Día del niño por nacer
Gonzalo Carrasco A. | Sección: Familia, Sociedad, Vida
El Día del Niño por Nacer se celebra todos los años el 25 de marzo y nuestro país no es la excepción. Es un día en el que se conmemora la vida desde la concepción hasta la salida del vientre materno, promoviendo de esta manera el respeto por los derechos durante aquellos nueve meses de vida intrauterina.
La campaña en Chile se comenzó a celebrar el 25 de marzo de 1999, aunque no todo ha sido fácil, ha sido una campaña ardua y larga para obtener el reconocimiento nacional de este día, juntando firmas, organizando reuniones culturales e interviniendo en el debate público.
Hoy en día existen muchos países que se han unido y se siguen sumando a la iniciativa y celebración de este día. Aunque Chile es el primer país que lo celebra siendo aprobado por “ley de la república”, con el título de “Día del niño por Nacer y de la Adopción”. Y este 25 de marzo próximo la celebración estará principalmente a cargo de ISFEM y Red por la Vida y la Familia.
En nuestro tiempo se hace urgente dirigir la pregunta sobre qué hacemos por la protección de la vida del que está por nacer en la sociedad actual. Es una pregunta dirigida al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la profundidad y gravedad de los atentados contra la vida. La celebración de este día 25 de marzo ayuda para que este hombre moderno, escéptico y que es hedonista a ratos, pueda reflexionar con extrema seriedad sobre las consecuencias que estos atentados tienen no solo para las vidas en particular, sino que para las naciones completas.
La conciencia colectiva de las sociedades tiende a hacer perder el carácter de delito de los atentados contra la vida y se asume irrisoriamente el carácter de “derecho”, hasta el punto de pretender con ello un reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de agentes sanitarios.
Pero la conciencia es siempre un sentimiento incómodo porque obliga a mirar la realidad sin el filtro de la mentira. Es esta conciencia la que obliga usar eufemismos como “interrupción del embarazo” que reemplazan el significado real del acto abortivo. Esconder la conciencia, dejarla en un estado de “eclipse” como ya se ha dicho por otros, es lo que hoy permite al hombre someter a sus semejantes y reducirlos al rango de cosa, como sucede con la legalización del aborto.
El hombre tiene una responsabilidad grave en cuanto a la relación con la vida propiamente humana. Una responsabilidad que alcanza su belleza máxima mediante la procreación en el matrimonio. Es probablemente la generación de un nuevo hijo el acto más humano que el hombre puede realizar.
El reconocimiento y celebración de aquel que está por nacer es una forma de despertar la conciencia, de reactivarla y de combatir el mal con el bien. Porque combatir el mal con el mal conduce a un círculo vicioso cada vez más estrecho. Este tipo de conmemoraciones nos ayudan a formar mejores palabras. Palabras que golpeen, que hieran. Palabras que hagan levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Así tal vez llegada la primavera podremos contemplar las flores de la esperanza, de la caridad y la vida.
El tedio, la celeridad y una rutina veloz, conectados a redes sociales pero desconectadas de la vida en sí misma nos ha alejado de la quietud. La noche, la oscuridad y el silencio que tanta contemplación pueden darnos han sido desterrados por completo de nuestras vidas.
Sin una profunda atención, un escritor no logrará escribir un libro, ni un poeta un poema, ni un científico podrá llevar a buen término una investigación. Pues también sin una profunda atención se diluyen las relaciones humanas, que están hechas solamente de amor, y el amor no es otra cosa que una forma de atención prolongada en el tiempo, que parte precisamente desde la concepción.
Pareciera que hoy todo lo que nos rodea nos invita a vivir teniendo en cuenta solamente dos entidades de nuestro organismo: el cerebro y el sexo. Y la entidad fundamental, el corazón, ha sucumbido a la marea del blablá mediático y “progresista”.
La exaltación del individualismo narcisista nos ha convencido de que estamos rodeados de grandes y bellos paisajes cuando, en verdad, no son más que engaños. Hoy nos encontramos en un callejón sin salida. El abandonarnos solamente a las veleidades del yo, como nos anima a hacer esta sociedad cínicamente materialista, es la mejor manera de encontrarnos atrapados en un mundo lleno de angustia y miedo.
Por eso hoy nos urge la necesidad de recordar que no somos solo materia; necesitamos incorporar también la belleza, el asombro y la humilde capacidad de emocionarnos. Y los días 25 de marzo suplen en cierta medida esta necesidad.
Se debe tener la claridad y la serenidad necesaria para percatarse de que la invitación de la sociedad actual es a no tener obligaciones, no tener vínculos, esta sería hoy la mejor manera para expresar la propia individualidad. Pero es una sugerencia perversa, propia del flautista de Hamelín; una insinuación que, en realidad, nos conduce al abismo.
La mujer contemporánea es una persona que ha ido poco a poco olvidando el sentimiento de la dulzura. La mujer que hoy es enmarcada de triunfadora y admirada por todos, ella es “y debe ser” únicamente la mujer guerrera. Pero la mujer guerrera vive, así, perseguida por una jauría de fantasmas: el fantasma del fracaso, del abandono, de la depresión, de no estar a la altura. Resisten por supuesto, y tal vez más que los hombres, pero cada vez más pérdidas, cada vez más en la niebla. La pregunta frente a la fuente de la dulzura es ¿Dónde ha quedado?
¿Y si, por el contrario, el instinto de maternidad fuese, en verdad, el origen de la extraordinaria fuerza que posea la mujer? ¿Y si la verdadera fuerza de la mujer residiera en su capacidad de albergar una vida, en aquel sentimiento de orgullo maternal que las hace valientes y dulces a la vez?




