Suave despotismo en tres actos

Daniel Mansuy Huerta | Sección: Religión, Sociedad

La semana recién pasada las declaraciones de Benedicto XVI sobre el uso del preservativo levantaron una polémica de alto vuelo en Francia. Me parece, desde mi humilde posición, un caso digno de estudio, que intentaré explicar en breves líneas.

Acto 1:

En el avión que lo llevaba de visita a África, el Papa aceptó responder algunas preguntas de periodistas, en un ambiente de cierta distensión (texto aquí). Un periodista interroga al Papa sobre el problema del SIDA en África. Éste realiza una breve reflexión antropológica sobre el problema del SIDA, junto con insistir en la imprescindible misión de acompañamiento y de humanización de la sexualidad. En ese contexto, el Papa declara que no se puede solucionar el asunto “sólo distribuyendo profilácticos; al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema”. La respuesta es precisa y profunda, además de perfectamente coherente con lo enseñado por la Iglesia a lo largo del tiempo.

Acto 2:

En Francia se desata un escándalo de proporciones mayúsculas. Periodistas, políticos, intelectuales y hombres públicos de todo tipo desencadenan toda su furia contra Benedicto XVI. Así, “Le Monde” dice que Benedicto es “más” integrista que Juan Pablo II, mientras “Libération” pide el cambio de pontífice. [Por sólo citar unos pocos ejemplos, puede usted echar un vistazo aquí, aquí, aquí, aquí y aquí, pero una breve búsqueda en Google le dará muchísimos más resultados.]

Lo más notable es que ninguna nota, ningún reportaje de la “gran prensa” da cuenta de la respuesta completa del Papa. Es decir, o son (muy) malos periodistas o bien tienen motivaciones algo oscuras. Así, las citas omiten la verdadera naturaleza de las declaraciones, que contienen más de un matiz: no es “sólo” distribuyendo preservativos que se solucionará el problema, esa salida (la de “sólo” repartir preservativos) conlleva el riesgo de acentuar el problema. Para la prensa ninguno de estos matices, imprescindible para la adecuada comprensión del texto, existe.

Las reacciones van desde la ignorancia (“el Papa ha perdido su infabilidad”) hasta lo pintoresco (jóvenes progresistas repartiendo condones el domingo a la salida de la misa de Notre Dame de Paris), pasando por lo simbólico (la televisión pública transmitiendo la misa con el logo de Sidacción),
De más está decir que todos los que critican duramente al Papa son los mismos que abogan continuamente por la diversidad, por el pluralismo, y todo el discurso que tan bien conocemos. Pero, en este caso, la opinión disidente recibió un linchamiento público sin apelación posible. Porque no se trata de estar en desacuerdo con Benedicto XVI (de hecho, nadie discutió seriamente con él): se trata simplemente de dejar claro que ese tipo de opinión es inadmisible.

Acto 3:

Luego de varios días en los que toda la prensa, todos los medios (de izquierda, derecha y centro), todos los actores públicos (católicos y no católicos) le dieron como bombo en fiesta al sucesor de Juan Pablo II, llegó la guinda de la torta: una encuesta en la que los franceses expresan su hostilidad hacia el Papa. Yo pregunto: ¿podía esperarse otra cosa luego de la grosera tergiversación que sufrieron las palabras de Benedicto XVI? Me sorprende que el porcentaje de antipatía no haya sido más alto.

Como sea, un excelente ejemplo de la infame manipulación mediática a la que estamos sometidos: los medios distorsionan y denigran durante varios días al Jefe de la Iglesia Católica, y luego los mismos medios encuestan la reacción de la gente. A fin de cuentas, la única utilidad de la encuesta es medir la efectividad de la manipulación que ellos conducen. Un ejemplo más de aquello que Tocqueville llamaba el “despotismo suave” de la democracia.