El lucro y los profesores

Manfred Svensson | Sección: Educación, Política, Sociedad

El debate sobre el lucro en la educación superior se ha centrado hasta aquí en los alumnos. Algunas personas tienen al lucro por el principal mal de la educación chilena, porque parece estafar a los estudiantes; según otros, sería el motor de la educación, porque permite que más alumnos accedan a ella. Esta última consideración es legítima, pero parcial: la cobertura ha aumentado, y debe seguir aumentando, pero debemos poder seguir calificando el resultado de tal proceso como educación superior. Y para evaluar si acaso tal resultado es alcanzado, conviene por un momento centrar la mirada en los profesores, agentes principales de la educación universitaria.

Algunas funciones de la universidad –como la investigación– pueden subsistir sin alumnos, pero ninguna sin profesores. ¿Cómo se ve impactado el trabajo de éstos por el lucro? La pregunta no es infundada: la existencia de excedentes a retirar puede provenir de diversos tipos de ahorro, y un ítem en el que efectivamente es común tal ahorro es en lo pagado a los profesores. Eso no sólo va a implicar estrechez económica para los mismos. De modo casi invariable paliarán tal situación asumiendo innumerables cursos y ejércitos de alumnos, dificultando o imposibilitando la labor investigativa esencial para su condición de profesores universitarios. Sin ésta, se volverán repetidores de manuales ajenos.

Hablar en serio sobre lo que el lucro hace a la educación superior obliga, en efecto, a considerar lo mucho que cuesta, en tiempo y dinero, formar adecuadamente a un profesor universitario. ¿Hay excedentes en instituciones que asumen de modo permanente tal responsabilidad, y esto respecto del numeroso cuerpo docente que se requiere para combinar una educación razonablemente personalizada con una jornada de investigación suficiente? Al menos parece muy difícil. No parece casual que universidades cuestionadas por lucro sean muchas veces también cuestionadas por su calidad: donde es común la práctica de dar jornada completa a unas pocas figuras de renombre y tener en cambio la docencia a cargo de numerosos “profesores hora”, cuyo perfeccionamiento continuo se hace casi imposible, no es raro que la fe pública se vea tarde o temprano defraudada.

Una educación privada sin fines de lucro puede ser algo tan escaso como una educación pública bien administrada, pero ambas realidades son posibles, y los ejemplos de lo uno y otro permiten tenerlos por norma. Puede por supuesto discutirse de modo paralelo sobre la legitimidad moral del lucro, pero tal discusión debiera realizarse con conciencia de lo costosa que es una educación de calidad, y de lo improbable que es por tanto la conjunción de calidad y existencia de excedentes. Para mantener viva tal conciencia, vale la pena preguntarse qué es un profesor universitario y qué condiciones deben darse para que haga bien su trabajo.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Segunda.