hasta aritmética” (Gonzalo Vial, ibid.). En otras palabras, no por haber recibido una inteligencia particularmente notable, sino por empeño personal, por dedicación y constancia, lograba superarse, aspirando siempre a lo mejor. El Director de la Escuela anotó sobre él a su egreso: “Aplicación, excelente; capacidad, buena; conducta, id.; asistencia, constante; carácter, inmejorable”. Con ese temple seguiría sus estudios en la Escuela Naval, a la que ingresó a sus diez años.

Y esta misma actitud se vio más adelante: pudiendo quedarse sólo con su carrera como marino, optó por estudiar como alumno libre de Humanidades en el Liceo de Valparaíso y en el Instituto Nacional, lo que le permitió postular y cursar estudios de Derecho en la Universidad de Chile, estudiando a bordo de la Esmeralda. No contento con eso, impartió clases en Valparaíso a niños vulnerables, pudiendo cerrarse en su vida individual. Y ni hablar de su vida familiar y noviazgo ejemplares. Prat fue, en cada aspecto de su vida, un hombre forjado por la nobleza de espíritu de quien no se contenta con el puro cumplimiento del deber (que no es poco), sino que aspira a la excelencia y que lucha por conseguirla, que no se conforma con el cumplimiento de lo mínimo exigible.

Y es que esa magnanimidad es precisamente la que le dio ese tono de heroísmo a cada aspecto de su vida, lo que le permitió, a la hora de la verdad, entregarse en el sacrificio por el cual es reconocido. No como quien es puesto por el acaso en el tiempo y lugar que le permitirían mostrar una circunstancial valía, sino como quien habitualmente apunta a lo más alto, y que precisamente por haber formado su carácter según esa medida fue capaz de saltar al abordaje. Una decisión pensada, luego de arengar a sus hombres, con la conciencia de las escasas posibilidades de éxito que tenían:

¡Muchachos! La contienda es desigual, pero ánimo y valor.
Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo y espero que no sea ésta la ocasión de hacerlo. Por mi parte, les aseguro, que mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar y si yo muero, mis Oficiales sabrán cumplir con su deber. ¡Viva Chile!

Por detener el avance de la flota enemiga, opta por combatir hasta el final, sin siquiera considerar la posibilidad de una rendición que, en esas circunstancias, bien podría haberse considerado comprensible para algunos de sus hombres. Prat fue capaz de darlo todo porque su vida misma estuvo marcada por ese sello de quien busca la excelencia humana, el estándar más alto, la mejor valía de uno mismo a través de los propios actos.

“Nuestra historia nacional no necesita ser cantada en un poema para embellecerse” ―dice Gabriela Mistral―: “Es hermosa como un canto, de su primera a su última página […]”. Y entre todas ellas, la hazaña de Arturo Prat Chacón brilla por sobre todas las demás: “Es hermosa nuestra historia, y para dar en una narración a nuestros hijos la llamarada del heroísmo, no necesitamos recurrir ni a Grecia, ni Roma, si Prat fue toda Esparta” (Gabriela Mistral, “El patriotismo de nuestra hora”).

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Suroeste el lunes 19 de mayo de 2025. La ilustración fue realizada por José Ignacio Aguirre para Revista Suroeste.