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Rafael Alvira | Sección: Política, Religión, Sociedad

Un conocido y prestigioso crítico español de cine, Jerónimo-José  Martín, sostiene que en la cinematografía actual –películas y series– el problema de la falta del padre, o el enfrentamiento con él, se ha convertido en un tema no sólo repetido, sino incluso casi obsesivo. He podido comprobarlo en mi pequeña experiencia al respecto. Tampoco escasean los estudiosos –educadores, psicólogos, psiquiatras– de este fenómeno, cuya cuantía es ya enorme, y va en aumento. Empieza a despuntar también la falta de la madre, aunque el feminismo radical  aún  no  ha  hecho  avances muy significativos al respecto. Lo cierto es que la situación es real y cada vez más crítica. El precio de la “modernidad” avanzada propia de nuestra sociedad lo pagan los hijos. Y todo esto era previsible, ante los datos impresionantes de la cantidad de rupturas matrimoniales, y del uso de diversos métodos para traer criaturas al mundo de maneras insólitas. 

Con todo, para ser más exactos, y en acuerdo con la famosa tesis socrática, el primero que paga la falta es quien la comete. También en esa filmografía se ve el sufrimiento de los padres, cuando son descubiertos o quieren arreglar su pasado. Es muy difícil, y muchos optan por quitarse de en medio o por el método de intentar olvidar. Si no existe ningún dolor, se trata de personas por debajo del nivel propiamente humano.

Es un lugar común y antiguo que no hay amor sin sacrificio. Y que el amor une, y da luz y calor a la vida. Pero el sacrificio es sagrado, implica religión. ¿Por qué contradecir mi voluntad? Sólo si se acepta que Alguien me ha regalado la propia vida para que la viva con los demás, tiene sentido agradecer y servir. Ya en Israel era la clave de la religión: amar a Dios, y al prójimo. El ataque al cristianismo ha ido creciendo en los últimos siglos, y hoy es ya –hay que estar ciego para no verlo– una realidad clamorosa. Ciego significa: quedarse en la hojarasca superficial, y no ver los gérmenes. Ya antes de mediado el siglo XIX, A. de Tocqueville había escrito en “La democracia en América” (III, 6): “…en los tiempos democráticos, en medio del movimiento general de todas las cosas, lo que hay de más móvil es el corazón del hombre”.

La manera de organizar las elecciones tiene su importancia, y la existencia o no de partidos políticos también, pero todo eso, con ser de interés, es la superficie. Lo que está operando de fondo hoy es una  antropología y una filosofía política de una democracia radicalmente individualista, que persigue a la familia –primero de forma velada y ahora abierta– con todos los medios a su alcance. La familia, en cambio, como bien vio Tocqueville, implica una constancia del corazón.

Lo asombroso es que lejos de aceptar su error, siguen achacando –contra toda evidencia, tanto científica como de puro sentido común–  a problemas sociales –económicos y políticos– y, sobre todo, a enfermedades psicológicas, las desgracias de aquellos que ni saben quién es su familia, si es que han llegado a tener algún trozo de ella. 

Lo que hoy vemos en no pocos políticos –por ejemplo, en España, o en los demócratas de USA– es la demostración contundente de que la fe es inevitable: unos creen en Dios, porque es bueno y regala la vida  y  el  gozo  de  la  Naturaleza; otros creen en sus propias tesis incluso contra toda evidencia.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por la Revista Nuevas Tendencias, volumen 109 (2023).