El orgullo de ser de derecha
Luis Sánchez de Movellán de la Riva | Sección: Política, Sociedad
¡Qué despreciable, es de derecha! Pocas personas se definen de derecha porque el desprecio por esta posición ideológica es todavía muy fuerte. Esta ley social del desprecio está todavía vigente en Occidente, pero en España todavía es más intensa. El declararse de derecha en nuestra patria es adquirir un pasaporte de apestado que nos inhabilita para poder expresarnos como un ciudadano cualquiera. Automáticamente nos señala como un marginado social que encarna todos los males de la carcundia, la reacción, el retrogradismo… Ser de derechas en España nos coloca en las filas del fascismo más ramplón.
Hay tres cosas en España que nos conducen al desprecio, al insulto o a la muerte civil: tener opiniones contrarias a lo políticamente correcto y estar en sintonía con el recto sentido común, prefiriendo los valores tradicionales civiles y religiosos; tener un juicio distinto para el fascismo y el antifascismo de lo que el canon políticamente correcto establece –y no digamos sobre el comunismo, si te sales de la ortodoxia dominante-; y preferir al PP aznarista (el “rajoyesco” o el “gallardonil” están bien vistos por los avalistas de la progresía más cañí) sobre sus adversarios, sean progres o nacionalistas. Para la neoizquierda nacional si el fascismo es el mal absoluto, hablar bien de Aznar, de Aguirre o del PP comme il faut es el mal elevado a la enésima potencia.
El desprecio hacia la derecha se articula de dos formas: insultando al personaje si está en la esfera pública, si está en el poder o si es un poco vulgar u hortera; o silenciándolo, simulando que no existe, si el personaje es menos vistoso o más sobrio. El primero es aporreado sin piedad, al segundo se le extingue.
La izquierda con algunos de sus “traidores” es totalmente sangrante: emplea la damnatio memoriae aunque estén vivos. Con otros es algo más “tolerante”: se les puede citar alguna vez, pero con reservas. En todo caso, al “arrepentido”: o sepultura en plena actividad o insultos por escrito. Esta es la tan cacareada tolerancia de la izquierdona más sectaria: al heterodoxo o al “traidor”, ominoso silencio o “leña” a discreción.
Cuando la derecha denuncia el desprecio o el ninguneo, se la acusa rápidamente de considerarse representante del más vil victimismo. Lo mejor, coserse la boca y mudo, no hacerse la víctima. Apaleado y cornudo. El desprecio hacia la derecha viene provocado por tres causas: una izquierda profundamente sectaria y venenosa que propaga una repugnancia étnica y antropológica hacia la derecha; la inevitable presencia en la derecha de personajes desacreditados, tanto por sí mismos como por sus actos de gobierno; y los cómplices en connivencia, despreciables, vagos, snobs o diletantes que pululan por la derecha.
Decir hoy derecha es decir poco. Las derechas son tantas que incluso se ignoran o desprecian entre sí. Las derechas, presuntas o implícitas, son bastante más de las que se declaran tales. Al menos hay tres derechas: la derecha liberal, un punto conservadora en el plano de los valores, liberalista en lo económico, anticomunista y garantista; la derecha tradicional o conservadora, con fuertes ribetes axiológicos cristianos, intervencionista en lo económico y también anticomunista; y la nueva derecha, social y comunitaria, crítica con el dominio del mercado y el modelo consumista.
Y todo ello sin olvidar las tres derechas hard que anidan en los fondos del instinto básico de cada comunidad: la derecha reaccionaria, que ceñudamente pretende volver al pasado remoto; la derecha neofascista, nostálgica de las edades de oro fascistas del siglo XX; y la derecha autoritaria, que exige leyes duras, orden y a casa con los emigrantes. La operación mediática despreciativa de la izquierda intenta reducir la derecha española (claramente liberal-conservadora y reformista) a las clases hard: reaccionaria, neofascista o autoritaria. Sería como reducir la izquierda de hoy al estalinismo de las purgas, al maoísmo del Libro Rojo o al “polpotismo” camboyano. El instinto básico es siempre feroz, y anida tanto en el corazón de la derecha como en de la izquierda.
En el plano factual es posible constatar como la considerada derecha ha cometido menos errores en la teoría y en la práctica que la considerada izquierda, ha sabido captar mejor la realidad y dar voz al pueblo, ha ayudado más al desarrollo y ha sido económica y socialmente más eficaz, ha sabido combinar mejor libertad y tradición, libertad y seguridad, y ha esclavizado, perseguido y oprimido menos a los ciudadanos. Y la derecha cultural se ha hecho menos cómplice de la intolerancia, de los totalitarismos o de las peligrosas utopías, que la izquierda presuntamente cultural.
Sabemos que decir derecha significa poco y provoca demasiados malentendidos, pero hablamos de derecha como de una definición que resguarda más nuestro pasado que el presente o el futuro. Ante el desprecio siniestro, ideológico y racista, contra lo que es de derecha, nos abandonamos al impulso de ser y proclamarnos ferozmente de derecha.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Análisis Digital, www.analisisdigital.com




