Delgado, ¿embajador o ministro?
Gonzalo Rojas S. | Sección: Política

El presidente Piñera le ha encargado a su nuevo Ministro del Interior, el ex alcalde Rodrigo Delgado, que despliegue el diálogo con las diversas fuerzas políticas, lo que incluye a las oposiciones de izquierda.
Ese mandato es obvio, es lo propio del comportamiento democrático: casi no hace falta recordárselo al jefe del gabinete.
¿Por qué, entonces, el presidente ha insistido en esa tarea?
Muy simple. Porque ha tratado de distinguirse del comportamiento de las izquierdas duras, intentando colocar la imagen de su gobierno en la vereda de la civilidad. Pero el presidente lee mal el escenario, una vez más. Ya es muy tarde, ya no es posible esa concordia entre los contrarios.
Lo que ha sucedido en los últimos treces meses es que, dentro de la democracia formal, las izquierdas han instalado la lógica del enfrentamiento, del conflicto agudo. Y, con excepción de los primeros días posteriores al 18 de octubre, después de una primera reacción, el gobierno de Piñera nunca ha entendido que “en la guerra, como en la guerra”, y ha seguido actuando como si estuviéramos jugando el juego democrático con paz y amor.
Y no es así. La izquierda rupturista instaló el conflicto como coordenada única de la vida política. Experiencia tiene. Lo había hecho desde diciembre de 1971 (visita de Castro a Chile y marcha de las cacerolas) desde su propio Gobierno, y ahora lo ha practicado desde una oposición desenfrenada, que sólo se valida a sí misma en la aceleración del conflicto.
Apoyaron el 18 de octubre, inventaron la demanda constitucional, proyectaron un marzo sangriento, acusaron a Chadwick, Piñera, Mañalich y Pérez, hicieron silencio frente a la violencia, apoyaron la legislación contra la verdad histórica, propiciaron la destrucción de las AFP, cohonestaron la insurrección en La Araucanía, atacaron todo el control de la pandemia, intentaron aniquilar a Carabineros, forzaron un plebiscito inmoral…
Cuando el presidente Piñera renuncia a asumir que su gobierno está en medio de un escenario de enfrentamiento -y cree que aún es posible el diálogo- olvida el primer principio de la política práctica: trabajar a partir de la realidad de los hechos.
Si el ministro Delgado quiere durar en el cargo, lógico, tiene que ser el embajador de las izquierdas en el gobierno, practicando el diálogo con un adversario que lo utilizará sólo para terminar de derrotar al que considera su enemigo.
Pero si Delgado quiere servir a Chile, debe usar todos los instrumentos que la Constitución y la ley le otorgan para el resguardo del orden público; debe fortalecer al bloque gubernamental con las exigencias de lealtad propias de un momento agónico; y, finalmente, debe desplegar unas habilidades comunicacionales que develen los más agresivos propósitos de las izquierdas.
¿Polarización?
A estas alturas, es el simple reconocimiento de la agresión, del enfrentamiento, de la aguda confrontación de que ha sido objeto Chile por parte de las izquierdas.
A Piñera le quedan sólo 16 meses, y aunque este gobierno importa poco, Chile sí que importa mucho.




