En defensa de la verdad histórica

Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Historia, Política, Sociedad

#01 foto 1 autorDurante el mandato de la anterior directiva de la UDI, el secretario general de la juventud, Ricardo Neumann, emitió una declaración a raíz del Once de septiembre. Su contenido causó mucho dolor y molestia entre numerosas personas, ante las que me comprometí a redactar un documento sobre la materia.

Espero que el siguiente texto contribuya a la defensa de la verdad histórica.

 

  1. El debate sobre la Historia

Hasta hace pocos años atrás, los debates sobre nuestra Historia reciente mostraban que los militantes y simpatizantes de la UDI defendíamos unánimemente la legitimidad del Pronunciamiento militar del Once de septiembre de 1973 a partir del Derecho de rebelión, sosteníamos la grandeza de la construcción constitucional, social y económica del gobierno del presidente Augusto Pinochet U., y explicábamos los problemas de subversión terrorista y de represión (legítima en algunos casos e ilegítima en otros) mostrándolos como fenómenos mutuamente dependientes.

Por razones que corresponde analizar en otra oportunidad –y que en algunos casos tocan la intimidad de las conciencias– comenzaron a producirse declaraciones de importantes dirigentes de la UDI que rompieron esa unidad y que afectaron a uno o más de esos tres elementos cuya interpretación compartíamos por décadas Muy significativos al respecto fueron los planteamientos de Joaquín Lavín y de Andrés Chadwick.

Por cierto, no se trataba de algo ilegítimo, pero si gravemente imprudente.

Imprudente, primero, porque miles de militantes y simpatizantes de la UDI –entre ellos gran parte de sus fundadores– o habían trabajado para el gobierno del Presidente Pinochet o lo habíamos apoyado desde variadas instancias sociales; imprudente, también, porque afectaba directamente a la vida y obra de Jaime Guzmán, gestor de muy importantes iniciativas y colaborador incansable de aquel gobierno en numerosas facetas; imprudente, por último, porque la legitimidad de las revisiones históricas está entregada a los especialistas, a quienes conocen las fuentes, tienen metodología adecuada para trabajar con ellas e independencia para matizar o incluso sugerir cambios de enfoque.

Y si se argumenta que no estamos hablando de Historia académica, sino de historia (con minúsculas) para la Política, entonces se debiera haber tenido el buen sentido y la honradez de reconocer que esos cambios no estaban inspirados en un sentido de la verdad histórica, sino en un propósito de conveniencia electoral o de satisfacción de cierta opinión pública.

Por eso, habiendo entrado en los últimos años de modo imprudente en un clima revisionista, no llamó la atención que una de las candidaturas en la elección para la Presidencia de la UDI del año pasado –postulación efectivamente electa– anunciara que podría ser conveniente revisar las afirmaciones históricas contenidas en la Declaración de Principios del partido. De nuevo, eso no tiene nada de ilegítimo en sí mismo, pero en el clima descrito, el anuncio no daba señales de prudencia, ni tampoco de seriedad, porque no se proponía que una eventual revisión quedase en manos de historiadores profesionales.

Los meses de ejercicio de la nueva mesa directiva fueron pasando sin que hubiera señales respecto de esa revisión histórica. Así fue hasta el mismo 11 de septiembre del 2014, fecha en la cual el Secretario general de la Juventud de la UDI, Ricardo Neumann, emitió a título personal una declaración cuyo contenido fue completamente compartido por todos los miembros de la mesa directiva de la Juventud nacional, según sus propias palabras al suscrito. El texto de Neumann, del que nos hacemos cargo en el cuerpo de este documento, no parece haber interesado públicamente a la Directiva nacional adulta del Partido. Si hubo o no alguna relación entre esta directiva y el planteamiento de los jóvenes, es cuestión ignorada. Pero el clima de imprudencia se había venido gestando y quizás con eso bastaba para que un texto como el de Neumann –único en la historia de la UDI– pasara sin mayores críticas o reproches.

 

  1. El tono del documento de Ricardo Neumann

Para entender la gravedad de lo que se ha declarado en el nombre de la Juventud de la UDI, iremos haciendo las citas respectivas, de modo de poder explicar lo inadecuado de su tono y los significativos errores que contiene el texto.

El autor afirma que “las nuevas generaciones de la UDI queremos aprovechar la oportunidad de abordar de manera más objetiva esta historia reciente que tanto dolor y división ha generado en nuestro país” y agrega que “dicha condensación histórica –por lado y lado–, no ha sido lo suficientemente objetiva y justa para permitirnos avanzar”. Sin quererlo, obviamente, ha sugerido Neumann que todos los que hemos trabajado en estudiar este período de la historia no hemos sido suficientemente objetivos, aunque hayamos dedicado décadas a esa tarea. Empareja además todos nuestros honrados esfuerzos de investigación con la mirada ideologizada y carente de fundamentación rigurosa que proviene de buena parte de la ensayística marxista.

El inadecuado tono del autor tiene que ver también con algunos de los términos que utiliza: se refiere al “régimen militar de Augusto Pinochet” al que adjudica “todos los elementos necesarios para llamarla –sin más eufemismos– una dictadura”. Cuán lejano está ese lenguaje del modo respetuoso y afectuoso con que solíamos referirnos al Gobierno de las Fuerzas Armadas y de Orden, a la Presidencia del General Augusto Pinochet, al régimen cívico-militar, etc.; y cuán cercano o idéntico resulta con el lenguaje denigrante de la izquierda.

Se suma también en esta dimensión meramente afectiva, un párrafo de especial gravedad. Afirma el autor –y los destacados son suyos– que “hoy también queremos decir con fuerza que NO HAY CONTEXTO ALGUNO que justifique la violación a los Derechos Humanos que se produjeron con posterioridad en el régimen de Pinochet. Hoy queremos dar una señal de consecuencia hacia la protección y promoción de la dignidad humana y sus derechos de manera INCONDICIONAL, sin justificaciones económicas, institucionales o históricas”.

La ofensa implícita es grave: otros, dentro de UDI, habrían puesto condiciones a la protección y promoción de la dignidad humana y habrían justificado la violación de derechos por bajas razones. ¿Quiénes, cuándo, dónde? Eso no le importa al autor; lo que le interesa es marcar un tono de superioridad moral frente a unos sujetos supuestamente fracturados por la inconsecuencia, sujetos a los que el autor no identifica y cuyos supuestas justificaciones no documenta. Eso no se hace.

Finalmente, no deja de ser tragicómico que el autor haya querido recurrir a Nicanor Parra para explicar la historia de Chile. “Habiendo celebrado de manera reciente los 100 años de edad de Don Nicanor Parra, quisiéramos tener como base de nuestras declaraciones una breve cita que nos plantea la más grande de las interrogantes a resolver para avanzar en el tratamiento de este tema: ‘Por una parte es un salvador, si no fuera por Pinochet estaríamos como Cuba. Eso es un hecho. Pero enseguida las atrocidades que se cometieron. Uno quisiera un salvador sin atrocidades. ¿Cómo junta uno las dos cosas? La atrocidad con una operación de salvataje…’.”.

Graciosa referencia, porque no resulta el vate hombre muy serio en los menesteres de interpretación histórica, pero trágica al fin, porque estando fácilmente disponible la explicación de Jaime Guzmán sobre pronunciamiento y abusos, el tono revisionista de Neumann lo lleva a dejar de lado al fundador de la UDI para apoyar sus afirmaciones en la apreciación de un ídolo de nuestros adversarios. Para Neumann, mejor Parra que Guzmán.

 

  1. Los errores y las contradicciones del documento

En el acápite de los errores en los que se incurre en el documento, el primero ha sido ya muy repetido y a pesar de que se ha argumentado para denunciarlo, se persevera frívolamente en su difusión. Afirma Neumann que “a partir de la conmemoración del 11 de septiembre de 1973 y aprovechando una natural ‘distancia generacional’ a los hechos ocurridos en nuestro país desde fines de los años 60, las nuevas generaciones de la UDI queremos aprovechar la oportunidad de abordar…”. Una y otra vez se ha insistido en que el trabajo de interpretación histórica sólo es facilitado por el paso del tiempo en la medida en que se aportan nuevas fuentes o una nueva interpretación de las mismas, pero que en nada ayuda la llamada distancia generacional por sí sola. Si la cercanía puede perjudicar afectivamente, la distancia lo hace de modo simétrico. En ambos casos, lo que debe importar no es el tiempo transcurrido, sino las fuentes disponibles y la metodología empleada. Nada de eso le interesa a Neumann, sino sólo invocar una supuesta superioridad por el simple paso del tiempo.

No sabemos qué trabajos históricos le han permitido a Neumann afirmar lo que sigue, pero desde nuestro propio estudio podemos sostener que es un grave error de interpretación. Nos dice el autor del documento que “creemos que es importante reconocer que la acción de las Fuerzas Armadas, pese a ser solicitada por un amplio rango de posturas políticas y movimientos sociales de la época, derivó sin duda en un régimen autoritario con limitación de ciertas libertades individuales que consideramos fundamentales para la vida en sociedad. Queremos ser muy claros en la profunda condena a estos hechos.”. Yerra Neumann al olvidar en este párrafo –aunque en otra parte del texto lo traiga a colación– que muchas de esas libertades habían sido gravemente conculcadas de hecho y de derecho por el gobierno de Allende, lo que había sido reiteradamente destacado por los otros poderes del Estado; yerra también al condenar “esos hechos” sin especificarlos. ¿Cuáles? ¿La disolución de los partidos marxistas? ¿El receso de los restantes partidos? ¿El control gubernamental de las reuniones? ¿La detención de los jerarcas de la UP? ¿La intervención de las universidades? ¿Cuáles son los hechos condenables y porqué? Una condena genérica, retórica, es un error histórico básico.

A partir del error anterior, el autor del documento se vuelve a equivocar –esta vez de manera grave– al sostener que “el régimen de Pinochet, pese a que detuvo el avance de una ideología socialista totalitaria que terminaría con la libertad de nuestro país y nos dejaría ‘como Cuba’ –ocupando la alusión de Parra–, generó una serie de violaciones reiteradas y sostenidas a la dignidad de las personas, contando con todos los elementos necesarios para llamarla –sin más eufemismos– una dictadura.”. Múltiples son los errores que incluye esta afirmación destacada en negritas por Neumann: Las violaciones a los derechos humanos no fueron jamás política de un régimen que las condenó reiteradamente y destituyó y castigó a algunos de sus hechores; las violaciones supuestamente reiteradas y sostenidas son una imagen completamente falsa, contradicha por el clima diario de creciente recuperación de las libertades efectivas que se vivió gradualmente desde la normalización de 1975 en adelante; en paralelo, no hay una palabra –craso error por omisión– sobre las violaciones perpetradas por el terrorismo y la subversión a derechos humanos básicos de otros chilenos; finalmente, el autor ignora la multiplicidad de centros de poder legítimos y formalizados que contrastaban y limitaban el poder del Gobierno de las Fuerzas Armadas o porque subsistieron después de septiembre de 1973 o porque el mismo régimen los generó para tener un contrapeso. Algunos de esos poderes han pedido perdón en los últimos años porque “pudiendo haber hecho más” dicen, no lo hicieron. O sea, tenían posibilidades reales de acrecentar su influencia, algo absolutamente imposible en una dictadura… sin eufemismos.

Finalmente, es un error también reprocharle a “una serie de representantes jóvenes de ciertos partidos, que rasgan vestiduras con los atropellos producidos durante el gobierno militar, pero guardan silencio en relación al asesinato de Jaime Guzmán o a las violaciones a los DDHH que en la actualidad se producen en países como Cuba, Venezuela o Norcorea”. Ese no es el punto; el punto es que aquellos jóvenes políticos cohonestan con su silencio o con sus mentiras la deformación de la historia reciente de Chile, al callar o justificar lo que sus mayores –militantes de sus mismos partidos y movimientos– hicieron antes y después de septiembre de 1973 al utilizar la vía armada revolucionaria, terrorista y subversiva. Poco importan Cuba, Venezuela o Norcorea al lado de esa omisión sobre el pasado del propio Chile, que es el motivo de análisis de Neumann.

Además, el autor sostiene que “no podemos pretender mirar el futuro en unidad, de manera sana y constructiva, sin antes reconocer y decantar en el tapete de la historia una serie de sucesos que nos llevaron al quiebre institucional el día 11 de septiembre de 1973 junto a los acontecimientos que posteriormente se desarrollaron en el régimen militar de Augusto Pinochet”, y después afirma que “la profunda crisis política, social y económica que vivía Chile en el gobierno de Salvador Allende, junto con sus atropellos a la institucionalidad, reconocidos en registros y denuncias oficiales –tanto del poder legislativo como del poder judicial de la época–, nos pueden hacer entender la necesidad del actuar de las Fuerzas Armadas el año 73”. Todo eso está muy bien, y debió ser usado por el autor para vincularlo con el post 11. Pero no sucede así.

Por eso, no logra Neumann hacerse cargo de que esa crisis no terminó el día 11 de septiembre de 1973 de modo instantáneo y “como por arte de pronunciamiento”, sino que hubo que enfrentar a miles de militantes de los partidos de izquierda –chilenos y extranjeros– armados y combativos. Por eso desconoce la gravedad continuada de la situación durante meses, amenaza perfectamente documentada en numerosas obras de investigación histórica y avaladas por palabras tan poco sospechosas de parcialidad militarista como las de Frei Montalva y Aylwin Azócar. Implícitamente desconoce u olvida esa situación y por eso le parece que toda represión fue criminal. Si tuviera algo de sentido histórico concreto, podría haber distinguido entre acciones legítimas de represión, acciones dudosas, e indudables violaciones de derechos de las personas. Pero no lo hace.

Por eso, a continuación es manifiestamente frívolo para afirmar y preguntarse: “Creemos que las palabras de Parra no hacen más que reconocer que no hay atrocidad que se justifique, por muy grande que sea el salvataje… Finalmente ¿Con qué se queda la historia? ¿Con qué se queda la memoria? ¿Con qué se queda la cultura? La naturaleza humana siempre condenará los atropellos a la dignidad por sobre la justificación de salvatajes económicos, o sociales…”.

El uso de la retorica hizo que Neumann olvidara que la Historia se queda con la verdad, no con la versión falsa de la izquierda que Neumann asume; que la memoria se queda con la dramática experiencia de un país liberado del marxismo, no con los sentimientos que Neumann ha pedido prestados a la izquierda; que la cultura se queda con las coordenadas de libertad, responsabilidad, emprendimiento y servicio que el gobierno de las Fuerzas Armadas recuperó para los chilenos, no con una noción ideologizada y vinculada a un arte comprometido con la revolución que a Neumann parece simpatizarle. Por cierto, todos los atropellos a la dignidad humana son censurables y condenables uno a uno, y justamente por eso es tan loable la acción de un gobierno que hizo posible liberar a Chile de un sistemático y global aniquilamiento de los derechos de las personas como los que durante casi un siglo han practicado los gobiernos y organizaciones marxistas en el mundo. El contexto correcto es la dignidad recuperada, no la dignidad atropellada; sólo en el contexto correcto resultan censurables los crímenes específicos que desde el terrorismo y la represión se cometieron.

La siguiente afirmación de Ricardo Neumann resulta particularmente curiosa y, por cierto dolorosa. Para comentarla adecuadamente, la iremos trabajando por partes y vinculando párrafos distantes entre sí.

En primer lugar, el autor sostiene que “la dictadura militar, pese a haber dejado la base institucional que cimentó el desarrollo de Chile en los años posteriores, hubiera podido terminar en el más crudo de los corporativismos”. Más adelante es más explícito, afirmando que se consiguió “un marco jurídico, político, económico e institucional”.

La posibilidad corporativista no concretada importa poco en este análisis, pero sí tiene enorme valor la contradicción que exhibe Neumann en estas citas, porque llamar dictadura a un régimen al que se reconoce haber dejado un marco jurídico y una base institucional, es simplemente una torpeza semántica que sólo se explica por el afán de impactar con una frase fuerte. Quizás no se pensó lo que se decía.

A continuación el autor sostiene que esa institucionalidad se debió a “la intervención inteligente de figuras como la de nuestro fundador Jaime Guzmán”. Y poco más adelante agrega que “queremos ser efusivos en el reconocimiento político del valor de esas personas, que lucharon por el diseño de un país en libertad, de una sociedad responsable donde las dictaduras se terminan con votos y no con balas. Aquí recae gran parte del respeto que Chile debe a la figura de personajes como Jaime Guzmán”. Qué bien suenan estos párrafos, pero qué poco sensatos resultan. Jaime Guzmán y su gente trabajaron desde el primer día para el gobierno de las Fuerzas Armadas y lo hicieron –con interrupciones en el caso de Guzmán– durante buena parte de los dieciséis años y medio. El problema es que si Neumann cree que hubo una dictadura que violó sistemáticamente la dignidad humana –en algún momento inicial o en todo momento– Guzmán y su gente colaboraron con ella y no son merecedores de estos elogios. Y si el autor piensa que Guzmán y su gente llegaron en algún momento tardío a poner orden y desde entonces –¿desde cuándo?– le “dieron a la dictadura un marco jurídico, político, económico e institucional, que fijaron los límites de la eventual actuación abusiva que suelen tener los gobiernos de facto”, simplemente ignora la colaboración que desde el primer al último día se prestó a un proyecto institucionalizar que encabezó el propio Presidente Pinochet.

En el colmo de su confusión, Neumann afirma que “el ‘régimen del salvataje’ –como diría Parra– hubiera tenido consecuencias mucho peores de no ser por la influencia de una serie de intelectuales, economistas, juristas, militares y estudiosos, que injustamente denominados como ‘cómplices pasivos’ –y algunos incluso, injustamente condenados por la historia, la cultura o tribunales de la República…”.

Aquí hay dos cosas que no calzan. Por una parte ¿cómo es posible que una dictadura haya llamado a colaborar y permitido la acción influyente de todas esas personas –cientos, miles– lo que reconoce el autor permitió darle una nueva institucionalidad a Chile; las dictaduras simplemente no hacen eso: ni se les ocurre siquiera. Y, por otra, ahora aparecen en el texto unos sujetos injustamente tratados como ‘cómplices pasivos’, cuando el autor nos ha hablado antes de unas “violaciones reiteradas y sostenidas a la dignidad de las personas”, lo que haría efectivamente culpables a todos los que de cerca o de lejos formaron parte del Gobierno militar. O una cosa, o la otra.

No se debe dejar pasar, finalmente, una última afirmación. Neumann sostiene que “Jaime Guzmán en su oportunidad, al igual que nosotros a través de esta carta, condenó reiteradamente los sucesos que atentaran contra la dignidad humana”. Esa referencia falsea el verdadero enfoque de Jaime Guzmán, quien sostuvo que apoyó al régimen militar “aplicando los principios morales de una manera correcta y muy rigurosa dentro de la propia conciencia”, por lo que “cuando uno asume la necesidad de la acción bélica, sabe que van a derivarse hechos muy dolorosos que resultan inevitables, al mismo tiempo que van a ocurrir otros que son evitables”. Y agregó que tenía la seguridad “que si el gobierno militar no hubiese contado con el respaldo suficiente para mantenerse y hubiese sido derribado por sus adversarios, como procuraba la oposición, los derechos humanos se habrían visto incomparablemente más dañados en Chile”. (Fe y espiritualidad en sus escritos, 203-4) Ésa es la mirada completa de Guzmán; la que consigna Neumann es una parte valiosa, pero que resulta deformada sin la cita referida.

 

  1. ¿Un Propósito inducido?

La declaración del 11 de septiembre de 2014 de Ricardo Neumann termina con el siguiente párrafo: “Para finalizar, queremos luchar para que se exprese con aún más fuerza en la Declaración de Principios de nuestro partido, el respeto incondicional e irrestricto por la dignidad de la persona y los derechos que emanan de su naturaleza, sin justificaciones ni eufemismos, sin más contextualizaciones históricas de un periodo que debemos empezar a condenar para poder avanzar, de una vez por todas.”.

La Declaración de Principios de la UDI hoy vigente –en gran parte de factura del propio Jaime Guzmán con adiciones posteriores– es suficientemente clara al respecto y no hace ningunas “justificaciones” indebidas ni incurre en eufemismos. Ahí se lee: “De la dignidad espiritual y trascendente del ser humano emanan derechos inherentes a su naturaleza, anteriores y superiores al Estado”.

Sobre las contextualizaciones históricas a las que peyorativamente se refiere aquí Neumann, ya hemos mostrado más arriba las falencias que presenta ese concepto en el autor.

Pero sí aparece en este párrafo un punto nuevo, insinuado antes, pero esta vez expresado de modo explícito: la condena a todo un periodo. ¿A que periodo se refiere Neumann? ¿A todo el proceso 1964-1990? ¿Sólo al Gobierno militar entre 1973 y 1990? Si la condena está referida a lo primero, de nada le sirvió al autor entonces haber gastado varias páginas en intentar un supuesto análisis histórico: basta con que dijera “condeno todo lo sucedido entre 1964 y 1990”. Y si fuera lo segundo, ¿cómo podría conservarse el nombre y la identidad de un partido que desde ahora en adelante sería justamente lo contrario de lo que fue en esos años?

Sí, ciertamente la UDI avanzaría, de una vez por todas como quiere el autor, pero lo haría hasta una posición totalmente incompatible con la figura de su fundador, con sus mejores servidores públicos, con su memoria histórica y con el sentir de la inmensa mayoría de sus militantes. Sería el momento de dejarla irse sola al despeñadero. Por ahora, ojalá sirvan ojalá estas palabras para evitar ese eventual rumbo, tan torpe como torcido.

 

Santiago, 28 de abril de 2015.