Cómo el Papa Benedicto XVI me convenció para ser Católica

| Sección: Religión

Crecí en una familia inglesa tradicional, rodeada de primos, a cargo de tías presidida por mi abuela, quien insistía en ir a la iglesia los domingos. No éramos religiosos, pero el anglicanismo (al estilo del siglo XIX) estaba en el aire. Leíamos Water Babies del reverendo Charles Kingsley, los libros de Narnia de C.S. Lewis y si pensaba en Jesús era en un ambiente inglés. Lo imaginé caminando descalzo por los campos, rescatando los corderos que habían caído en las cercas para el ganado.

Nuestra familia veía el catolicismo con recelo. Para nosotros era vudú: extranjero y lleno de intercesores innecesarios. Las tías nos decían que nuestra tatarabuela se había negado a dejar entrar a los católicos en la casa y repetíamos esta historia para mostrar tanto nuestra relativa apertura de mente así como el sentido común de nuestros antepasados.

En nuestra encuesta de Spectators, varios hombres y mujeres conocidos revelan un tema sobre el que cambiaron de opinión. Cambié de opinión sobre el catolicismo –esa tendría que ser mi respuesta– porque me convertí y me hice católica hace diez años, pero no se siente como un cambio tal como para tener dos nociones separadas funcionando al mismo tiempo. Todavía puedo evocar mi antigua impresión de la Iglesia Católica: retro, sombría, misógina, pero también está la forma en que se siente la vida en su interior. Es como la Tardis o el guardarropa de C.S. Lewis: una pequeña puerta poco prometedora que se abre a una tierra completamente nueva.

Lo mismo sucede con otras cosas de la Iglesia. La transubstanciación, los sacerdotes célibes, los santos activos, los huesos venerados, el dominio de María: de lejos, todo me parece absurdo, desagradable. Pero basta dar unos pasos hacia ellos y comienzan a tener un sentido aterrador. Curiosamente, cuanto más barroca era la creencia, más fácilmente descubrí que se transformaba –tras una inspección más cercana– en una imagen más amplia y coherente. Es como un rompecabezas existencial. Y, en mi experiencia al respecto, el catolicismo continúa demostrándome que estoy equivocada. Es extremadamente desconcertante.

Mucho después de unirme a la Iglesia, por ejemplo, continuaba aferrada a la suposición de que la Madre Teresa era mala. En el pasado había admirado a Christopher Hitchens y felizmente adopté su creencia de que ella era un fraude. “Y”, a menudo le decía a la gente, sin recordar de dónde lo había sacado, “¿sabías que la Madre Teresa se negó a ayudar a cualquiera que no fuera católico?”.

Poco después de que santa Teresa de Calcuta fuera canonizada en 2016, conocí a un sacerdote llamado Padre Leo Maasburg, que había viajado con ella durante muchos años y escribió una memoria al respecto. El Padre Leo amablemente me dio una copia (Madre Teresa de Calcuta: un retrato personal) y la tomé sin hacer nada a principios de este año. “– La Madre Teresa ayudó a los pobres, a los drogadictos y a los enfermos de sida”, leí. “Ella ayudó a hindúes y musulmanes y también a cristianos y ateos, cuando se estaban muriendo. Su amor no conocía fronteras; ella no hizo distinciones de raza o religión, estatus social o visión del mundo. De esa manera nos mostró lo que se supone que es el amor cristiano por nuestro prójimo”. Oh, cierto.

Mientras más leía el libro del Padre Leo, más extraña me parecía mi posición anterior. Una vez, tenía sentido para mí acusarla de estar “enamorada del sufrimiento” y pensar que un bautismo en el lecho de muerte equivalía a una “conversión forzada”. Ahora no puedo ver por qué me preocupaba. La muerte puede ser insoportable. ¿Qué tiene de malo recoger a los moribundos, los contagiosos, los intocables y hacerles compañía mientras se van? Y si crees que podrían ir al Infierno a menos que ores por ellos, ¿no es tu deber hacer precisamente eso? Quizás C. Hitchens negaba la realidad de la muerte. Pero: “Si juzgas a alguien, no tienes tiempo para amarlo”, dice la Madre T en el libro del Padre Leo. Muy bien, Christopher Hitchens, descansa en paz.

Mis sentimientos hacia Joseph Ratzinger, más tarde Papa Benedicto XVI, van en la dirección opuesta. Creo que todos los demás deberían cambiar de opinión sobre él.

Como no era católica, nunca había oído hablar del cardenal Ratzinger hasta que un amigo me dió una entrevista –del tamaño de un libro– que le fuera realizada por el periodista alemán Peter Seewald. No sabía que era ampliamente considerado como un derechista inflexible que encubría pedófilos en la Iglesia. Acabo de leer el libro y descubrí que mis propios sentimientos confusos y fragmentados se reflejaban en mí como una imagen completa. “¿Por qué creer?”, pregunta Seewald. Ratzinger le responde: “La fe da alegría. Cuando Dios no está, el mundo se vuelve desolado, y todo se vuelve aburrido, y todo es completamente insatisfactorio. Es fácil ver hoy cómo un mundo vacío de Dios también se consume cada vez más a sí mismo, cómo se ha convertido en un mundo completamente sin alegría. La gran alegría viene del hecho de que existe este gran amor, y ese es el mensaje esencial de la fe. Eres inquebrantablemente amado”.

“La incredulidad también es una carga pesada y, en mi opinión, incluso más que la fe. La fe hace liviano al hombre. Esto se puede ver en los Padres de la Iglesia, especialmente en la teología monástica. Creer significa que nos volvemos como ángeles, dicen. Podemos volar, porque ya no pensamos tanto en nuestra propia estimación. Por ello, no te tomes tan en serio, esto hace que sea mucho más fácil cambiar de opinión”.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por The Spectator, el miércoles 28 de diciembre de 2022. Agradecemos a Juan Pablo Zúñiga por la traducción del artículo.