Horrores del socialismo: los campos de trabajo forzado en China

Gastón Escudero Poblete | Sección: Historia, Política, Sociedad

#05-foto-1La descripción de los horrores del socialismo es, estimado lector, una tarea de nunca acabar. En el artículo publicado en esta tribuna el 2 de abril recién pasado relaté la hambruna en China provocada por “El Gran Salto Adelante” de Mao Tse-Tung. Esta vez me referiré a otro horror cuya dimensión no es menor a aquel.

Recién establecido el régimen comunista chino, en 1949, se creó un sistema de cárceles destinado a someter a los disidentes, el cual aún existe. Se llama “laogai”, que traducido al castellano es algo así como “reeducación a través del trabajo”, y su misión, al menos hasta 1965, era doblegar mediante trabajo forzado a quienes se resistieran a aceptar el socialismo. El proceso constaba de dos etapas: en la primera, el disidente era encarcelado en un centro de detención en donde se le sometía a una instrucción que terminaba con una confesión seguida de la respectiva condena; en la segunda, el ahora condenado era enviado a un campo de trabajo por el tiempo establecido en la condena. Veamos en detalle.

El objetivo de la instrucción era que el detenido reconociera y confesara su “crimen”. Para ello, se le exigía primeramente explicar la razón de su arresto y redactar su acta de acusación. Si cuestionaba la justicia de su detención, empeoraba su situación pues se consideraba una demostración de su perseverancia en el crimen, esto es, su actitud anti revolucionaria; la lógica consistía en que el arrestado no era detenido por ser culpable, sino que era culpable por haber sido detenido. Y para que “entendiera” la naturaleza de su crimen, se le sometía a un régimen de estudio con lecturas de documentos formativos (obras marxistas) en sesiones en que no se le permitía caminar, levantarse, hablar y a veces incluso dormir. El estudio era alternado con actos públicos ‒es decir, frente a sus compañeros‒ de confesión de los “pecados” con su respectivo arrepentimiento y discusiones en grupo referidas a enseñanzas “morales”. De esta manera, “el prisionero aprende muy rápido a hablar en forma de consignas que no comprometen a nada. El peligro, evidentemente, reside en que puede terminar pensando solo mediante consignas. La mayoría sucumbe al peligro”, ha relatado un sobreviviente.

Como había que anular la voluntad del detenido, el estudio era reforzado con “recursos” que minaran su resistencia moral: alimentación insuficiente, ocupación completa del tiempo, ausencia de intimidad (celdas atiborradas, camas grupales, luz encendida durante la noche), imposibilidad de expresar puntos de vista propios. Graficando esto, otro sobreviviente recuerda: “La falta de alimento estaba admirablemente estudiada: nos daban lo suficiente para mantenernos vivos, pero nunca lo suficiente para que olvidásemos nuestra hambre… Seis meses después de mi arresto, mi vientre estaba completamente hundido, y empezaba a atener las articulaciones magulladas de forma característica por el simple contacto del cuerpo con la cama comunitaria. La piel de mis nalgas colgaba como los senos de una mujer vieja. Mi vista se nublaba, y perdía mi capacidad de concentración”.

#05-foto-2Si bien en el proceso no se podía usar la fuerza física contra el acusado, se usaban otras formas de violencia. Por ejemplo, el encierro en calabozos sin calefacción ni ventilación, estrechos al punto de que el preso no podía recostarse y en donde solía estar encadenado o con esposas en las manos, haciendo casi imposible la comida y la higiene. “El prisionero, reducido a estado de animal, hambriento, perece la mayoría de las veces si la sanción se prolonga más allá de ocho días”. Otro recurso para quebrar la resistencia del detenido eran las denuncias en su contra obtenidas de su entorno familiar y social, las cuales se obtenían mediante coacción o de forma espontánea mediante buzones que existían para tal efecto en las calles de las ciudades: “Entre aquellos cientos de páginas había formularios de denuncia rellenados por colegas, amigos y toda clase de gentes a las que solo había visto una vez o dos (…) ‒¡cuántas personas me habían traicionado, personas a las que yo había otorgado mi confianza sin reserva!‒”.

El proceso de instrucción terminaba con la redacción del reconocimiento de la culpabilidad. Éste debía contener hechos reales pero interpretados de manera que constituyeran una oposición consciente al sistema político, de modo que resultara creíble para el propio prisionero. Por ejemplo, “mencionar en una carta al extranjero la disminución de las raciones de grano en Shangai en la época del Gran Salto Adelante se convierte en prueba de espionaje ‒a pesar de que esas cifras se publicaban en la prensa oficial y eran conocidas por toda la comunidad extranjera de la ciudad‒”.

Hecha la confesión, se pronunciaba la condena y comenzaba la segunda etapa: el condenado era enviado a un campo de trabajo que podía ser una mina, una granja o una fábrica estatal. En general el régimen era muy parecido al de los centros de detención. Con dos comidas ligeras al día, el prisionero debía trabajar al menos doce horas (una sobreviviente reciente ha dicho que a veces la jornada va de las 7 de la mañana a las 12 de la noche) sin días de descanso. “La ropa es muy insuficiente: se lleva muchas veces durante años lo que uno llevaba encima en el momento del arresto… el reglamento no prevé más que la entrega de una prenda interior al año”. La ración alimentaria consistía, a lo más, en medio kilo de grano al día, por lo que los presos se veían obligados a cazar animales pequeños, como ratas.

En 1966 el sistema comenzó a cambiar: los disidentes fueron juntados con detenidos por delitos comunes, el aparato penitenciario relajó el control, se perdió en cierta medida el respeto a la jerarquía y los funcionarios se fueron acostumbrando al uso de la violencia. Más tarde el sistema adquirió una orientación económica: la “conversión” del prisionero fue desplazada por lo que éste produjera con su trabajo. Los dirigentes chinos, al parecer, descubrieron que la masa de presos en los laogai constituía una fuente de mano de obra gratuita sobre la que se podía construir una ventaja competitiva en una economía globalizada.

Uno de los pocos testimonios del laogai es el de Harry Wu (adaptación de Wu Hongda, su nombre original). Pasó 19 años en prisión sin ser juzgado o acusado formalmente. Fue liberado en 1979 y en 1985 huyó de China huyó para radicarse en Estados Unidos. En 1992 publicó el libro “Vientos Amargos”, en el que narra su experiencia como prisionero. Ese mismo año creó la Laogai Research Foundation (www.laogai.org) cuya misión es dar a conocer esta realidad y en 2008 creó también el Museo Laogai (www.laogaimuseum.org), en Washington.

En una entrevista concedida en 2008 al diario El País, de Nicaragua, Wu afirma que la función del laogai es “usar a los prisioneros como fuerza barata de trabajo, incluso gratuita, en manos del Partido Comunista, y reformar a los reos a través del trabajo duro y el adoctrinamiento político.  Aunque el gobierno chino sostiene que los productos de los campos del laogai no se exportan, en la práctica sí, puesto que las empresas de laogai venden los productos  a una compañía de comercio estatal, la cual a su vez los vende al extranjero”. En cuanto a la cantidad de personas presas, sostiene que es imposible saberlo, pero que “hoy rondará los 3 o 4 millones, y si bien tampoco sabemos el número de muertos, por inanición, enfermedad, palizas o frío, no bajará de los 37 millones”. Agrega que hay al menos 1.045 laogai, en contraste con la información oficial del gobierno de 320 campos y 500 mil internos.

La cadena de TV por satélite Al Jazeera realizó un documental titulado “Esclavitud. Un mal del siglo XXI”, sobre el sistema laogai (se puede ver en www.youtube.com/watch?v=SFZIEmsgGzs). Confirmando lo dicho por Wu, en el documental se muestra que muchos bienes que se consumen masivamente hoy en occidente provienen de esos campos, como pantuflas con la forma de la cara de Homero Simpson, luces de adorno navideño, cámaras de video, pelucas, camisas, juguetes, etc. Así que, estimado lector, es muy probable que algunos de los productos que usted y yo usamos cotidianamente provengan de esas prisiones.

En noviembre de 2013 la Asamblea Nacional Popular china, órgano que detenta el poder legislativo, anunció la abolición del sistema laogai, al menos en algunas provincias, pero se ha habido que siguen funcionando. En el reportaje de Al Jazzera una periodista se hace pasar por un cliente inglés interesado en comprar productos a una fábrica textil “laogai” inquiriendo información por teléfono al gerente de la empresa, y este le dice que se subcontratan servicios con 26 fábricas-prisiones y le explica sin complejos cómo los prisioneros elaboran los productos.

En conclusión, el socialismo chino de hoy es peor que el capitalismo liberal del siglo XIX que se aplicó en los países industriales de occidente, pues obliga a personas a trabajar gratis en condiciones infrahumanas y por un tiempo arbitrariamente determinado. Algunas logran sobrevivir, pero las menos afortunadas mueren antes de cumplir la condena producto del agotamiento, las enfermedades o la deficiente alimentación, situación que, se podría suponer, constituiría el límite de la perversidad del comunismo chino. Lamentablemente no es así, estimado lector; ponga atención, porque el socialismo se solaza superando sus propios límites y lo que voy a relatar a continuación es de aquellas situaciones a las que bien se puede aplicar el dicho “la realidad supera la ficción”.

Existe una exposición itinerante de cuerpos humanos disecados llamada “Bodies: The Exhibition”. Fue inaugurada al público en 2005 y pertenece a la empresa Premier Exhibitions, dueña de otras exposiciones además de esta. La muestra consiste en la presentación de veinte cadáveres de forma que el público puede apreciar en vivo la estructura del cuerpo humano. La preservación de los tejidos es lograda mediante un proceso llamado “plastinación”, que consiste en reemplazar el agua y la grasa de las células por acetona y plásticos. Por lo que se puede ver en internet, la exposición de los cuerpos es hecha a modo de espectáculo y muestra científica a la vez. Algunos están colocados en posición de movimiento y son acompañados por muestras más pequeñas, como un intestino, arterias y venas, un pulmón de un adulto contaminado por el tabaco y un pulmón contaminado de un feto. Una sección contiene fetos en distintos estados de desarrollo.

#05-foto-3Según Premier los cuerpos fueron donados por la policía china y corresponden a personas cuyos cadáveres nunca fueron reclamados. Dos reportajes periodísticos realizados para New York Times y el canal ABC, en 2006 y 2008 respectivamente (se pueden ver en youtube), han sugerido que esa información es falsa y que los cuerpos fueron adquiridos por la policía a bajo costo, dando a entender que podrían provenir de laogais. En reacción, Premier declaró en 2008 en su página web que los restos corresponden a “ciudadanos o residentes que fueron originalmente recibidos por el Departamento de Policía de China”, y que “no puede verificar que no pertenecían a personas ejecutadas mientras estaban encarceladas en prisiones chinas”. Pero en la entrevista mencionada más arriba, a Wu se le pregunta: “¿Cómo es posible que en China existan 13.000 trasplantes de órganos al año si no hay donaciones?”, y responde afirmando que “de esos 13.000 trasplantes, el 95% procede de prisioneros (de los laogai) ejecutados. Nuestra Fundación estima que cada año existen entre 8.000 y 10.000 aniquilados en los campos de trabajo. La farsa llega tan lejos que la exposición conocida como Bodies, que exhibe las entrañas de los cuerpos humanos, se componía de cadáveres de ciudadanos chinos… Una de las exhibiciones fue en Rosslyn (afueras de Washington). Yo la vi. Y comprobé que eran todos chinos jóvenes y varones”. El sistema, después de quitarles a las personas sus almas, vende sus cuerpos.

Las palabras de Wu son fuertes pero él no ofrece pruebas. Sin embargo, si usted, estimado lector, ve las fotos que aparecen en la página web de Premier (puede consultar también http://www.humanbodies.eu), comprobará que los ojos tienen rasgos orientales y, si tenía dudas, ahora le empezará a creer a Wu. Pero le sugiero que no lo haga: los horrores del socialismo nos pueden ofrecer imágenes que no debieran existir.