Cosificando a otros

Max Silva Abbott | Sección: Política, Sociedad, Vida

El martes se debatirían en el Senado los distintos proyectos de ley que buscan instaurar el así llamado “aborto terapéutico” aduciendo las tres causales clásicas: vida o salud de la madre, malformación del feto o violación. Al momento de mandar esta columna, no era posible saber cuál había sido su resultado.

La lucha por imponer el aborto no sólo parece no tener pausa (en otro artículo se hacía referencia al llamado de la ONU a despenalizarlo en todo el mundo), sino además, da la impresión que este fuera un asunto absolutamente esencial dentro de la autodenominada “agenda progresista”.

Sin embargo, y al margen de las causales que se invoquen, me parece que la pregunta clave se puede plantear así: la calidad de persona, ¿es algo que se tiene por derecho propio, siendo por ello una realidad que sólo cabe reconocer a todos los miembros de la especie humana, o depende de lo que digan otros, sin importar si nosotros mismos estamos dentro o fuera de ese grupo que decide?

Desde nuestra perspectiva, la realidad más evidente nos señala lo primero, razón por la cual nadie puede ser despojado de su calidad de persona –salvo arbitrariamente–, ni siquiera por una decisión democrática. Es por eso que este asunto no se resuelve cumpliendo sólo con ciertos procedimientos, tal como nadie aceptaría que por un mecanismo semejante, se decidiera talar todo el Amazonas o extinguir a los osos panda, por ejemplo. Esto quiere decir que hay materias que por su evidencia y objetividad, sólo deben ser reconocidas y protegidas, mas nunca negadas o destruidas, ni aún por unanimidad.

Además, si se decide que la calidad de persona dependa de lo que digan otros, nada cuesta cambiar los requisitos establecidos cuantas veces se quiera. Ello explica, por ejemplo, la reciente polémica que se ha producido por la opinión de algunos que han llamado a legalizar el infanticidio de recién nacidos bajo ciertas circunstancias, al no ver diferencia alguna entre esta práctica y un aborto; lo cual no es sino la lógica consecuencia de lo que venimos planteando. En efecto, ¿qué distingo sustancial existe entre un no nato de 25 semanas y un nacido de 2?

Ni la diferencia de desarrollo ni la diferencia de hábitat son excusas válidas, porque lo primero depende claramente del tipo de ser de que se trate (un miembro de la especie humana), razón por la cual, si no lo es desde el principio, esas características o atributos que se consideran tan importantes no aparecerán jamás; respecto de lo segundo –el hábitat–, todo ser vivo requiere de un entorno en el cual existir y desarrollarse, porque la vida no puede darse en el vacío, al punto que podríamos considerar metafóricamente, que el mundo es un gran “útero” que nos cobija a todos.

Así las cosas, ¿seguiremos cosificando a los no nacidos?