Movilizaciones
Adolfo Ibáñez S.M. | Sección: Educación, Historia, Política, Sociedad
Estudiantes secundarios y universitarios, como también sus profesores, han adquirido un extraordinario protagonismo mediante sus movilizaciones. Ellas han puesto fin a la notable ilusión del Gobierno de haber logrado el mejoramiento de la educación. Olvidó que antes no se hizo nada significativo en esta materia y no supo leer esa inacción: los discursos sobre el problema sólo pretendieron allegar simpatías y respaldos políticos, pero nunca solucionarlo, para no afectar los centros de poder que esconde.
Hoy las autoridades se quejan amargamente de que estos movimientos no dan tiempo para que maduren las reformas realizadas y el país pueda aquilatar el maravilloso resultado que se espera de ellas. Ignora que lo que se busca es impedir que se materialice tal beneficio social. Se trata, precisamente, de obligar al Gobierno a ceder, y de legitimar la violencia como camino adecuado para alcanzar metas políticas. Es la consecuencia natural de la Concertación y sus 20 años, durante los cuales retomó el modelo estatista-socialista de hace 60 u 80 años. Y así terminaremos, tal como entonces, en la destrucción de la institucionalidad que vivimos durante la década revolucionaria que antecedió al 73.
Estas movilizaciones apuntan a formar personas y ambiente para el cultivo de la fuerza, debilitando el ordenamiento político: constituyen la semilla de los totalitarismos. Su lenguaje son las amenazas. Cuando se niega el camino de los razonamientos se está abriendo espacio a la acción directa y a las conquistas inconfesables: la antidemocracia.
Las instituciones políticas y la educación de excelencia constituyen escollos formidables para las pretensiones ocultas de quienes propician, amparan o favorecen los caminos de la violencia. Si en estos días se ha atacado la idea de la subsidiariedad, es precisamente porque reconoce el valor de las personas para ejercer su libertad en beneficio de todos. Es secundario si, además, es eficiente en el empleo de los recursos: lo que está en disputa es la validez del principio. El Gobierno debe ordenar toda su acción para reforzar los fundamentos de sus ideas.
Y la Alianza debe pregonar con decisión y claridad todo aquello que le da validez dentro del espectro político nacional: su tarea consiste en resaltar el valor de la libertad como sustento del espíritu y de las capacidades humanas.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio.




