Periodismo, verdad y derechos humanos

José Tomás Hargous F. | Sección: Política, Sociedad

Esta semana en el programa Mentiras Verdaderas vimos el triste espectáculo de una entrevista en exclusiva a Mauricio Hernández Norambuena, mejor conocido como el “Comandante Ramiro”, ex militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), desde la cárcel, donde cumple condena por el atentado contra Jaime Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards. En el programa, conducido por Eduardo Fuentes, no contentos con una entrevista poco punzante –por decir lo menos–, también entrevistaron a la hermana del condenado y tuvieron un panel integrado por la abogada de Hernández y el historiador Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006. Las críticas no demoraron en llegar, y los dardos llegaron principalmente desde los simpatizantes del asesinado senador, con justicia ofendidos por el trato que recibió en un programa que entrevistó a uno de los autores del atentado en su contra, que en menos de dos semanas cumple 30 años. En esta columna intentaremos abordar bajo diversas aristas la gravedad del actuar del programa, desde una óptica periodística, filosófica y social cristiana.

Lo primero que hay que decir es que una entrevista no puede tener como objetivo limpiar la imagen del entrevistado, sino poner a disposición de las audiencias partes de la verdad de algún tema con miras a que se formen una opinión respecto del tema en cuestión. Por eso, el objetivo de la entrevista es conocer de primera fuente algunas aristas de los hechos políticos, económicos, sociales o culturales, que a veces pasan desapercibidos en las noticias clásicas, cuyo objetivo es informar del mero hecho y no interpretar sus causas. Una entrevista como publicidad gratuita es algo en lo que no deben caer los medios de comunicación, y esto cuando trata de un terrorista es particularmente delicado y grave. Como explica el documento “Ética en las Comunicaciones Sociales” (2000), del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, 

los medios de comunicación están llamados a servir a la dignidad humana, ayudando a la gente a vivir bien y a actuar como personas en comunidad. Los medios de comunicación realizan esa misión impulsando a los hombres y mujeres a ser conscientes de su dignidad, a comprender los pensamientos y sentimientos de los demás, a cultivar un sentido de responsabilidad mutua, y a crecer en la libertad personal, en el respeto a la libertad de los demás y en la capacidad de diálogo” (N°6).

En segundo lugar, y en relación con lo anterior, los periodistas no deben ser neutrales pero sí aspirar a la objetividad, los que no son sinónimos. Objetividad viene de “objeto”, por lo que quiere decir adecuarse a la verdad del objeto, de la misma manera que la verdad es la “adecuación del intelecto a la cosa”. Esto es especialmente necesario cuando nos enfrentamos a fuentes que han sido condenadas por delitos graves. 

El que el periodista sea objetivo, no significa prescindencia ante los hechos, es decir, él debe saber valorar y enjuiciar los hechos o acontecimientos. En este caso, el periodista no debe ser ‘imparcial’ frente al terrorismo. […] El periodista prudente e inteligentemente condenará y desprestigiara a los terroristas. En otras palabras, divulgará la verdad de los hechos”. (Yáñez, Eugenio. Medios de Comunicación Social y Periodismo. Una mirada desde la ética. Centro de Estudios Bicentenario, 2007, p.60).

En ese sentido, si la verdad es que Hernández Norambuena es responsable de un asesinato con fines políticos –el atentado contra Jaime Guzmán–, nada puede exculparlo de dicho crimen, salvo el arrepentimiento sincero. Ni la victimización por supuestos malos tratos por parte de Gendarmería, ni la intención de liberar a un pueblo oprimido de sus opresores puede justificar la violencia criminal y terrorista. 

Así, un periodismo que busca –objetiva o subjetivamente– exculpar a un terrorista de sus crímenes y enmarcar el problema como si fuera una víctima de atropellos sistemáticos del Estado, no sólo no es neutral sino que busca desinformar a la población presentando una visión particular como si fuera la verdad absoluta. Esto podría ser entendible si la investigación de su responsabilidad estuviera aún en curso, sin embargo, el “Comandante Ramiro” ha sido condenado en Chile y en Brasil por crímenes de alta gravedad y en estos momentos se encuentra privado de libertad cumpliendo las penas dictaminadas por la Justicia. Un periodismo objetivo y profesional presentaría a Mauricio Hernández Norambuena como lo que es, un ex militante del FPMR, condenado por delitos terroristas en Chile y el extranjero, por los cuales se encuentra privado de libertad.

Los medios de comunicación, cuando informan responsablemente, con criterios profesionales, y buscando la verdad periodística, hacen una contribución ineludible al bien común, la cual es el fundamento de la libertad de prensa. Sin embargo, como todo en la vida humana, pueden ser usados para el bien como para el mal, de manera que si un medio actúa irresponsablemente, contribuye al “mal común”. 

Los medios de comunicación también pueden usarse para bloquear a la comunidad y menoscabar el bien integral de las personas alienándolas, marginándolas o aislándolas; arrastrándolas hacia comunidades perversas organizadas alrededor de valores falsos y destructivos; favoreciendo la hostilidad y el conflicto; criticando excesivamente a los demás y creando la mentalidad de ‘nosotros’ contra «ellos»; presentando lo que es soez y degradante con un aspecto atractivo e ignorando o ridiculizando lo que eleva y ennoblece. Pueden difundir noticias falsas y desinformación, favoreciendo la trivialidad y la banalidad”. (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. “Ética en las Comunicaciones Sociales”, 2000, N°13).

Esto es particularmente notorio en el caso que estamos comentando. Como señala el mismo documento, “incluso en países con sistemas democráticos”, es “frecuente” que políticos “manipulen la opinión pública a través de los medios de comunicación, en vez de promover una participación informada en los procesos políticos”. Al mismo tiempo, con “ciertas técnicas copiadas de la publicidad y de las relaciones públicas se despliegan en nombre de políticas que explotan a grupos particulares y violan los derechos fundamentales, incluso el derecho a la vida” (cf. Juan Pablo II, Evangelium vitae, 70), en este caso, de quienes han sido víctimas de los atentados y secuestros del FPMR. Como en el caso de La Red, hay veces en que “los medios de comunicación difunden el relativismo ético y el utilitarismo, que caracterizan la actual cultura de la muerte. Participan en la contemporánea ‘conjura contra la vida’ […]”. (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. “Ética en las Comunicaciones Sociales”, 2000, N°15).

Como recomendaciones a los periodistas que cubren actos terroristas, Eugenio Yáñez dice que “si las circunstancias lo permiten, se debe rechazar todo tipo de propaganda directa a los terroristas”, manteniendo un “juicio negativo acerca de los actos terrorista[s]” porque “[d]e lo que trata es de informar desde la perspectiva de la víctima, nunca desde la óptica del victimario, dejando en claro el sinsentido y el horror del terrorismo. Se debe dejar en claro que hay un inocente que sufre y un culpable que causa sufrimiento”. (Yáñez, Eugenio. Medios de Comunicación Social y Periodismo. Una mirada desde la ética. Centro de Estudios Bicentenario, 2007, p.60).

En síntesis, mostrar a alguien culpable de delitos terroristas –según nuestra Constitución son “por esencia contrario[s] a los derechos humanos” (Art.9°)– como un luchador social que es víctima del Estado de una violación sistemática a sus derechos humanos, no sólo es mal periodismo –poco ético y poco profesional–, sino que también es un intento de transformar la realidad a través del lenguaje, cuando el lenguaje es un medio para transmitir y comunicar la verdad. Por eso, no sólo no informa responsablemente a la población, sino que también minimiza la responsabilidad del condenado arguyendo que “combatía una dictadura” y que en la cárcel habría recibido vejámenes y malos tratos. Al mismo tiempo, ocultar parte de la verdad e informar de forma tendenciosa (desinformar) no contribuye al reencuentro de los chilenos en un momento de crispación como el que vivimos desde el estallido social y de violencia post 18-O, al mismo tiempo que dificulta el esclarecimiento de la verdad de los hechos ocurridos entre 1970 y los años 90 y nos aleja más de la reconciliación entre los chilenos. 

Todo esto es dañino contra un régimen democrático cuyos pilares discutiremos en la Convención Constitucional. Un periodismo libre y responsable, respetuoso de los derechos humanos, profesional y ético, al servicio de la verdad, es una columna fundamental del sistema democrático, y un periodismo poco ético que cae en “apologías de la violencia”, desprovee a los ciudadanos de información veraz y de calidad que les permita tomar decisiones adecuadas y tomar decisiones políticas, siempre teniendo en el horizonte la búsqueda del bien común social.