Izquierda y derecha unidas…
Patricio Domínguez | Sección: Historia, Política, Sociedad
Hace poco leí en el diario español El País una sucinta descripción del mundo político, desde una visión de “izquierdas”. El artículo trataba sobre Nicanor Parra, y comenzaba citando esos conocidos versos de que “la izquierda y la derecha unidas / jamás serán vencidas”. En seguida arremetía contra la burla del anti-poeta, espetándole a Parra, entre en serio y en broma: “¿no sabe usted que a un lado están los buitres capitalistas que quieren devorarlo todo para engordar y, al otro, una gente que padece sus excesos? […] ¿No sabía usted que la derecha siempre protege las cosas de los poderosos y que la izquierda anda como loca procurando defender a los desposeídos?” (El País, 24 abril 2012). Si esto también habrá sido una burla del editorialistadel diario socialista El País, ha logrado hacerlo de maravilla. Si no es broma, y se trata de la más solemne e indignada declamación del estado del mundo, me parece aún más interesante.
Interesante, porque expresa perfectamente el tono mesiánico y maniqueo que marca a la retórica de la izquierda, aquí y en la quebrada del ají. Según ésta, el mundo actual se divide entre dos fuerzas puras: por un lado los buenos, por otro los malos. Los malos son “la derecha”, que se identifica que la opresión económica, mientras que la izquierda quiere salvar al mundo de este monstruo. Siendo así las cosas, quien no vota por la izquierda o no simpatiza con ella, tiene altas probabilidades de ser un ser maléfico, partidario de que los ricos aplasten a los pobres. ¿Y si los pobres no votan por la izquierda? ¿Por qué ganó Piñera? Porque la gente es “fascista”, como dice la doumentalista Marcela Said (The Clinic, 31 Diciembre, 2009), o “frívola”, como sentencia la filósofa Carla Cordua (íbidem). En resumen: quien no simpatiza con la izquierda es en realidad una mala persona, o en el mejor de los casos un idiota.
Llaman la atención varias cosas: en primer lugar, que quienes sean los primeros en defender el “pluralismo” y la “diversidad” como valores culturales, sean los primeros en aclarar que sólo ellos son la única posibilidad razonable dentro del espectro político. En segundo lugar, es interesante cómo lo político (en el sentido de partidismo ideológico) se hace omnipresente y no deja nada fuera de sí. Si la terea de la izquierda es nada menos que liberar al mundo, entonces “ser de izquierda” deja de ser un estilo de administrar el estado y pasa a ser un estilo de vida, una cosmovisión, una cruzada que incluye arte, cultura, una determinada estética para vestirse, un canon literario, fórmulas dogmáticas, en suma: una religión.
Ahí precisamente está el encanto y el peligro de la izquierda. Su estilo religioso le permite formular una misión, unos fines, un ideario que pueden entusiasmar. Cuando una coalición gobernante de derecha se jacta de que su ideario consiste en “mejorar la gestión”, a cualquiera le dan ganas de salir corriendo y refugiarse en cualquier opción política, que tenga ideas, aunque sean descabelladas. La eterna atracción de los intelectuales hacia la izquierda se explica porque la izquierda, como mesianismo, ofrece una mirada sistemática del mundo. Su miseria consiste en que como religión salvífica fracasa una y otra vez, aunque cambie de formas, mute de color y vaya corrigiendo algunos de sus defectos más políticamente incorrectos e incluya principios del capitalismo brutal que con tanto aspaviento critica.
Una matriz de pensamiento que le pueda hacer realmente el peso a la izquierda, creo, es el pensamiento inspirado en la tradición occidental cristiana (es decir, algo que no se venda ni a la economicismo ni al laicismo, de partida), pero los partidos de derecha o “conservadores” hace mucho tiempo que dejaron de inspirarse en ideales y se dedicaron a mirar encuestas o avergonzarse ante la campaña cultural que demoniza todo lo se oponga al “progreso indefinido de la historia” (que es lo que en el fondo defienden los auto-denominados “progresistas”). Dejando el campo cultural desierto para que la intelligentsia de izquierda haga de las suyas (desde renovación de currícula en los colegios para enseñarle a los niños que la Edad Media es “oscura” hasta financiamiento de arte “transgresor” –el otrora arte comprometido–) el derechismo se ha dedicado a insistir que la economía es la base de todo, y que desde ahí se puede estructurar un país. Hemos terminado por hacer de Chile un país económicamente capitalista (todo se compra y se vende), y espiritualmente progresista (donde la idea es tirarlo todo –cristianismo incluido– por la borda para “progresar”), es decir, la peor mezcla posible. Después de todo, Nicanor Parra no andaba muy equivocado con eso de “la derecha y la izquierda unidas…”
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ruleta Rusa, http://ruletarusablog.wordpress.com.




