Sobre las comparaciones de valor entre pueblos

José Antonio Giménez | Sección: Sociedad

Me motivó a escribir esta entrada el comentario de un compatriota en un posteo de facebook, sosteniendo “como evidente” que los chilenos son más flojos que los alemanes. Entiendo que un chileno piense de este modo: así se ha hablado siempre en Chile de los alemanes, con admiración, como de un pueblo trabajador. Si bien es cierto que los alemanes han hecho conscientemente una promoción de esta imagen –y en mi patria viven muchos alemanes que se esfuerzan por ser vistos de este modo (una retórica que, para ser justos, va acompañada muchas veces de los hechos)–, los chilenos que viajan a Alemania o viven allí un tiempo vuelven con frecuencia a atestiguar esta tesis.

Así y todo, sostener que “los chilenos son más flojos que los alemanes” me parece un error. Mucho se puede decir del “espíritu” alemán y no soy yo precisamente el más indicado para dar razón de esto. Sin embargo, después de unos años de enfrentamiento e integración con los usos y costumbres de este país, algo se puede especular.

Hay muchas marcas distintivas del alemán, pero quiero poner de relieve aquí sólo una de ellas: su “sistematicidad”. Los “sistemas” –desde el Estado hasta el club de ajedrecistas– son comprendidos como estructuras que están “ahí ya dadas”, para que el individuo “desnudo” se vista de civilidad. Los sistemas, los clubs, las organizaciones, las formas, son la “condición de posibilidad” (a propósito, expresión elemental para el ideal alemán de la filosofía como “sistema”), el marco en el cual el individuo puede “aparecer” en sociedad.

Entender al individuo desde el sistema no es sin embargo la única manera de entender la organización social. El norteamericano pone un énfasis tal en la “capacidad de elegir del individuo”, que no posibilita más que la emergencia de sistemas débiles. Explicar estos modelos en términos de capitalismo y socialismo me parece equivocado. Es posible representarse un Estado capitalista y “sistémico” sin conflicto alguno (una descripción en la que cae de alguna manera la misma Alemania). Hay otros pueblos, los mediterráneos y sus descendientes, que se fundan desde la estructura de la familia, un “sistema muy particular”, porque “cohesiona” tanto como “separa” del sistema social –como bien vio ya Platón-. Las leyes son siempre reflejo del espíritu de sistematicidad que requiere la vida social. Las leyes son en esencia ‘sistema’ y pocos son tan respetuosos de las leyes como el alemán: un anarquista alemán puede pararse a esperar la luz verde del paso peatonal, cuando el rey de España ya pasó al otro lado. Es una paradoja, pero que hace sentido. No quiero correr muy lejos con estas generalizaciones; quisiera solamente poner de relieve una característica relevante del esquema cultural alemán, para pasar ahora a considerar el punto inicial en discusión.

Calificar de flojo es llevar a cabo un juicio moral, lo que en sentido estricto cuestionablemente puede hacerse con respecto a un “pueblo”. Juzgar a una nación por un proceder histórico –la Babel bíblica–, (hacer cargar a una nación con una culpa) es un asunto distinto, que no quiero entrar a discutir acá. Considero cuestionable distinguir valorativamente a los pueblos de modo a-histórico, ya sea por una referencia a la raza, ya sea por la suposición de un inmodificable “espíritu de un pueblo”. Que la flojera pueda adjudicarse por predeterminación racial, es una tesis que los “criollos” americanos han sostenido y siguen sosteniendo con frecuencia con respecto a los indios conquistados, y que los europeos del norte cada vez que tienen ocasión levantan frente a los del sur. Esta tesis se desentiende completamente del marco cultural de cada pueblo. Como el profesor Hugo Herrera indica en su columna del 28 de enero en La Tercera, sólo puede llamarse “flojo” al mapuche desde una mentalidad europeo-occidental, que cifra en el progreso de la técnica el éxito de una civilización. Lo mismo puede decirse del desprecio del europeo del norte, a veces solapado, a veces manifiesto, por usos sureños como la “siesta” y la interminable “fiesta”. El alemán tiene muchas cosas notables, pero se haya en aprietos en lo que se refiere al “arte de vivir”.

Los esquemas culturales explican mucho mejor las ‘diferencias de producción’ que los juicios morales. Que Alemania sea uno de los primeros productores de Europa y que a la vez tenga una de las jornadas laborales más cortas de este continente, no se deja explicar bajo la dialéctica flojo/trabajador. Más explicativo es suponer que hay aquí diversos factores culturales en juego. La ‘sistematicidad’ alemana es, por una parte, algo objetivo: instituciones, leyes, formalidades, que posibilitan al individuo trabajar desde su sector en la maquinaria total. Pero es también, por otra parte, algo subjetivo: el alemán intenta crear un ‘sistema’ donde no lo encuentra y descansa en él cuando ya está ahí dado. Los ‘sistemas’ son por una parte un esquema dado; pero también son el producto de una historia, de una acumulación de ‘jurisprudencia’ de la que países tan nuevos como Chile carecen.

Las comparaciones valorativas entre pueblos están en mi opinión condenadas al fracaso y a imposibilitar la comprensión de lo “otro”. En Chile hay flojos y trabajadores: pero eso sólo puede distinguirse desde nuestro esquema cultural, si es que existe un único esquema cultural en Chile (lo que mapuches, rapanuis y chilotes vacilarían en aceptar).

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por el autor en su blog Ruleta Rusa, http://ruletarusablog.wordpress.com.