Individualismo metódico

Gonzalo Letelier Widow | Sección: Sociedad

El problema con las verdades a medias no es lo que tienen de falso, sino la parte verdadera. Esa es la que engatusa, la que persuade y confunde. Los errores socialmente más funestos  suelen ser pequeñas verdades con delirios de grandeza, que se arrancan con los tarros y arrasan con todo en su camino.

Un ejemplo de esto es el razonamiento de quienes reducen las leyes de la ciudad a preceptos respaldados por la fuerza. Para ellos, en el fondo, todo fenómeno social es fuerza. Y claro; si nos esforzamos, veremos fuerza no sólo detrás del código penal, sino también detrás de todas las demás leyes civiles (las multas o el mismo proceso civil), detrás de las buenas costumbres sociales (reprobación social) y, por qué no, también detrás del abrazo de dos amigos o de un padre a su hijo (mal que mal, se aprietan, ¿no?).

Pero el reduccionismo que me interesa aquí es otro. Se trata de cierto tipo de individualismo que podríamos llamar “individualismo metódico”,  porque no propone una tesis sobre la realidad de las cosas o de los hombres, sino una particular manera de entenderlo e interpretarlo absolutamente todo.

Distingamos.

Un individualista “a secas” es alguien que sólo se preocupa de sí mismo y lo sabe. No niega que pueda haber generosidad o desinterés en el mundo, pero a él no le interesa. Es sencillamente egoísta.

El “individualista metódico”, en cambio, es uno que afirma que la generosidad y el altruismo, aunque deseables, lamentablemente son imposibles. Son ilusiones, disfraces del interés personal que es la única verdadera motivación humana. En último término, nos dice este personaje, todo lo que hacemos, lo hacemos para obtener un bien propio y personal y lo disfrazamos de generosidad para no parecer despreciables a nuestros propios ojos. Así, por ejemplo, trabajo para ganar plata u obtener satisfacciones personales, me relaciono con otros para obtener provecho, quiero a mis amigos porque gozo estando con ellos e incluso me sacrifico por aquellos que “amo” (entre comillas, porque no amo otra cosa que a mí) porque haciéndolo me siento bien (!). Ya Kant se admiraba de la capacidad que tiene la naturaleza para sacar ventajas útiles de las inclinaciones torcidas del hombre.

El error sería inofensivo sino fuera porque es el presupuesto indiscutido de todos los sistemas económicos liberales. En el fondo, se niega radicalmente toda gratuidad, no por indeseable, sino por imposible. El hombre es así y toda solidaridad, si no es directamente funesta, es simplemente ilusoria.

El problema de esta posición es que es irrefutable. No por verdadera, sino precisamente porque es metódica: ya antes de discutir se ha asumido que absolutamente todo fenómeno humano se debe ser explicado a partir del amor propio. Y como es (parte de la) verdad que en todos actos nos amamos a nosotros mismos, se concluye que no amamos otra cosa que a nosotros mismos. No parece posible negar que la madre que se sacrifica por sus hijos o el padre Damián de Veuster entre los leprosos de Molokai o Maximiliano Kolbe en Auschwitz hayan sentido una cierta satisfacción en la certeza de que eso que hacían era bueno. Pero de allí a decir que esa satisfacción es lo único que los movía… Y sin embargo, no hay manera de demostrar que no fuera así. Y no la hay porque es evidente, porque cada uno sabe por experiencia propia, y sólo por experiencia propia, que la renuncia y el amor gratuito son posibles, porque no consisten en dejar de querer mi propio bien, sino en decidir libremente ponerlo en el bien del otro, de manera que su bien sea el bien de ambos.

En síntesis, hay actos que es aberrante explicar en términos de conveniencia personal. No por imposible, sino porque es absurdo. Cualquier padre sabe cuán mal negocio es tener hijos (cuando empiezan a ser rentables, ya no los necesito, y, por otra parte, no hay tiempo que alcance para que paguen todo lo que se invierte en ellos). Con las debidas acrobacias argumentales, se podría llegar a defender esta idea; pero si fuera verdad, nadie tendría hijos. Es algo que sabe todo aquel que haya amado a alguien.

Pero quizás el problema más grave de esta tesis no es tanto que impide amar, sino que impide ser amado, porque indefectiblemente buscaré qué gana el otro haciendo mi bien. Todo lo grande es gratuito. Y lo más grande es el amor de aquel que desciende a la miseria del desvalido para rescatarlo, sin ganar nada en ello pero feliz de hacerlo. Es el amor del padre. Es el amor de Dios.