El diluvio: una historia jamás contada

Mauricio Riesco V. | Sección: Política

Es fácil entender que el bueno de Noé haya tenido sus recelos al echar dentro de su arca animales y aves de todas las especies conocidas pero, obediente él, cumplió la orden recibida.

Un pájaro le causaba especial preocupación: el carpintero. Él sabía muy bien que el instinto natural de aquel plumífero es hacer agujeros. Y siendo la nave de madera, con un carpintero suelto en su interior el riesgo no era menor. Antes de iniciar la travesía, también temerosos de alguna dificultad con el pajarito ese, los otros animales le plantearon su desconfianza al patriarca. El periplo, según los cálculos, duraría cerca de cuatro años; era largo y no poca la incertidumbre. Sabían que el pájaro era presumido, por eso algunos pensaban que sería menos peligroso satisfacer su vanidad ofreciéndole la capitanía del arca y evitar así que fuera picoteándola por todas partes. A otros les parecía arriesgado porque también le conocían un sistema nervioso algo agitado y siendo el volátil tan agrandado como era, resultaba una mezcla contraindicada para capitanear un barco. Finalmente, acordaron con Noé que para no poner en peligro el viaje, someterían el asunto a votación para elegir un buen capitán capaz de controlar situaciones difíciles durante la travesía; él, ya muy mayor, se sentía sin fuerzas para hacerlo.

Sabiendo que venían elecciones, el carpintero corrió donde los zorros que iban a bordo entre los que contaba con buenos operadores, y todos resolvieron presentarlo como candidato y emprender su campaña. Hecha finalmente la elección y terminado el recuento, para sorpresa de muchos el pájaro obtuvo el triunfo con algo más de la mitad de los votos; es que, bueno, hay que decirlo, su opositor parecía no tener las cualidades necesarias. Se trataba de un choroy manejado hábilmente por unos vampiros que subieron a la nave camuflados de palomas… y blancas, claro. Así, entonces, el pájaro carpintero tuvo que ser investido con el más alto cargo en la embarcación. Él, viendo la desconfianza reflejada en los rostros de muchos pasajeros, les dijo para tranquilizarlos que ya había capitaneado un barco de ese mismo calado en otra ocasión anterior y también lo había hecho maravillosamente bien en una travesía de cuatro años. Lo que el flamante capitán olvidó decirles fue que el mar en aquel tiempo estuvo siempre tranquilo, hubo buenos vientos, buenos remeros, no tuvo que afrontar tormentas ni, menos, diluvios, como todos esperaban que esta vez sí lo habría, según les había informado Noé. El hecho es que, estando ya todos embarcados, el patriarca, antes de retirarse a descansar a su cámara, cerró las puertas de la gran nave, entregó el bastón de mando al carpintero y en ese mismo instante comenzó a llover.

Luego de un corto tiempo de navegación en relativa calma, comenzaron los problemas. Llegaron las tormentas y los animales se intranquilizaban. El panorama no parecía muy auspicioso, y controlar la embarcación estaba siendo complicado, (hay quienes dicen que el capi temblequeaba cada vez que se acercaba al timón para luego devolverse sin tocarlo, con un bien disimulado pavor). Supo que entre los pasajeros de la barca había aves y animales odiosos que aprovechándose del mal tiempo y dirigidos por los vampiros ya sin disfraz, formaron bandas subversivas para desatar el caos en la nave y tomar ellos el poder. Ahí estaban los buitres, las hienas, los cuervos, chacales, jotes, gallinazos, coyotes, uno que otro animal despistado… y hasta el choroy las revolvía. La tormenta era cada vez más fuerte y el volátil ya no era capaz de ordenar ni a sus propios remeros, entre los que había unos cuantos que hacían su trabajo para el lado opuesto; mientras, los amotinados provocaban serios desmanes en el arca. Quemaban corrales, robaban alimentos, aullaban unos, rugían otros, ladraban, graznaban y bramaban como enajenados. El carpintero, asustado e incapaz de soportar la presión, resolvió esconderse en algún rincón de la barca sin dejarse ver; ésta ya navegaba a la deriva. Lo que no se supo a tiempo fue que el plumífero, nervioso como estaba, no había dejado de hacer hoyos a escondidas para aplacar su angustia, era una forma de dar palos de ciego, y el barco empezaba a hacer agua.

Ante la debacle general, aterrado por las amenazas, el capitán tuvo que salir de su escondrijo para aceptar un petitorio de los amotinados que cambiaría el rumbo del barco. ¿Habrá habido alguien detrás que le daba las instrucciones? Muchos lo aseguraban así. Y, para rematar el cuadro, un murciélago enfermo que venía en el arca provocó una epidemia al interior con graves consecuencias.

El desenlace de aquella historia coincidió justo al cumplirse los cuatro años de aquella azarosa travesía; el arca finalmente no se hundió, pero no por falta de agujeros sino por término del diluvio y justo cuando arribaban a un lugar seguro para atracar. El pájaro, una vez que divisó tierra firme y antes que lo desplumaran, voló lejos a seguir en lo que sí sabía hacer, buscar nuevas “oportunidades”, al tiempo que estudiaba cómo arreglar su humedecido currículum por el que siempre se desveló. Pero ya ni sus zorros operadores creían en él. Desde entonces, vive con los reproches de su conciencia (dicen que entiende el concepto) y repudiado por quienes creyeron en su capacidad para conducir un barco. 

En el periplo se dio aquella moraleja que, en leguaje castizo aunque no el original, dice: “más que por el canto, por sus ‘evacuaciones’ se conoce el pájaro”.