La fatal tentación ideológica

Álvaro Pezoa Bissières | Sección: Política, Sociedad

#02-foto-1-autorChile parece estar enfrentando una fatal tentación ideológica, dejando de lado el más elemental sentido común. Fatal, porque puede llegar a echar por la borda los sacrificios realizados por millones de chilenos durante cuarenta años con el propósito de situar al país en el umbral del desarrollo económico. Sí, a pesar de todo aquello que aún falta por hacer y mejorar para que tal desarrollo sea mayor, alcance a cada compatriota y sea más justo e integral. Fatal, porque cierra las puertas al realismo y a la auténtica razón práctica que debe guiar la conducción del destino patrio, permitiendo reconocer aquello que se ha avanzado y, desde esa base, facilitar la adopción de decisiones adecuadas para consolidar los logros y corregir las falencias. Fatal, porque genera cerrazón, entorpece el diálogo verdadero y crispa los ánimos, es decir, divide. Fatal, porque busca imponer una concepción a priori del hombre y de la sociedad, que adolece de severas faltas de entendimiento antropológico.

Se trata, además, de una tentación perceptible por doquier. En los planteamientos sobre la reforma tributaria, en las propuestas gubernamentales respecto a cambios sustanciales en el campo de la educación, en las modificaciones que se pretende llevar a cabo en materia del derecho a la vida de las personas por nacer, en la forma de encarar la creciente violencia ilegal en La Araucanía, en los llamados a conformar una asamblea constituyente para efectuar modificaciones a la Constitución Política de la República, en el impulso que se está dando a la denominada “agenda de género” y más.

La mencionada tentación ideológica se manifiesta, cada vez más clara y frecuentemente, en las formas y en el lenguaje utilizado. Proliferan en ellos las “aplanadoras”, las “retroexcavadoras”, los “poderosos de siempre”, etc. En fin, se trata del lenguaje maniqueo tan propio de las ideologías omnicomprensivas que separa, sin matices ni contemplaciones, entre buenos y malos, entre iluminados y errados, entre abusadores y abusados, entre amigos y enemigos… Se trasunta así una dialéctica de la irrealidad luchando por imponerse a la verdad de los hechos. Más aún, se trata de ideas preconcebidas y, en cierto modo, abstraídas de la realidad intentando “crear” voluntaristamente una nueva realidad. El Chile de 2014 trae reminiscencias de un fenómeno que muchos estimaban superado y abandonado, por inconducente, al olvido. Recuerda esa gran rémora del siglo XX: la aspiración desenfrenada por  “construir” una sociedad nueva que diera cauce al advenimiento de un hombre también nuevo. Y, cómo no, liberado de todo mal gracias a la acción radical de una minoría esclarecida.

A diferencia del siglo pasado, donde el empeño ideológico-salvífico del hombre se encaminaba insoslayablemente a la esclavitud física del mismo, las más de las veces bajo un régimen del terror, en la actualidad éste se presenta con un rostro aparentemente menos amenazante, hasta amable. La acción política asociada a la visión ideológica contemporánea no parece materializarse –al menos, no necesariamente– en clamorosas pérdidas de libertad ciudadana o en masivas ocupaciones ilegales de propiedad privada, ni en el total control estatal de la economía. Casi ocurre lo contario, viene envuelta bajo un halo de derechos sociales fundamentales y libertades individuales irrestrictas. La tentación de hoy es todavía más seductora que la de antaño y, por lo mismo, tal vez más peligrosa. Apunta sus dardos más a la modificación del espíritu que de la materia, tornándose de este modo más imperceptible para quienes experimentan su influjo. Aunque fiel a su origen, casi con seguridad, no descuidará nunca a la segunda, la que más temprano que tarde recibirá los zarpazos provenientes de las garras de los iluminati. Al fin de cuentas, las transformaciones culturales no resultan ser nunca gratuitas. Y en ningún sentido.

Durante los últimos meses destacados personeros, desde diversas tribunas, han planteado preocupación sobre los derroteros por los que, con inusitada rapidez, ha ido transitando el debate público y el acontecer nacional. Esos llamados de atención han procedido tanto del ámbito laico como del religioso, del mundo empresarial y de las asociaciones gremiales de profesionales, de la esfera universitaria y de la prensa, de políticos opositores y también oficialistas. ¿Están todos ellos equivocados en sus percepciones? Resulta difícil pensar que así sea. Sin embargo, la situación lejos de cambiar de rumbo muestra indicios de agudizarse. Todo está anunciado en un programa (cosa verdadera) y éste debe cumplirse. Si la porfiada realidad no se ajusta al programa, mal para ella.

Dos hechos no pueden pasar desapercibidos para nadie en relación a este respecto. Los sucesos que están ocurriendo no son obra de la casualidad. Y quienes impulsan premeditadamente los mismos, están firmemente convencidos de la conveniencia de llevar adelante la misión a la que se sienten llamados. No querer ver esta realidad es una ingenuidad inexcusable para quien ejerce posiciones de autoridad. liderazgo o influencia social. A unos y a otros la historia los juzgará, según corresponda, por la responsabilidad que les quepa en que la Nación pueda continuar por sendas de fortalecimiento o tome finalmente caminos de desvaríos que posteriormente haya que lamentar.