El pasado, auge y decadencia de Valparaíso y su futuro como puerto competitivo
Jorge Andrés Pérez | Sección: Historia, Política, Sociedad

A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Valparaíso fue capaz de atraer mucha inversión pública y privada, gracias a su ubicación estratégica entre el Estrecho de Magallanes y el Desierto de Atacama. Esta ubicación la convertía en un lugar ideal como centro administrativo, logístico y financiero para controlar las inversiones en la explotación del salitre. Pero, el comienzo de la producción industrial de fertilizantes (usando el proceso de Haber-Bosch) en 1913, y la apertura del canal de Panamá en 1914, marcaron el comienzo de un lento proceso de decadencia económica producto de que Valparaíso fue perdiendo su competitividad como puerto logístico y ciudad de negocios. El precio del salitre no solamente fue cayendo, pero, además, el estrecho de Magallanes dejó de ser la ruta más directa a los mercados del salitre en Europa. Entonces, Valparaíso dejó de ser el puerto dinámico que atraía inversión a una ciudad cosmopolita de vanguardia internacional. No es accidental que en 1928 desde Nueva York los Guggenheim van a presionar por un aeropuerto en Cerrillos, y no en Valparaíso.
En realidad, el terremoto de 1906 fue el primer golpe (no mortal), y la gran depresión de 1929 fue el golpe de gracia (mortal) para el crecimiento del Valparaíso capitalista y cosmopolita. Para salir de la gran depresión muchos países tradicionalmente capitalistas como Estados Unidos y Gran Bretaña abrazaron políticas proteccionistas e hicieron crecer su estado de manera estructural. Algo que agravó la crisis en la economía chilena.
El fin de los buenos precios del salitre dejó a Chile en un muy mal pie para enfrentar la crisis económica internacional del año 1929. El sistema político chileno reaccionó a la inestabilidad económica buscando estabilidad política en el estado inversionista que crecía detrás del proteccionismo de barreras tarifarias. Pero para comprar una tenue estabilidad política en el mediano plazo con un poco de estabilidad económica, el sistema político chileno hipotecó el futuro con un crecimiento económico insuficiente para darle estabilidad política de largo plazo al país. Porque los precios en la economía chilena se convirtieron en variables reguladas por el sistema político, que estaban disociadas de los precios internacionales. Producto de esto, después del año 1929, Santiago empezó a atraer mucha de la inversión que naturalmente pudo ir a Valparaíso antes de 1929. El efecto agregado más dramático de largo plazo para Valparaíso fue que perdió competitividad para atraer capital empresarial y financiero en mercados internacionales.
Una parte importante del capital humano altamente competitivo que Valparaíso había atraído antes de 1906 emigró a puertos tradicionalmente relacionados comercialmente a Valparaíso, como San Francisco, Vancouver y Sídney, o simplemente volvieron a Londres o Hamburgo. Muchos de los que no emigraron, con el tiempo se trasladaron a Santiago o Viña del Mar. Entonces, Valparaíso perdió su carácter cosmopolita que facilitaba su integración a las redes comerciales internacionales.
El éxodo de talento no fue total, pero fue lo suficientemente significativo para crear un desequilibrio poblacional que con el tiempo afectó la capacidad de la ciudad para reinventarse como ciudad capitalista y cosmopolita, capaz de atraer nuevas inversiones productivas. Este es el principal problema de Valparaíso hoy en día: no hay una masa crítica de personas con una tradición cultural que esté alineada con el buen mantenimiento de la infraestructura histórica de la ciudad. En pocas palabras, una ciudad construida por alemanes e ingleses hoy es habitada por chilenos que no entienden el contexto cultural de la burguesía europea que construyó la infraestructura de Valparaíso.
En Valparaíso se da un fenómeno parecido al de las poblaciones rusas que hoy habitan la infraestructura de los pueblos alemanes de lo que fue la Prusia Oriental. Valparaíso no es Kaliningrado, pero claramente hay una dinámica cultural parecida. Hoy en Valparaíso hay otra composición poblacional que en la época del apogeo en el precio del Salitre.
Entonces, en Valparaíso ya no existen las condiciones poblacionales para mantener la ciudad como si hoy tuviera una masa crítica de personas con una clara cultura burguesa del norte de la Europa occidental (por ejemplo, de los Países Bajos). Con chilenos es muy difícil organizar la ciudad puerto de Valparaíso como si fuera Hamburgo o Rotterdam. Entonces necesitamos realismo en nuestras expectativas, y ser capaces de reconocer que, si queremos recrear ese Valparaíso de antaño, lo vamos a tener que hacer de manera artificial como un parque temático.
La sociedad burguesa que creó esa ciudad ya no existe. Es más, los descendientes de los alemanes e ingleses que construyeron Valparaíso como una ciudad del norte de Europa en Sudamérica, luego emigraron y ayudaron a construir las ciudades modernas de Auckland, Sídney o Vancouver. Ese es el estándar de ciudad puerto que Valparaíso pudo ser. Es decir, una ciudad puerto limpia y dinámica que crece orgánicamente con orden y disciplina urbana. Porque existe una masa crítica de personas con un sentido común de país desarrollado, que es capaz de parar al descriteriado (culturalmente subdesarrollado). En Chile, no es posible contener todas las externalidades que genera la masa crítica de descriteriados en el estado y el mercado.
En una realidad cultural así, es muy difícil sostener un clima favorable de inversión. Porque, en el día a día se impone la lógica del canibalismo de la infraestructura de la ciudad. Cuando se llega a ese punto, invertir es muy riesgoso, ya que el clima social es de no valorar la propiedad privada.
Sin un clima de inversión favorable en la sociedad, la ciudad se deteriora, y para contener esto se requiere del estado, que no hace un buen trabajo haciendo lo que deberían poder hacer los inversionistas privados de una manera más eficaz y eficiente.
Por ejemplo, las casas de estilo victoriano que en San Francisco son consideradas propiedades privadas muy valiosas en las que sus dueños invierten mucho para mantenerlas en buen estado, en Valparaíso son muchas veces ruinas que van camino a la demolición. El problema es que muchas veces no es rentable invertir en esas casas, ya que se encuentran en un contexto social donde esa inversión seguramente no se va a recuperar con transacciones en el mercado. Entonces entra en acción el estado, que a veces ofrece pintar fachadas en busca de cambiar el clima de deterioro del sector. Esto está bien, pero no soluciona el problema de fondo. Invertir en esas propiedades no es tan rentable como invertir en propiedades similares en otros puertos del mundo. Valparaíso necesita más inversión del mercado, pero se necesita que el estado apoye al mercado con seguridad, orden y limpieza en el espacio público.
Valparaíso no tiene futuro como museo al aire libre, ya que no tiene los recursos arquitectónicos para ser un destino turístico de nivel mundial que valga la pena viajar para ver, como sí los tiene la ciudad de Brujas en Bélgica, o Venecia en Italia. Valparaíso tampoco tiene los recursos para convertirse en un parque temático, como DisneyWorld en Florida o Universal Studios en California. Esto nos deja con la estrategia actual de convertir a Valparaíso en un circo al aire libre (carnaval colorido y ruidoso). Pero eso es simplemente entregar la ciudad a la manipulación política que es financiada con los recursos económicos del estado. Es decir, es vaciar el alma de Valparaíso como ciudad puerto para convertirlo en un espacio invivible, donde impera el infantilismo de los colores saltones, y el adolescente ruido de los tambores.
Los habitantes de Valparaíso tienen que abrir los ojos, y reconocer con frialdad que con el estado socialista no pueden recuperar el pasado construido por el mercado capitalista. Ahora, Valparaíso tiene que anclar su futuro en el potencial económico de su puerto, que lo vio nacer y le puede dar una oportunidad realista de desarrollo. Hay que abrir la bahía de Valparaíso al desarrollo portuario.
¿De qué sirve tener una ciudad con una costa sin contenedores, si tienen una ciudad que se consume por la decadencia de su convivencia cívica y la desintegración de su infraestructura física? No sería mejor entregar la bahía de Valparaíso al desarrollo portuario, y luego recuperar la ciudad de una manera orgánica, con la inversión de privados que quieren vivir ahí, y así no sufrir las distorsiones que inducen los subsidios del Estado.




