La fuerza de la verdad en la justicia
Luis Fernández Cuervo | Sección: Política, Religión, Sociedad
¿De nuevo escribiendo sobre la verdad? –puede quejarse más de algún lector–. Primero le dio con Benedicto XVI, después con ese doctor Lejeune muerto ya hace tanto tiempo? ¿y ahora…? ¿Por qué sigue con ese tema? ¿No se da cuenta usted de que hay cosas más urgentes y concretas que resolver en nuestro país que teorizar sobre la verdad?… etc., etc.
Lo siento pero pienso que lo mas urgente y concreto sería que todos, o al menos mayoritariamente, ejerciéramos ese mandato imperativo de la Ley Natural que manda decir y hacer la verdad, toda la verdad y nada mas que la verdad.
Comencemos por la verdad más inmediata, al alcance de la mano, la verdad en el decir: la sinceridad. Vivir sinceramente y educar a la niñez y la primera juventud en la sinceridad. Eso es urgente. Eso es oro. Y estamos muy lejos de ello. Porque sobre mentiras solo se pueden edificar tiranías, abiertas, o encubiertas bajo capas democráticas. Y en eso estamos. Dejamos que la atmósfera mental esté fuertemente contaminada de mentiras. Dejamos que circulen en la enseñanza escolar y en los medios informativos todas las consignas mentirosas de la cultura de la muerte.
Hemos permitido sin un rechazo masivo nacional todo ese nauseabundo cabildeo político para elegir nuevo fiscal general y nuevos magistrados. ¿Acaso se pretende con ello instaurar una verdadera justicia, que es una forma tremendamente necesaria de vivir de verdades?
“La libertad es ausencia de reglas” ha dicho el político español Rodríguez Zapatero, después de dejar a España en la peor situación económica y moral en lo que va de siglo. Una falsedad en la que vive mucha de nuestra gente, pero eso es la selva.
La anticultura ambiente, insiste en abolir toda discriminación para lograr la paz social. Es otra falsedad la no-discriminación en todo y el tratar por igual lo que no es igual. Ese error ya se vive en la enseñanza primaria: pasan al curso siguiente tanto los niños que saben como los que no aprendieron nada. La virtud cardinal de la justicia es, por esencia, discriminativa: premia lo bueno y castiga lo malo.
Donde no se ama la verdad no crecen ni la libertad, ni la justicia, ni el amor, ni la paz familiar ni la paz social. Por eso es tan importante vivir las verdades sencillas, las de la vida diaria. Sobre esas verdades cotidianas Benedicto XVI interpela: “¿Cuál es nuestra actitud al respecto? ¿Cómo nos comportamos verdaderamente, día tras día, cada uno de nosotros? ¿Digo siempre la verdad? ¿Tengo el valor de defenderla también cuando es incómoda, cuando turba mi tranquilidad y me acarrea alguna contrariedad? Estas preguntas atestiguan que con frecuencia nos avergonzamos de la verdad. La verdad es desagradable y puede acarrear una gran cantidad de inconvenientes, pues con mucha frecuencia se opone a la utilidad. Por eso se la pisotea a veces tan fácilmente: es muy poco lo que ello significa –eso al menos nos parece- y mucho lo que ganamos. Mas si obramos y hablamos así ¿Quién podrá confiar en los demás? Cuando la verdad no está presente, se desintegra el suelo social sobre el que nos apoyamos. De ahí que esta virtud aparentemente tan inútil sea en realidad la virtud fundamental de toda vida social.”
Por todo lo anterior yo abogo por el único cambio verdaderamente revolucionario: una educación masiva, desde muy niños, desde el hogar y la escuela, en la sinceridad y en la justicia. Creo en la verdad de la Justicia cuando discrimina, facilitando y premiando a las mentes valiosas que, sin tener medios económicos propios, quieren cultivarse y llegar muy arriba en la escala social de la sabiduría y dejando, con energía, fuera de colegios y universidades, a los haraganes de siempre. Y una justicia que no se abaje a componendas políticas con los delincuentes duros, sino que los trate como se merecen: con dureza.




