Una alegoría de la salvación

Juan Orellana | Sección: Arte y Cultura, Religión

Nos llega la tercera entrega de las adaptaciones de “Las crónicas de Narnia”, de C.S. Lewis. Tanto la película como el libro, al que es bastante fiel, relatan las aventuras de Edmund y Lucy Pevensie, junto a su repelente primo Eustace Scrubb, a bordo del barco “El viajero del alba”, que da título a la película

A bordo del barco “El viajero del alba”, Edmund y Lucy Pevensie y su primo Eustace Scrubb, junto al rey Caspian de Narnia, emprenden la búsqueda de las siete espadas de los caballeros expulsados del reino por Miraz, tío de Caspian y usurpador del trono. Los niños y los narnianos se enfrentan a muchos peligros durante el viaje, que concluye a las puertas del país de Aslan, más allá del mundo conocido.

La película “Las crónicas de Narnia 3: La travesía del viajero del alba” está dirigida por el cineasta británico Michael Apted, que recientemente estrenó “Amazing Grace”. Sin duda, Apted sube el listón respecto a su antecesor en la saga, Andrew Adamson. También es cierto que ha contado con un diseño de producción mucho más espectacular y costoso. A la grandiosidad de las imágenes, se añade un gran respeto a las metáforas del libro de C.S. Lewis, retratadas con bastante fidelidad.

Vuelven a estar en el candelero los grandes temas de las anteriores películas. Los débiles son escogidos para las grandes misiones –en este caso, el insoportable primo–; las tentaciones acechan a los protagonistas; ellos sólo con sus fuerzas no son capaces de cumplir la misión; Aslan siempre protege a los suyos… Y la simbología cristiana sigue presente, aunque sólo para los espectadores de cierta cultura religiosa. Las siete espadas que protegen el reino son como los siete sacramentos que actualizan la presencia de Cristo; las tentaciones que encuentran en su periplo recuerdan indudablemente a las que padeció Cristo; la voz en off de Aslan, como alegoría de la conciencia, o la purificación dolorosa en presencia de Aslan, que alude a la gracia de la Redención. Concretamente, la conversión de Eustace, que, tras ser transformado en dragón, se arrepiente y su cambio se materializa en una ceremonia de sabor bautismal, en la que Aslan le pide que deje atrás la piel de dragón. “Al principio dolió mucho, pero en seguida fue una delicia”, declara Eustace al retomar su figura humana. Pero la referencia teológica más sugerente la ofrece Aslan en el discurso final. El león (Jesucristo) les explica que, en el mundo real, él sigue presente: “Estoy, pero tengo otro nombre. Tenéis que aprender a conocerme por ese nombre; por eso fue que os llevé a Narnia, para que me conocierais en este mundo, para poder reconocerme en el otro”. Colateralmente, el film destaca la importancia de la familia, la nostalgia del padre ausente, la fuerza de la fe, y el valor de la amistad.

Los actores hacen un gran trabajo. La ausencia de los hermanos mayores pone en primera fila a Georgie Henley (Lucy), a Skandar Keynes (Edmund) y a Will Poulter (Eustace), que interpretan sus personajes con convicción. La tecnología digital se pone al servicio de la imaginación de C.S. Lewis, dando un vistoso y atractivo resultado en 3D. El film tiene ritmo, no decae, y algunas escenas de acción son notables. Una gran película familiar. Es una pena que el público joven mayoritariamente ya está incapacitado para leer las alegorías fílmicas. Por eso, esta cinta es ideal para trabajos en el aula y en otros ámbitos educativos.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Alfa y Omega, www.alfayomega.es.