¿Somos del primer mundo?
Antonio Correa | Sección: Familia, Política, Sociedad
Hace pocos días, el Registro Civil dio a conocer los registros de nacimientos del primer semestre de este 2016, señalando que el 73% de los niños nacen fuera del matrimonio –en 1970 eran el 30% y en 1997 el 40%–, es decir, 92.188 versus 34.733. Más del doble.
La evolución en Chile de las familias nucleares (aquellas compuestas por padre, madre e hijos), ha cambiado muchísimo en muy pocas décadas. Es así como, si el estado civil de casado representaba el 64% en 1990, descendió en 2009 –casi veinte puntos porcentuales– llegando a 46,7%. En el mismo periodo de tiempo, los convivientes han aumentado desde 6,1% a 15% y los solteros desde 11,9% a 18,2% (Encuesta Nacional Bicentenario, 2009).
En ocasiones este tema suele abordarse desde la perspectiva de las libertades individuales, así lo importante sería si los niños son reconocidos legalmente por sus padres y no si nacen o no en un matrimonio –al fin y al cabo, el Estado no podría imponer un estilo de vida determinado a la ciudadanía–. Pero ¿No hay acaso más bienes en juego en las relaciones familiares que la libertad de los cónyuges?
Sin duda, la estabilidad del matrimonio es promovida no sólo en miras de los contrayentes, sino que principalmente en función de los hijos. Y si bien el desarrollo de los hijos necesita de un apoyo material, reducirlo a eso significaría cercenar la relación entre padres e hijos. ¿No es acaso el ambiente en donde crecen nuestros hijos un factor determinante para su desarrollo? Si la respuesta es afirmativa, se hace difícil negar la importancia que la estabilidad juega en ese ambiente y la necesidad de cuestionarnos si hemos de promoverla como un bien social.
Algunas investigaciones, como Fragile Families and Child Wellbeing Study de la Universidad de Princeton, dan cuenta de los efectos positivos de las uniones biparentales, especialmente las matrimoniales, tanto en los propios cónyuges como en los hijos. En definitiva, incentivar a través de políticas públicas la estabilidad familiar, no es un simple capricho moralista o conservador, sino que una genuina preocupación política y social.
Alguno, al enterarse de estas cifras, infló el pecho, porque nos “acercaríamos” a las cifras de países desarrollados, pero la media en europea rodea sólo el 39%, mucho menos que en nuestro país. Por otra parte, en Estados Unidos, un presidente no precisamente conservador como Obama, ha mostrado preocupación porque en dicho país la cifra ha superado el 40%. Él mismo mandatario señaló, respecto de los hijos que crecen sin un padre, que es más probable que éstos dejen el colegio en relación a quienes sí tuvieron la posibilidad de tenerlo.
Quizás, estas cifras son una buena oportunidad para comenzar a discutir si es posible y necesario apoyar a las familias en nuestro país. Mirando la realidad comparada, más que alegrarnos, sería bueno empezar la reflexión lo antes posible.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera.




